Turismo

La balada del mar salado resuena en las paradisíacas playas cubanas del cayo de Santa María

La vegetación del trópico acaricia las arenas blancas que bañan las olas mansas del mar. En sus paisajes se esconden tesoros que ni los piratas imaginaron y que hoy el turismo que llega a Cuba en busca de sol y relax descubre a cada paso.

Domingo 01 de Noviembre de 2015

El estribillo, que resuena como un mantra en cada bar de la isla, es pegajoso, espeso, severo, se adhiere al alma como la camiseta sudada a la espalda del vendedor de puros que se arrastra bajo el calor implacable del trópico. “De Alto Cedro voy para Marcané, llego a Cueto y voy para Mayarí”, la voz es dulce, la historia, triste, como la noche que poco a poco se va llenando de gentes, de voces, de promesas incumplidas.

Entre las mesas de El Retiro, que supo ser un restaurante señorial y hoy extraña los oropeles de la burguesía que se paseó por sus salones en los tempranos 50, el cuartero Cohesión complace a los turistas. Lo hace con resignación, como si rendirse a los pedidos de los gringos que no saben más de la música cubana que los caprichos de un guitarrista californiano y un director de cine alemán fuera indigno y claro que lo es.
Les piden “Dos gardenias”, “Candela” y por supuesto “Chan chan”, y las cantan mansamente, aunque preferirían no hacerlo. Eso sí, como si defendieran el último bastión de su dignidad, cambian la trompeta asordinada de los Buena Vista Social Club por la flauta traversa, un símbolo de las esperanzas que tenían en aquellos buenos viejos tiempos en los que soñaban la revolución como una melodía incesante y alegre.
En la esquina, más allá de los límites del elegante Parque Jasone, se encienden y se apagan las luces de colores del Beatles Bar. Una joven con el pelo teñido de fucsia corre de una punta a la otra del escenario mientras canta “Message in a Bottle”, de The Police, con voz de fuego, intensamente, como si las palabras que estira hasta que se hacen añicos en su garganta fueran un pedido de auxilio desesperado.
No lo son, ni por asomo. Su estilo new wave huele a naftalina, a música para camaleones, como la entrañable transparencia, la querida presencia del “Comandante Che Guevara” que revive cada vez que los músicos, aquí, allá y en todas partes, descubren argentinos entre el público. Paradójico, porque Víctor Jara era chileno y el Che, el revolucionario, el que sonríe ganador, igualito que Gardel, es eterno.
La Autopista Sur, sí, se llama igual que la del cuento de Cortázar, bordea la costa de la península de Varadero con el mar de un lado, turquesa, calmo, inmenso, y del otro, un desfiladero de hoteles cinco estrellas donde los viajeros, que llegan de todas partes pero más, mucho más, desde Canadá, disfrutan las mieles de una revolución que poco y nada tiene que ver con la que soñó Fidel Castro cuando desembarcó del Granma.
Destino de turismo
Varadero, a 130 kilómetros al Este de La Habana, en la legendaria provincia de Matanzas, nació para ser turística. Tiene 30 kilómetros de largo, de los cuales 22 son playas bañadas por las aguas cálidas del mar del Caribe. Es un paraíso dentro de un paraíso, arenas blancas, palmeras y gente amable, capaz de pisar el freno para responder una pregunta, regalar una sonrisa o simplemente decir “buen día”.

Está en el punto más cercano con los Estados Unidos, a apenas 318 kilómetros, un paseo para los cruceros que, una vez que se termine el bloqueo, van a invadir la isla como nunca lo pudieron hacer los marines, y eso que ganas no les faltaron. Hoy de un lado y otro del estrecho de La Florida le prenden velas a Francisco para que las relaciones con el Gran País del Norte se descongelen. Es negocio para todos.

Cuba ya no es lo que era, desde que la bandera de las barras y estrellas volvió a flamear en La Habana, la expectativa de un nuevo boom turístico llena de esperanzas a la isla. En los cayos, que se han convertido en el destino más deseado por los extranjeros, la actividad es incesante. “Hay que estar preparados para lo que se viene”, revela Alejandro Tejeda, especialista de la agencia oficial Gaviota Tours.

En el archipiélago de Santa María, desde Las Brujas hasta Ensenachos, los corazones palpitan con fuerza ante los cambios que se avecinan. Ni bien se pisa el pedraplén Caibarién, la carretera de piedra de 48 kilómetros que une el continente con los cayos, se siente la ansiedad de los preparativos. Hoy hay 13 hoteles, con 9 mil habitaciones, pero las altas plumas que asoman en el horizonte revelan que pronto habrá más.

Y es así por las bellezas naturales de la región, las playas vírgenes, las aguas cristalinas, la arena impalpable, pero también por el vuelo de Copa Airlines que, desde diciembre, llega sin escalas desde Panamá a Santa Clara, la legendaria capital de provincias, donde en 1858 el Che Guevara le dio la victoria la Revolución Cubana al tomar por asalto el “invencible” Tren Blindado del dictador Fulgencio Batista.

La sombra del Che

Al llegar a la ciudad, ubicada en el corazón de la provincia de Villa Clara, es inevitable seguir los pasos del Che, primero, visitando el memorial que evoca el descarrilamiento del tren de suministros de Batista, a la vera del río Cubanicay, y luego, el Parque de la Revolución donde se encuentra el mausoleo de los 29 guerrilleros cubanos muertos junto a Ernesto Guevara, en su frustrado desembarco en Bolivia.

En el memorial, donde una llama eterna recuerda a los combatientes caídos en Quebrada del Churo, se encuentran los restos del Che. En una sala contigua una muestra de fotos recorre su vida, desde su nacimiento en Rosario hasta sus últimos días en la selva boliviana, pero lo más imponente es la estatua, obra del artista José Lázaro Bencomo, de siete metros de alto, forjada en 20 toneladas de bronce, en la que el mítico comandante aparece con uniforme de fajina, boina, fusil y el brazo izquierdo en cabestrillo.

Hay que armarse de paciencia para poder tomarse una selfie con la monumental escultura de fondo, turistas de todas partes del mundo llegan hasta el solar para llevarse la imagen como recuerdo. Una babel de lenguas, algunas reconocibles, otras inimaginables, se escuchan mientras las cámaras congelan las sonrisas, los puños en alto, de los incontables viajeros que llegan a la villa persiguiendo un sueño.

Una vez que uno se interna en el interior profundo de Cuba, y Santa Clara está justo ahí, donde los caminos se pierden entre la vegetación turgente, las palmeras salvajes y los campesinos de andar cansino, cómo no rendirse a la tentación de visitar Trinidad. En sus callejuelas de piedra el tiempo se detuvo, en sus casas bajas de paredes multicolores y techos de tejas, en sus pórticos altos y enrejados aún vive la colonia.

La ciudad, declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, es un laberinto de calles angostas y traicioneras que no llevan a ninguna parte. En la Plaza Mayor reina la pereza, una calma capaz de revolver a los muertos en las tumbas. Un cuarteto de edificios señoriales flanquea el solar, el Museo Histórico, la Iglesia Parroquial de la Santísima Trinidad, el Museo Romántico y el Palacio Ortiz, que es una galería de arte.

El pasado juega a las escondidas entre las columnas de las angostas galerías donde la gente del lugar busca refugio cuando las lluvias tropicales los toman por sorpresa. A final del mercado de artesanías, donde venden los puros que fuma Fidel, gorros del Ejército Revolucionario y manteles de hilo de coco, está La Canchachara, donde sirven un tradicional trago trinitano en base a aguardiente y miel, inevitable y delicioso.

El calor es atroz, hasta las moscas sudan. El aire es denso, apenas se puede respirar. Una melodía familiar se arrastra desde lo profundo de la Jesús Menéndez, asoma de un pórtico de madera que tiene tallado con trazos gruesos, desprolijos, el título de un tango de Gardel, “Guitarra mía”. Es el paladar del músico cubano Pepe López, quien desde hace años viaja por el mundo con la música cubana como único equipaje.

“De Alto Cedro voy para Marcané, llego a Cueto y voy para Mayarí”, otra vez el mantra, pero la canción no es la misma. Al pueblo no le pasan los años, como a La Habana de Win Wenders, pero la guitarra no tiene el slide de Ry Cooder. Algo que está ahí pero se escapa inevitablemente recuerda a Nicolás Guilén y su confesión: “Aprendí, me enseñaron los que pasan, que siempre pasan, pasarán los días, aunque parezca que no pasan”.

 

 

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