Ríos de tinta y causas penales hablan de este suceso de terrorismo de Estado. La postura institucional de la Marina fue la de culpar a los detenidos de querer fugarse. Lanusse salió a sostener la versión de la Armada. Es difícil creer que cuatro oficiales hayan decidido por su cuenta el fusilamiento de los presos. La historia anterior y posterior de la fuerza naval la condena, pero nos queda la duda de si el presidente estuvo al tanto de lo que iba a ocurrir o cerró fila junto al comandante naval.
El velatorio de los asesinados se convirtió en un acto de protesta contra el gobierno militar. A esta altura ya era imposible cualquier acuerdo político entre las FF.AA y la oposición peronista. La idea de Lanusse de consensuar la salida política con Perón se derrumbó. La condición de que para poder ser candidato a presidente no se podía ocupar cargo público alguno y que había que estar en el país antes del 25 de agosto había contenido la renuncia de Lanusse a ser candidato. El silencio y el no retorno de Perón, lo excluyeron de la pelea electoral. Perón no aceptó las reglas de juego que pretendió imponerle ese capitán que se le había sublevado en 1951 y regresó cuando lo consideró oportuno. El 17 de noviembre el viejo caudillo aterrizó en Ezeiza.
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Juan Domingo Perón junto a Antonio Pérez e Isabel Martínez en la residencia de Gaspar Campos, 1972.
Foto: Antonio Pérez / Archivo Télam
Tres días antes Perón, su esposa Isabelita y el secretario José López Rega habían llegado a Roma, siendo recibidos por el jefe de relaciones públicas de la Radio y Televisión Italiana, Giancarlo Valori, miembro de la Logia Propaganda Due, que dirigía Licio Gelli. Este oscuro personaje, nacido en 1919, de pasado “camisa negra”, tras la contienda mundial se desempeñó en diversas actividades comerciales y financieras. En 1966 fue exaltado al grado de maestro masón y tres años más tarde ya dirigía la P Due, integrada por oficiales de las Fuerzas Armadas italianas y civiles de la Democracia Cristiana y del neofascismo. Con el transcurso del tiempo, militares argentinos responsables de delitos de lesa humanidad como Carlos Suárez Mason y Emilio Eduardo Massera, fueron incorporados a la Propaganda Due. El retorno de Perón a la Argentina fue prometedor para Gelli, ya que le abría la puerta a nuevos emprendimientos económicos. A Perón le convino porque los contactos de Gelli dentro de la Iglesia Romana le solucionaron la excomunión que pesaba sobre su cabeza, a raíz del enfrentamiento con la Curia en las postrimerías de su gobierno.
El charter de Alitalia que trajo a Perón de regreso a la patria fue costeado por Gelli quién recibió, tiempo después, la Orden del General San Martín. En el avión acompañaron al caudillo dirigentes políticos peronistas como Antonio Cafiero, Carlos Menem y Guido Di Tella; los conservadores populares Vicente Solano Lima y Alberto Fonrouge; el historiador José María Rosa y la escritora Martha Lynch; los abogados Rodolfo Ortega Peña y Eduardo Luis Duhalde; el neurocirujano Raúl Matera y el sacerdote Carlos Mujica; los sindicalistas Lorenzo Miguel y Casildo Herrera; los artistas Hugo del Carril y Leonardo Favio, entre otros.
Los nervios de los militares fueron en aumento entonces. Las tropas de distintas unidades custodiaron la zona alrededor del aeropuerto; nadie podía entrar en él, y los que lo intentaron fueron reprimidos. Se declaró asueto en las escuelas y se recordó a la población las normas vigentes del estado de sitio. Pero algunas cosas salieron de control del gobierno. Horas antes, un grupo de jóvenes oficiales y suboficiales de la Armada, conducidos por el guardiamarina Julio César Urien, intentaron tomar la Escuela de Mecánica de la Armada y unirse al recibimiento de Perón. El intento fracasó y terminaron todos detenidos pero la fisura dentro de los militares fue inconfundible.
El general recién llegado se dirigió al Hotel del aeropuerto; el otro general, el presidente, envió al secretario de la Junta de Comandantes, el brigadier Ezequiel Martínez, para tratar de reunirse con Perón y proponerle un encuentro con Lanusse. El aviador no fue recibido por Perón y Lanusse fracasó en su intento. Perón fue inflexible.
En la madrugada del día 18, Perón partió hacia su residencia provisoria en la calle Gaspar Campos 1065, en la localidad de Vicente López, que en esos días se convirtió en un lugar de peregrinaje de miles de peronistas. Se habían terminado los dieciocho años del largo exilio y parecía abrirse una puerta hacia tiempos mejores.
El 19 recibió a Ricardo Balbín y al resto de los integrantes de la Hora del Pueblo. El histórico abrazo que se dieron el general y el ex diputado desaforado y encarcelado en los años cincuenta, marcó un hito en la construcción de la tolerancia política entre los argentinos. El 20, el General cenó con la mayoría de los dirigentes políticos, en el restaurante Nino, sobre la avenida del Libertador. Perón se reunió así con casi todo el arco político argentino.
El 14 de diciembre de 1972, el dos veces presidente de los argentinos partió hacia el Paraguay, esta vez no como refugiado, como había ocurrido en 1955, sino libre y con toda la gloria de haber regresado. El aeropuerto de Ezeiza estuvo custodiado por el entonces comodoro Jesús Capellini, quien tres años más tarde se sublevará contra el gobierno constitucional de Isabel Martínez.
PERON POSANDO EN LA RESIDENCIA DE GASPAR CAMPOS - DICIEMBRE 1972 - FOTO ANTONIO PEREZ 788755.jpg
Juan Domingo Perón año 1972.
Archivo Télam
Horas antes de la partida del líder hacia el Paraguay, el Partido Justicialista designó a Héctor Cámpora como candidato a presidente de una gran coalición que se llamó Frente Justicialista de Liberación, el Frejuli, y al conservador Vicente Solano Lima como vice.
La elección de Solano Lima, hombre cercano al peronismo desde 1955, rompió con las expectativas de otros dirigentes políticos como el popular cristiano José Antonio Allende, el desarrollista Américo García, el excéntrico hacendado rosista Manuel de Anchorena y tal vez hasta el intransigente Oscar Alende, que especularon secundar a Cámpora. En Asunción el General se encontró con su amigo, el presidente paraguayo, general Alfredo Stroessner, y no perdió la oportunidad para fastidiar otra vez a Lanusse. En su partida declaró ser un general del ejército más heroico de América, que era el paraguayo, nacionalidad del pasaporte con el cual viajaba. Lanusse reaccionó inmediatamente declarando que la próxima vez que Perón quisiera entrar en la Argentina debería hacerlo con un pasaporte argentino.
Mientras tanto los denostados, en 1966, partidos políticos se dieron a la reorganización interna y a la campaña electoral. La política había regresado. Los radicales se debatían en la interna. Raúl Alfonsín había creado el Movimiento Renovación y Cambio, con el que enfrentó a Ricardo Balbín y si bien no logró desplazar al caudillo de La Plata, consolidó su liderazgo interno corriendo por izquierda a la vieja guardia radical. La partida de Manrique y el juego propio de Balbín y los radicales, dejó a Lanusse, que además no podía ser candidato, rengo. No obstante, se puso a trabajar en la construcción de un candidato que fue el brigadier Ezequiel Martínez.
De la noche a la mañana Martínez aprendió a sonreír ante las cámaras de televisión, asesorado por los experimentados conservadores que sostuvieron la flamante Alianza Republicana Federal: el ex subsecretario del Interior, Guillermo Belgrano Rawson y el ex gobernador mendocino Francisco Gabrielli. Fue una jugada entre audaz e ingenua. Al parecer el cálculo de los organizadores de la campaña electoral de “el presidente joven que sabe y puede” -como anunciaba el slogan publicitario- fue que podían llegar a contar con el apoyo de los desairados democristianos y desarrollistas, bajados por el dedo de Perón.
El gobierno encontró al fin al compañero de fórmula de Martínez: el sanjuanino Leopoldo Bravo, de la Unión Cívica Radical Bloquista, ahora convertida en Partido Bloquista. Resulta que el ministro del Interior Arturo Mor Roig modificó la reglamentación de los partidos políticos y no se podía ya compartir una denominación ni usar las palabras nacional y argentino. Este cambio le permitió al partido del ministro quedarse con la denominación UCR en desmedro del partido de Oscar Alende.
El bloquismo había sido un desprendimiento del radicalismo sanjuanino, en la década del ‘20 de la mano de los hermanos Federico y Aldo Cantoni. Fue entonces una fuerza, aunque paternalista, fuertemente reformista; tan es así que en 1923 las mujeres votaron por primera vez en San Juan. En su primera presidencia, Perón había designado a Federico Cantoni embajador argentino en la Unión Soviética. Fue así que se llevó a Moscú de secretario a Leopoldo Bravo, que por esas circunstancias de la vida fue el último diplomático que pudo conversar con Stalin antes de que este muriera en 1953.
La dupla Martínez-Bravo fue una provocación para Manrique y su compañero, el demoprogresista Rafael Martínez Raymonda, un experto en alianzas políticas y años más tarde embajador en Italia de la dictadura de Videla. Sin duda la Alianza Republicana Federal del aviador y la Alianza Popular Federalista del ex marino, compartían algo más que el parecido de sus denominaciones: se nutrían de la misma clientela electoral, es decir, de parte de los sectores medios fuertemente antiperonistas. Pero el espacio de centro derecha también contó con la creatividad de Álvaro Alsogaray, ex ministro de Economía y embajador en EE.UU. Una década atrás había fundado el Partido Cívico Independiente (en los ’80 lo hará con la Unión de Centro Democrático) y pergeñó la Nueva Fuerza, una efímera estructura política, que gastó una fortuna en la campaña electoral de la fórmula de los empresarios Julio Chamizo y Raúl Ondarts. En el espacio de centro izquierda se ubicaron los seguidores del ex gobernador de Buenos Aires Alende. Los intransigentes armaron, junto a los revolucionarios cristianos (una de las fracciones en que se dividió la Democracia Cristiana) acaudillados por Horacio Sueldo, a los proscriptos comunistas, y a uno de los restos de lo que fue la aramburista Unión del Pueblo Argentino, Udelpa, bajo la conducción unipersonal de Héctor Sandler, la Alianza Popular Revolucionaria que llevó la fórmula Alende-Sueldo.
El Partido Socialista Democrático, la versión más “gorila” del socialismo, dividido en 1958, proclamó la fórmula integrada por Américo Ghioldi y René Balestra. Otros socialistas, algunos de aquellos que provenían del partido Socialista Argentino, crearon uno nuevo: el Socialista de los Trabajadores y fueron a las elecciones con la formula compuesta por Juan Carlos Coral y Nora Ciapponi, la única mujer candidata a vicepresidenta. Estas dos versiones del socialismo fueron condenadas con el mote de cipayos, por el historiador trostkista Jorge Abelardo Ramos, uno de los referentes de la denominada entonces izquierda nacional y que encabezó la fórmula del Frente de Izquierda Popular. El F.I.P pretendió peronizar a un sector del pensamiento socialista, quitándole todo resabio liberal y reformista, al que consideró funcional a los intereses imperialistas. “El colorado” Ramos, que será embajador de Carlos Menem en México, fue acompañado por el obrero Jorge Silvetti.
La violencia política sumó una nueva víctima: el contralmirante retirado Emilio Berisso. Este clima les dio fuerza a los militares renuentes a continuar con la salida electoral, incapaces de entender que ya no había tiempo para volver atrás. El propio Lanusse estuvo desconcertado ante este panorama. Se temió estar dando un salto al vacío. A enero de 1973, de acuerdo a lo convenido, Lanusse dejó de presidir la Junta de Comandantes en Jefe y cedió el cargo al jefe de los aviadores, el brigadier Carlos Rey. En febrero el presidente avanzó con la idea de hacerles firmar a los altos jefes militares un compromiso con la sociedad argentina respecto al futuro. Ni los aviadores ni los marinos quisieron rubricarlo. El comandante del Ejército se reunió entonces con sus generales y les pidió que firmaran el llamado Compromiso de conducta asumido por el Ejército Argentino hasta el 25 de mayo de 1977, más conocido como “los cinco puntos”: acatar el veredicto de las urnas, sostener y respaldar la Constitución Nacional y a las leyes de la República, asegurar la independencia del Poder Judicial, que el Ejército rechazaba toda amnistía de los casos vinculados con el accionar de la guerrilla y que las FF.AA pudieran participar en las decisiones del próximo gobierno respecto a la seguridad exterior e interior. Todos los generales rubricaron el documento, menos uno que, en disconformidad, pidió su pase a retiro: fue Ibérico Saint Jean, que durante la dictadura de 1976 sería gobernador de la provincia de Buenos Aires.
PERON - RUCCI CON EL PARAGUAS EN EZEIZA - Foto Unidiversidad - 7923074.jpg
Juan Domingo Perón regresa del exilio a Ezeiza. José Ignacio Rucci con el paraguas en medio de una multitud que fue a recibir al líder.
Dos días antes de las elecciones del 11 de marzo, Lanusse se dirigió en cadena nacional a todo el país diciendo: “Mañana puede ganarse o perderse todo. Se puede ganar, definitivamente, la existencia de una auténtica democracia, en libertad, con paz, con justicia social y dignidad humana… Se puede ganar, en fin, la realidad de una Nación en la cual los únicos proscriptos sean los golpes de Estado, las dictaduras, las violaciones de la Constitución, la burla a la decisión ciudadana y la violencia como sistema de acción política”. El veredicto de las urnas consagró a Cámpora como triunfador, con más del 49% de los votos. El candidato radical, Balbín, renunció al derecho a la segunda vuelta.
Los días para llegar a la entrega del gobierno el 25 de mayo fueron aciagos. El 1 de abril el ERP secuestró al contralmirante Francisco Alemán y el 30 mató al jefe naval Hermes Quijada, ambos vinculados a los fusilamientos de Trelew del año anterior. Montoneros asesinó, el 22 de mayo, al dirigente del sindicato de mecánicos Dirk Kloosterman. Por fin llegó la jornada más esperada. Lanusse le colocó la banda presidencial a Cámpora en la Casa Rosada y partió del lugar en un automóvil rodeado por la multitud festiva, que no se cansaba de insultar a los militares. Los otros comandantes ya lo habían hecho en un helicóptero, para evitar agresiones como las que habían recibido al ingresar. El desfile militar que se realiza en estos acontecimientos fue suspendido por la furia popular contra los uniformados, que se retiraron marcha atrás apuntando con fusil y bayoneta. La multitud coreaba: “se van, se van y nunca volverán”.
Aquí se pueden leer otras notas del historiador Gustavo Dalmazzo.