“Esta red le ha costado a Alemania la vida de doscientos mil soldados”. La frase −pronunciada después de la crucial batalla de Stalingrado, que cambió el curso de la Segunda Guerra Mundial− pertenece al almirante Wilhelm Frank Canaris, jefe de la Abwehr, es decir, el organismo de contraespionaje del Tercer Reich. La “red” a la cual se refería el destacado militar −que murió ahorcado por sus propios compatriotas el 9 de abril de 1945− es nada menos que la “Orquesta Roja”, organización soviética dedicada a transmitir a su país −con el tremendo riesgo que semejante tarea suponía− los secretos militares del enemigo. Se complementa perfectamente con otra frase que lanzó el mismísimo Adolf Hitler en 1942: “Los bolcheviques nos superan en un solo dominio: el del espionaje”.
La reciente y magnífica reimpresión por parte del sello Punto de Encuentro de un libro clásico −La Orquesta Roja, del periodista galo Gilles Perrault− funciona como el disparador perfecto para evocar a aquellas mujeres y hombres que entregaron en muchos casos sus vidas para derrotar al nazismo, que se había abatido sobre Europa como una impensada ola de terror y sangre. La Orquesta Roja, pese a lo que pudiera suponerse, estaba integrada no solo por rusos, sino también por numerosos alemanes antinazis, que resultaron cruciales a la hora de obtener información altamente calificada.
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Ágil y amena, la voluminosa crónica escrita por Perrault se lee a alta velocidad, pese a las profusas seiscientas treinta y cinco páginas que dan forma al volumen. El hilo conductor de la obra está dado por las muchas veces inverosímiles hazañas de aquel a quien muchos consideran el espía más exitoso de la historia, un hombre que tenía casi tantos seudónimos como enemigos: el judío polaco Leopold Trepper, alias (entre muchos otros) “El Gran Jefe”. Tal como recuerda el periodista Ricardo Ragendorfer en el prólogo de la obra, el escurridizo y astuto Trepper llegó a coordinar el trabajo de medio millar de emisoras: las principales funcionaban en Lieja, Gante, Bruselas, Ginebra, Estambul, Atenas, Belgrado, Viena, Roma, Lyon, Amsterdam, Madrid, Barcelona, Amberes, Estocolmo, Copenhague, Marsella, Lille, París −solo allí había treinta transmisores− y, claro, la propia Berlín, en las mismas barbas del demonio nacionalsocialista.
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El "Gran Jefe": Leopold Trepper.
Comunista hasta el tuétano, la mística que alimentaba al “Gran Jefe” queda bien explicada por una de las voces del polifónico coro que sostiene la compleja estructura del libro: “Miro la Orquesta Roja y busco con la mejor buena fe el chantaje, la corrupción, la explotación de vicios… no se encuentran”. Porque “aquella era la gran época, la bella época, la unión sagrada”.
Curiosa adjetivación para calificar un período histórico signado por la más despiadada barbarie: no pocos de los miembros alemanes de la Orquesta Roja terminaron sus días en la horca o la guillotina. Sin embargo, la época era “bella” porque detrás del suplicio y la masacre latía un corazón común: la solidaridad hasta el fin en la lucha por una sociedad donde los hombres, una vez derrotado el horror, llegaran a transformarse en hermanos.
Paradojas y hazañas
Las paradojas son una constante en la vida de Trepper, así como las hazañas. Capturado impensadamente en la capital francesa en el consultorio de su dentista, terminará en las garras de la siniestra Gestapo. Sin embargo, su genio logrará saltar incluso por encima de esa barrera, al parecer infranqueable: superando la severa vigilancia, no solo continuará enviando información trascendental de manera oculta sino que, como corolario, escapará también físicamente de los hombres de negro. Así dará inicio a una odisea personal por las calles de París, ya que se había convertido en la presa más codiciada de la ciudad. Pero la cacería no dará resultado.
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Heinrich Himmler, junto a Hitler.
Mientras Trepper huye incesantemente del acecho nazi, muchos de los integrantes de la organización mueren de manera tan cruel como heroica. El caso que sin dudas merece mayor atención es el de Harro Schulze-Boysen, quien junto a su esposa Libertas Haas-Heye (ambos, en la foto que abre esta nota) conformó una dupla de espías excepcional por su capacidad de penetración en las esferas más elevadas del poder germano. Hijo de una familia de la alta burguesía, la audacia de Schulze-Boysen −y también de su bella mujer− no conoció límites: con el fin de cumplir sus objetivos, la pareja llegaba a emplear hasta el sexo como herramienta. Tantos riesgos asumidos −que tan valiosos réditos rindieron a la causa de la libertad− fueron pagados por ambos en una sola cuota cuando subieron al cadalso para dejar allí sus vidas.
Otra historia conmovedora es la de la de Suzanne Spaak, madre de la famosa actriz Catherine Spaak. Conspicua integrante, también, de las capas privilegiadas de la sociedad, fueron su sensibilidad y abnegación innatas las que la impulsaron a sumarse como instrumento a la Orquesta Roja, donde su trabajo era considerado de la máxima utilidad. Por sus gestiones incansables, se salvaron centenares de niños judíos. Apresada por fin, y tras un largo calvario, fue asesinada. Sobre uno de los muros de la sórdida prisión de Fresnes, dejó escrito un escueto mensaje: “Sola con mis pensamientos, aún hay libertad”.
La amarga ironía que corona el destino de Trepper es que a su regreso a la triunfante Unión Soviética no fue premiado, sino encarcelado por el stalinismo. Es que el Gran Jefe no era un burócrata de la conspiración, sino un romántico de la revolución. Luego de sufrir durante una década en la oscura Lubyanka, fue liberado y rehabilitado tras la muerte del tirano georgiano y su séquito de asesinos.
También aquí, una vez más, Leopold Trepper había sobrevivido.