A causa de las crisis cíclicas de la economía Argentina, de la especulación inmobiliaria y de la ausencia estatal en la materia, el sueño de la casa propia se esfumó. En el paso de una generación a otra, el derecho básico a la vivienda entró en el plano de las utopías. Hoy, diciembre 2022, en Rosario se estima el valor del metro cuadrado en 1.400 dólares. Para el ciudadano de a pie, el hogar como base de la independencia económica pasó a engrosar la lista de las ilusiones inalcanzables (alguna vez fue un anhelo a mano del esfuerzo y el trabajo), se transformó en pesadilla, fuente de angustias y, en la gran mayoría de los casos, en resignación. El debate y búsqueda de la clase política y la dirigencia sindical está centrado en el poder adquisitivo de uno de los sectores que más aporte dinámico da a la economía de cabotaje.
Hoy, para aquellos que carecen de algún tipo de ahorro previo o de algún patrimonio hereditario, alcanzar una unidad habitacional solo es posible mediante juegos de azar, brujería o ganar en la casa de Gran Hermano. Las cuotas iniciales para acceder a un departamento en pozo superan ampliamente la capacidad de pago y las estafas de constructoras fantasmas conforman un peligro latente para los osados que intentan materializar la utopía.
Las diferentes alternativas
Constructoras de la ciudad ofrecen oportunidades de financiamiento, pero los montos exigidos para el ingreso al beneficio resultan restrictivos para la mayor parte de los rosarinos. Existen múltiples planes de mayor o menor valor que delatan la inmensa brecha entre el salario y los inmuebles. Tanto es así que entre los programas más accesibles para adquirir un departamento de no más de 50 metros cuadrados, cuyo valor se sitúa alrededor de los $17.600.000, es necesario contar con la disponibilidad inmediata de al menos el 30 por ciento del valor total. Es decir, que un trabajador de las capas medias debe poseer al menos 5.100.000 pesos para abonar ese 30 por ciento de la unidad y formar parte de un plan de pagos que se reparte en unas 60 cuotas de 198.300 pesos ajustables por índices de construcción o de variación salarial.
Por ejemplo, se puede tomar a un trabajador que reciba un salario del sector mercantil quien, a fin de este año llegará a percibir unos 139.000 pesos. A simple vista, la brecha salarial para el acceso a un inmueble es exorbitante. Aunque para este asalariado la habitación sería un problema menor, la canasta básica se sitúa en 139.783 de pesos. Para vivir, primero se tiene que poder comer.
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Francia y el río Paraná, barrio Puerto Norte de Rosario, zona ícono del boom inmobiliario.
Foto: Silvina Salinas / La Capital
Para el caso de una pareja de mercantiles -o a esta altura, la mayoría de los empleados de todas las ramas productivas-, la cosa no cambiaría radicalmente: con 278.000 pesos solo se alejan de la canasta básica. Si se agrega a ello el costo de un alquiler, que en una situación de privilegio en cuanto a las tarifas inmobiliarias del mercado rosarino se sitúa en unos 40.000 pesos mensuales, la independencia económica que encarna la vivienda propia se aleja aún más.
La construcción por fuera de la ciudad es otra de las estrategias disponibles; para ello es necesario contemplar el costo de acceder a un terreno que ronda los 20.000 dólares (unos 6 millones de pesos a su cotización blue, o sea, la ilegal) y otros 20.000 dólares para construir una casa prefabricada. En pesos se necesitan al menos 12.000.000. La compra de un terreno en las afueras de la urbe ronda unos 3.000.000 de pesos para luego construir sobre el mismo.
Ahora bien, esta búsqueda del “sueño americano” no está exenta de peligros, ya que no son pocas las denuncias de personas estafadas por empresas constructoras fantasmas en su mayoría procedentes de provincia de Buenos Aires o del norte del país que utilizan las redes sociales y los bajos precios como señuelos para luego desaparecer con los sueños rotos de aquellos que apostaron los ahorros de su vida en un quimera.
Una opción viable y común, en aquellas latitudes donde las cosas son un poco mejores, es el crédito bancario. Recorrer la city bancaria argentina confirma que es casi inexistente el crédito hipotecario, y por sus intereses, inalcanzable.
En estas condiciones, la presencia del Estado se convierte en un bastión completamente necesario e irreductible para el desarrollo. La potencia estatal es la única fuerza con la capacidad para proveer el acceso a este derecho básico de la vivienda, pero su presencia se reduce a un plan Procrear, que si bien intenta mitigar la carencia, termina por ajustarse a un población perteneciente a los escalones económicos medios de la sociedad y, por ello, relega a la deriva habitacional a la mayoría de los trabajadores. Una nación de inquilinos y de habitaciones precarias no es una nación libre. Cualquier gobierno que se jacte de su sentimiento nacional y de su raigambre popular no debería evadirse de la responsabilidad de proveer la independencia económica de la población que, con la historia en la mano, comienza por casa propia.
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