En las cárceles no sólo se generan delitos, también se estudia y se trabaja
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"En las cárceles no sólo se generan delitos, también se estudia y se trabaja"

El investigador de Conicet Mauricio Manchado investigó cómo, al igual que en los barrios vulnerables, el evangelismo ganó espacios en las prisiones santafesinas. De ovejas a siervos, consignó el tránsito de los presos por estos espacios que les dan más paz a costa de mucho control
9 de mayo 2022 · 03:00hs

La cárcel suele ser noticia cuando hay revueltas o como centro de producción del delito. Pero en las prisiones también pasan otras cosas. “Las revueltas y la generación de delitos es una porción ínfima de lo que pasa en las cárceles, donde también hay espacios culturales y gente que estudia y trabaja”, dice Mauricio Manchado. Este investigador del Conicet, doctor en Comunicación Social y docente universitario lleva años adentrándose en las prisiones de varones más pobladas de la provincia para conocer sus lógicas. El interés fue, primero, por cuestiones discursivas propias de su campo disciplinar. Luego el abanico se fue abriendo hasta posar el foco en el ordenamiento social de los pabellones evangélicos, a los que considera un factor clave en el gobierno carcelario.

De eso habla “La redención del castigo”, el libro sobre el evangelismo y la construcción del orden en las prisiones contemporáneas publicado por UNR Editora que se presenta este martes, a las 18, en la librería universitaria de Maipú 1065. En su obra Manchado reconstruye cómo, en parte por azar, a partir de la apertura democrática la segunda minoría religiosa en la Argentina fue abriéndose paso en las prisiones de la provincia hasta controlar, hoy, más del 40% de los pabellones de la cárcel de Coronda, 7 de 11 en la cárcel de Pérez y 7 de 24 en Piñero.

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Este ordenamiento al que bautizó Dispositivo Religioso Evangélico Pentecostal funciona según Manchado en un marco de negociaciones constantes en las cuales el Servicio Penitenciario (SP) tiene la última palabra. De ovejas a siervos y de refugiados a convertidos, los presos encuentran allí la posibilidad de un tránsito más pacífico por el encierro, a costa de una existencia reglada por pautas y rituales estrictos, con la promesa de obtener mejoras económicas, afectivas y en la misma causa penal.

—La prisión suele ser mirada en tanto lugar de conflicto o producción del delito antes que como un espacio creado y legitimado por la comunidad. ¿Cómo nace tu interés por la cárcel?

—La cárcel suele ser expresión de lo que sucede extramuros. Es un cristal para mirar lo que sucede afuera de la prisión. Y así como hay efectos expandidos del encarcelamiento, hay un recorrido inverso del barrio a la cárcel. Los negocios ilegales de afuera siguen dándose adentro, a veces se intensifican. A este fenómeno hay que pensarlo en clave del gobierno carcelario: es posible en la medida en que se habilita cierta forma de gobernar la cárcel. Hay violencia, hay delitos. Pero esto es sólo una porción de una realidad mucho más compleja. Hay otros espacios y sujetos queriendo hacer otras cosas con lo que les pasa. A nivel nacional hay más de veinte universidades que ofrecen educación en contextos de encierro. En mi caso el interés viene vinculado a la lectura como estudiante de Vigilar y Castigar, de Michel Foucault, que es la biblia en estos temas. Paralelamente una docente me invitó a participar de un proyecto sobre norma y transgresión. Empecé a indagar más sobre el tema, hice un trabajo de campo entre 2005 y 2006 en la Unidad 3 de Rosario y produje mi tesina de grado en torno a los procesos comunicacionales y subjetivos en el encierro. Cuando vi de cerca lo que pasaba ahí adentro no pude salir más. La cárcel tiene esa lógica que genera cierta ambivalencia: atrapa por lo desconocido, pero al mismo tiempo es una maquinaria que produce mucho dolor en las personas que viven ahí.

—¿Cuándo surge el interés académico por los pabellones evangélicos?

—Desarrollé mi primer trabajo en torno a lo que nombré como "insumiciones carcelarias", una serie de resistencias que los detenidos ponen en juego. No son las manifestaciones tradicionales con cuerpos cortados, huelgas o motines sino sutiles desplazamientos en el propio discurso como modos de escabullirse al sufrimiento. Un preso que se presentaba diciendo “soy un preso cachivache”, al estar cerca del egreso no era tan confrontativo, tenía más negociación. Lo que hacía era acomodar su discurso inicial para sobrevivir en ese umbral del egreso que genera mucha ansiedad y angustia. En toda esa trama el discurso religioso apareció con fuerza. No era algo que yo estaba indagando en particular. Pero empecé a entrevistar muchos detenidos que habitaban los llamados "pabellones iglesia". Decían: “A mí me salvó Dios, me salvó la religión”, “puedo transitar esta última etapa tranquilo porque estoy en el pabellón iglesia”, “cuando salga voy a encontrar un primer lugar de contención”. Transité de una mirada sobre la cárcel más ligada al carácter represivo y degradante de la estructura disciplinar que cae sobre el sujeto a reconocer que la cárcel tiene mucho más negociación, más reciprocidad. Cuando empecé a instalar esa mirada encontré que el discurso religioso no era solamente una manifestación discursiva sino también una forma de entender el gobierno de la cárcel.

"La redención del castigo", publicado por UNR Editora, se presenta este martes a las 18 en Maipú 1065.

—¿En qué época se consolidan los pabellones evangélicos en Santa Fe?

—Los grandes centros urbanos empiezan a manifestar esto en sus cárceles porque es lo que pasa en sus barrios. En Buenos Aires, en Santa Fe, en menor medida Córdoba, en parte Mendoza, son justo los cuatro grandes centros urbanos que además tienen altas tasas de prisionalización a nivel país. En los barrios el evangelismo creció de manera significativa desde la recuperación democrática a esta parte. En los últimos treinta años el evangelismo generó una serie de estrategias de mucho acercamiento a estos sectores más desfavorecidos y vulnerados. En el libro marco tres grandes etapas sobre su consolidación en las cárceles. Las décadas de los 80 y 90 son la de inserción con algunos pastores como Eduardo Rivello y Oscar Sensini que empiezan a llevar la palabra a los patios de Coronda. Este primer momento es de mucho rechazo de parte del SP, que empieza a notar efectos de pacificación sobre presos que llaman conflictivos. Al punto que a comienzos de los 2000 les dan un pabellón completo para que lo gestione la iglesia. Hubo un punto de ruptura en 2005 con la masacre de Coronda, donde los pabellones evangélicos tuvieron un rol fundamental para detener la espiral de violencia y que las muertes no fueran más de las que fueron. Eso los deja muy bien posicionados a la vista del SP. Ahí hay un salto cualitativo y cuantitativo con los pabellones evangélicos que desde ese tiempo no han parado de crecer. Hay una tercera etapa de consolidación y cooperación en la que el propio servicio directamente los llama y les dice: “Vamos a inaugurar una cárcel nueva, ¿cuántos espacios les podemos dar?”. Eso es lo que pasó con la Unidad 16, en la última gestión del socialismo en 2016. La mitad de la cárcel se inaugura con pabellones iglesia. Desde entonces hubo un crecimiento sostenido.

—¿Qué cambió en la cotidianidad de esos pabellones?

—Se han generado modos de organización y reordenamiento interno que tienen una estructura jerárquica muy similar a la del SP y de normativas que históricamente el servicio quiso hacer cumplir pero no pudo. Sin embargo la iglesia logra que los detenidos asuman esas prescripciones. Tienen además con el SP un diálogo mucho más fluido. Sigue habiendo cierta desconfianza: los guardias te dicen “está todo bien, son presos hermanitos pero tienen su historia, tampoco nos vamos a descuidar tanto”. Pero la forma de transitar esos pabellones es muy distinta. Me han dejado hacer trabajo de campo en la Unidad 11 de Piñero, cárcel de máxima seguridad, durante horas con los presos con la puerta cerrada de su celda, participando de los cultos. Eso da cuenta de una relajación de la observación, de una suerte de cogestión, siempre entendiendo que esa cogestión es dispar.

—Hay uno de los actores que pisa más fuerte.

—Sí. El SP tiene siempre la última ratio, la última palabra. Acá hay siempre una negociación constante porque lo que te aseguran estos pabellones es una menor conflictividad, que no va a haber circulación de elementos cortopunzantes, nada o poco consumo de estupefacientes. Eso al servicio le garantiza mayor tranquilidad. Sin embargo, es el que tiene una última potestad para decidir sobre el destino de esos detenidos. Lo hace siempre con una fuerte estrategia de negociación: te dejo entrar un bombo pero vos dejame entrar a tal preso que no lo puedo poner en otro pabellón, te dejo ampliar las visitas pero vos permitime que haga una requisa general cada tanto. Esas son negociaciones que siempre están en un estado de fragilidad. Ante cualquier cambio significativo, ya sea del siervo del pabellón de iglesia o de un director de la cárcel, eso vuelve a renegociarse.

Más del 40 por ciento de los pabellones de la cárcel Coronda son evangélicos. El culto llegó a ese penal a mediados de los 80.

Más del 40 por ciento de los pabellones de la cárcel Coronda son evangélicos. El culto llegó a ese penal a mediados de los 80.

—¿Cuáles son los mecanismos o prácticas de la religión que permiten garantizar la paz en los pabellones?

—Hay muchas variables en juego. Una es la claridad respecto del ordenamiento social de esos espacios, algo así como tener las reglas claras. Cuando un preso ingresa a un pabellón evangélico el siervo, que es el líder, le dice: “No podés tener elementos cortopunzantes ni drogas, no podés tomar alcohol, no podés agredir a un guardia, acá se respeta la autoridad, seguimos las actividades religiosas tal cual están definidas por los pactos y cultos”. Empieza una etapa de prueba para esa oveja, como se la llama, en la cual él tiene claro que para poder pasar los estamentos que lo llevan de ser oveja a ser asistente de líder, líder, consiervo o siervo, tiene que respetar estas reglas. Si esas reglas no se respetan en Santa Fe se apela mucho menos a prácticas coercitivas y más a la expulsión. La contraparte es un tránsito más tranquilo por el pabellón. El detenido no está todo el tiempo pensando en el nivel de violencia interpersonal, que el de al lado le va a venir a clavar algo o a robarle las zapatillas. Se genera una estructura de mucha contención por parte de la jerarquía de esa iglesia.

—¿Hay otros beneficios además de la contención?

—Además están lo que yo llamo las narrativas de las prosperidades que se constituyen ahí adentro. Son un un elemento sustancial para entender porqué estos detenidos permanecen en estos espacios pese a que son objeto de fuertes restricciones. Es la idea de que si están ahí les va a ir mejor a nivel de salud, a la larga se van a recuperar de ciertas adicciones. Una proyección de prosperidad económica al salir. Y una tercera que es propia del contexto carcelario que es la prosperidad penal. Los presos argumentan fuertemente que, desde que están en los pabellones iglesia se han resuelto sus causas penales de motivo milagroso, porque Dios intervino en sus vidas: “Yo tenía dos delitos imputados y no sé porqué hay uno que no me lo cuentan", o “no podía acceder a los permisos y ahora puedo”. Eso que muchas veces tiene que ver con cuestiones burocráticas del sistema penal se conjuga para que los detenidos persistan en esos espacios con mucha observación interna. También hay una gran proporción de convencidos, que llevan bastante tiempo transitando las cárceles y te dicen “me cansé de estar a todo ritmo, quiero estar más tranquilo, no estar todo el tiempo con la cabeza pensando que me tengo que pelear o en la reja reclamando". Y después está el convertido, que es la figura más difícil de comprobar. Desde la autopercepción todos te van a decir que son convertidos. Necesitan ubicarse en el lugar de la conversión: “Yo ya estoy en Dios”, “Dios me está poniendo pruebas y las tengo que superar”. Pero el convertido se comprueba una vez que sale, si adhiere de manera convencida y ferviente a la religión, pastoreando, formando parte de los dispositivos extramuros.

¿Cómo engarza el discurso religioso con la idea de resocialización? Parece haber muchos puntos de contacto.

—Engarzan muy bien porque históricamente el modelo correccional tiene a la religión, con la educación, el trabajo y la familia, como modelo constituyente de su lógica de funcionamiento. Fecundan sobre la lógica de un renacimiento del hombre. Esto que el evangelismo trabaja mucho mejor que el catolicismo: el nacimiento de un nuevo hombre, es dejar atrás el viejo para ser nacer el nuevo. La idea es: dejo todos mis pecados a un lado, dejo todos mis vicios, mis viejas costumbres, para conformar este hombre bondadoso, bueno, buen hombre de familia, que proyecta salir y ser una buena persona. Es la lógica de la resocialización: vos te desviaste, sos un anormal, la cárcel te va a venir a recuperar con su disciplina, que en las cárceles latinoamericanas nunca termina de ser tal. Sin embargo los pabellones evangélicos en la cárcel tienen un problema práctico. Los detenidos tienen que estar tan comprometidos con los temas de la iglesia que esto les deja poco lugar para prácticas vinculadas al ejercicio de la resocialización, para ir a trabajar o a estudiar. En una cárcel más preocupada por la seguridad, donde los penitenciarios dicen “a mí lo que me conviene es que termine el día y no haya novedades”, la cárcel habilita una suerte de resocialización más ligada a lo salvacional y mucho menos a la progresividad. También es cierto que los modelos no son puros. No tenemos en Santa Fe cárceles que sean totalmente depósito y de seguridad o cárceles de resocialización. Hay tal hibridez y tanta mixtura que estos fenómenos le sirven a la cárcel para pacificar pero a veces le traen ciertas complicaciones al preso en términos de progresividad.

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