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Luz, cámara, acción: Los fabricantes de sueños

No es que ellos se queden mudos ante la pantalla porque el cine llegó a su barrio, ni tampoco que se sientan protagonistas porque una cámara los enfoque para que cuenten su historia.

Domingo 20 de Enero de 2008

No es que ellos se queden mudos ante la pantalla porque el cine llegó a su barrio, ni tampoco que se sientan protagonistas porque una cámara los enfoque para que cuenten su historia. Esta vez pasaron del otro lado del mostrador, son realizadores. Se trata de los chicos que desde hace tres años participan del taller "La fábrica de los sueños", una experiencia que busca acercar las herramientas básicas del lenguaje audiovisual a los pequeños habitantes de barrios carenciados de Rosario.

  Ellos, los chicos, advierten al espectador sobre un derecho que no figura en la Convención Internacional de los Derechos del Niño: hacer cine. En cada corto, ese deseo antecede las producciones. "Todos los niños tendríamos que tener derecho a hacer cine, a emocionarnos, reírnos y soñarnos", sostienen. Y mucho de eso transmiten en sus producciones.

  Tras ese lema, ellos se transforman en vampiros que habitan una escuela en Ludueña, "brujas embrujadas" en el Hogar del Huérfano, un tierno lobizón en el distrito noroeste, una pandilla de niños especiales que planea un robo a una granjita o un grupo de extraterrestres que visita un típico campamento.

  También hay un horroroso hotel que recuerda al de Psicosis, un robo donde se roba a un ladrón, superhéroes que salvan a niños convertidos en un ejército de zombies y hasta un símil documental sobre un Maradona de las bolitas.

  Y claro, son tiernos pero también bizarros, y cómicos, muy cómicos. A la vez, algo de violencia circula por sus guiones. Casi, quizá, como en sus vidas.

  Las locaciones de los cortos son sus ámbitos de siempre. No necesitaron trasladarse más allá de sus barrios, sus escuelas o sus hogares. Ni tampoco transformarse en estrellas de Hollywood para actuar sus historias. La picardía se cuela cada tanto y siempre alguna risa o un curioso le da un toque especial al set de filmación.

  El nombre del taller es "La fábrica de sueños" y comenzó en 2004. Funciona en el marco del Centro Audiovisual Rosario (CAR) y desde su creación se concretaron diez cortometrajes, con la participación de más de 200 chicos de los distritos Sur, Sudoeste, Oeste y Noroeste.

  El mentor de esta fábrica es Nicolás Andrés, un realizador rosarino de 32 años, egresado de la Escuela Provincial de Cine y Televisión. Tras llevar adelante experiencias educativas y creativas con chicos carenciados pensó en extender el proyecto y lo acercó a la Secretaría de Cultura municipal. Desde allí, logró que se plasmara en el CAR y desde entonces la fábrica no cesó.

  Esta fábrica ensoñada tiene como objetivo acercar el lenguaje audiovisual a las vivencias cotidianas de los niños y jóvenes. Esta posibilidad —no siempre cercana en el plano de la real— funciona entre los chicos como una herramienta única y novedosa para que pongan en juego sus experiencias e inquietudes.

De ET a los vampiros

  Andrés es el único tallerista, algo que espera que este año se amplíe. Y día a día se deslumbra ante el trabajo de sus alumnos. "Hasta me hicieron rever un cine que yo descartaba, el de terror o aventura", dice mientras admite que cuando era chico no se perdía por nada del mundo el estreno de ET o Los cazafantasmas.

  Horacio Ríos, director del CAR, explica que "la idea es lograr un auténtico espacio de creación, intercambio y aprendizaje, donde la palabra, la imagen y el sonido armen su propio juego".

  Durante los talleres los chicos explotan toda su creatividad pero también investigan y aprenden, a través de distintas técnicas y metodologías.

  En ese marco, ellos son los que proponen la realización de cada cortometraje, su producción, guión y actuación. Es más, el DVD que reúne sus filmes —que se puede conseguir en el CAR (en la antigua estación ferroviaria del parque Urquiza)— incluye el ya clásico bonus, con el detrás de escena de las películas.

  Allí puede verse a los chicos, cámara en mano, marcando las tomas, en tareas de dirección y también en algunos bloopers. Sin desperdicios.

  El desafío se cierra, o más bien se abre, cuando los cortos se exhiben en sus barrios y hasta en festivales. Ellos, entonces, vuelven otra vez: se divierten, aprenden y ejercen los derechos que reclaman: "Hacer cine, emocionarse, reír y soñar".

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