"Les hubiese dado cualquier cosa, menos la vida de mi hijo. Esto es una carga y
un dolor terrible para mí. Por eso no busco que me defiendan, yo ya estoy pagando por lo que hice.
Sólo quiero que se haga justicia por mi pibe y mi familia". Walter Taborda apenas puede contener
las lágrimas cada vez que se refiere a Milton, su hijo de 14 años, que murió una mañana de
diciembre pasado alcanzado por una bala disparada por el oficial de policía Guillermo Paz en un
sospechoso e irregular procedimiento que tenía como intención detener a Taborda como sospechoso de
una serie de robos en la localidad de Funes.
La historia de este hombre de 35 años, que actualmente
cumple una antigua condena por robo calificado en la alcaidía de la Unidad Regional II, es digna de
un guión cinematográfico. Cuando faltan pocos días para que se cumpla el primer año de la muerte de
su hijo, Taborda accedió a hablar con La Capital y el lugar donde se realizó la entrevista
fue el patio del pabellón 4, sector del penal donde se alojan los "evangélicos".
El lugar es un cuadrado "pelado", con paredes de unos 5
metros de altura y doble techo de rejas. Lo único que hay a la vista es una soga estirada a lo
largo con ropa colgada y dos canillas con sus lavabos. Taborda llega al lugar y extiende
cordialmente la mano derecha. Durante la nota estará junto a su defensor, Claudio Tavella. Lleva
puesta una remera negra que en letras blancas reza: "Milton nunca te voy a olvidar".
Por mi hijo. "Yo se que lo que hice en mi vida me condena. Mi pasado y mi
fama me condenan. Pero quiero defender la memoria de mi hijo", afirmó para aclarar los puntos desde
el inicio.
Taborda es un tipo robusto, que se expresa con claridad y
que no tiene prejuicios al reconocer que tuvo problemas por militar en el bando opuesto al de la
policía. Cuando el 5 de diciembre de 2007 su hijo de 14 años fue asesinado, él llevaba un año y
ocho meses como prófugo de la Justicia. Purgaba una condena por robo calificado en la Unidad 3 y un
día, aprovechando una salida transitoria, no retornó. Durante ese tiempo Taborda jura que evitó
problemas y que llegó a trabajar como soldador en una empresa.
"No volví al penal porque encontré a mi familia en la
calle. A veces el diablo te da muchas cosas, pero la cárcel termina quitándotelas. Son
circunstancias de la vida. Pero nunca tuve problemas y me mantuve al margen de todo", contó
mientras desde el interior del pabellón se escuchaban los cánticos religiosos de sus
compañeros.
Al salir de la escuela. Aquella mañana trágica del 5 de diciembre, Taborda junto a
su mujer María del Carmen y Milton se habían encontrado en la escuela a la que concurría el
adolescente, la Ceferino Namuncurá de Felipe Moré y Presidente Perón. "Eran las nueve menos cuarto.
El pibe me mandó un mensaje de texto para que lo pase a buscar y fuimos con María del Carmen",
contó El Gordo, apodo con el que conocen a Walter. Poco después los tres estaban en el Renault 12
en la estación de servicios de Matienzo y Perón, a 100 metros de la escuela. Taborda contó que
conocía de antes al oficial Guillermo Paz. "Vivía a una cuadra de la casa de mi madre y yo sabía
por comentarios de gente del barrio que estaba haciendo preguntas sobre mí", recordó.
Paz y el suboficial Alejandro Abraham, que no vestían
uniformes, llegaron al lugar en un Ford Fiesta gris. Los dos trabajaban en la seccional de Funes y,
según declararon después, se aproximaron a Taborda porque lo investigaban por su presunta
participación en varios robos ocurridos en esa ciudad. "Yo estaba sentado frente al volante y estos
tipos aparecieron con las armas en las manos. Estacionaron el Fiesta al lado nuestro y bajaron los
dos. Paz me dijo: «Walter vos sabés lo que venimos a buscar». Sinceramente no tengo idea qué
querían. Tal vez hayan pensando que tenía una plata o que tenía la captura pendiente y me querían
apretar", indicó.
Balazo letal. La primera reacción de Taborda, al ver las armas policiales,
fue poner primera y arrancar. "Ahí fue cuando Abraham me disparó y me dio en el pecho. Yo seguí
unos metros porque me asusté, creí que me querían matar, pero jamás pensé que volverían a tirar.
Cuando escuché el segundo tiro, Milton dijo, sin llorar, «papá, me dieron a mi». Paré, en medio de
la confusión no entendía nada. Salí del coche e intenté correr en busca de ayuda. Abraham me
alcanzó, me tiró al piso y me puso el caño del arma en la cabeza. Pero ahí se dio cuenta de lo que
pasaba. Mi mujer gritaba que habían matado al nene. Entonces le dije a Abraham «hacé lo que tengas
que hacer» y me fui".
Taborda interceptó a una mujer y le pidió la bicicleta. "Yo
no la conocía. Le dije que me querían matar y entonces me entregó la bici. Llegué pedaleando hasta
la casa de mi hija, en Seguí y Rouillón. Ahí me desmayé. Después me cargaron en un auto y me
llevaron a la casa de mi papá, donde me bañaron y me hicieron las primeras atenciones", narró
Taborda.
Así, el hombre empezó a ofrecer detalles de su periplo como
herido de arma de fuego y prófugo. Desde la casa de su padre fue a lo de la novia de un familiar.
"Allí me vio una enfermera que vino especialmente de un pueblo. Me suministró sedantes y me sacó
adelante", contó.
Taborda aún no puede superar la muerte de Milton, al que
llamaba Pájaro. En más de una oportundiad, dijo a este diario que se sentía responsable por su
muerte. El día del entierro, en La Piedad, El Gordo aún convalecía por el balazo. Escondido y
maltrecho se las arregló para asistir y darle el último adiós al único hijo varón que tenía.
Estuvo prófugo ocho meses porque le imputaban, a raíz del incidente en el
que murió Milton, resistencia calificada a la autoridad. Finalmente una patrulla del Comando
Radioeléctrico lo detectó "en actitud sospechosa" y lo llevó a Jefatura. Allí, cuando lo
identificaron, se supo quién era.