Una descomunal balacera estremeció al grupo de jóvenes que la madrugada del
domingo estaba en la puerta del canto-bar El Rey, en pleno centro rosarino. Un pibe que un rato
antes había sido expulsado del local, regresó sobre sus pasos y vació el cargador de una pistola 9
milímetros contra el frente del boliche. Atónito, uno de los muchachos giró el cuerpo e intentó
entrar al bar, pero no pudo hacerlo. Un balazo le atravesó la espalda y lo derrumbó. Malherido, lo
llevaron al Hospital de Emergencias, pero su vida se apagó ayer a la tarde, doce horas después del
ataque.
Matías Fernando Vaudagna tenía 18 años y era el hijo de Ana María, la dueña de
El Rey, un local que según la policía está habilitado por la Municipalidad como bar con amenización
musical y está situado en Urquiza 1134, entre Mitre y Sarmiento.
A las 4.30 del domingo, Matías estaba con un grupo de jóvenes en la puerta del
boliche y, al parecer, planeaban regresar a sus domicilios. En la vereda del local también estaba
el sargento Oscar Daniel Velázquez, que revista en la subcomisaría 20ª. "El policía había ido a
tomar algo al boliche porque conoce a la dueña ya que allí realizó servicios adicionales de
custodia", explicó una fuente de la investigación policial.
El vocero consultado señaló que cerca de las 4 un patovica había "sacado" del
local a un muchacho porque había tenido una "conducta inadecuada". Antes de que traspusiera la
puerta, el pibe (vestido con campera y vaquero) había respondido al custodio con una intimidación
por su decisión de echarlo del boliche. "Voy a volver, ya van a ver", le exclamó.
Regreso fatal. Media hora después, el muchacho cumplió con su promesa. Su
silueta emergió por calle Sarmiento y cuando estaba a unos diez metros de la puerta de El Rey,
desenfundó una pistola 9 milímetros. Entonces, sin decir una palabra, gatilló el arma contra el
frente del local.
La balacera fue tremenda, dijeron los investigadores. Algunos tiros perforaron
la fachada del comercio y otros impactaron en un Fiat Regatta y un Fiat Uno que estaban
estacionados a pocos metros de alli.
En ese momentó Matías sólo atinó a protegerse de la lluvia de balas. Se dio
vuelta y se encaminó para reingresar al canto-bar de su mamá. Apenas pudo dar un paso. Un balazo
que le atravesó la espalda lo desplomó al suelo. El sargento Velázquez, que había presenciado la
escena, sacó entonces su arma reglamentaria y abrió fuego contra el agresor. Le disparó dos balazos
cuando corría hacia calle Sarmiento.
Ninguno de los proyectiles hizo blanco en el cuerpo del atacante. El muchacho
trepó a una moto de color blanco guiada por otro hombre y se esfumó en dirección al sur. En ese
momento, el suboficial se topó con una patrulla de la comisaría 3ª y salieron tras los pasos del
atacante, pero no lo encontraron.
El final. Después regresó al boliche y vio a Matías tirado en el suelo. Más
tarde, una ambulancia del Sies trasladó al pibe al Heca. En el centro asistencial los médicos lo
operaron a raíz de que el balazo le había perforado la aorta abdominal, la principal arteria del
ser humano.
El muchacho quedó internado en la sala de terapia intensiva pero su vida se
apagó cerca de las 16.30 de ayer. En ese momento, los numerosos amigos que habían acudido al Heca
estallaron en llanto. En el primer piso, en la sala de terapia intensiva, sus familiares se
abrazaban con los ojos inundados de lágrimas. Y afuera, algunos de los pibes tenían la mirada
clavada en el primer piso y parecían no entender la absurda muerte de Matías.
Silencio
Ayer a la tarde, tras conocerse el deceso de Matías
Vaudagna, sólo una de sus amigas pudo quebrar el silencio frente a este diario. Y fue para
confirmar que el muchacho “recibió un balazo” mortal. Después se disculpó y se sumó al
abrazo desesperado junto a los otros jóvenes que la acompañaban.