Incluso en Rosario, donde los asesinatos a menudo ya no causan asombro, el doble homicidio de Ana María Martínez y Juan Ramón Flores fue un golpe en las rodillas para los vecinos de Spiro al 300 bis, pleno “Villa Manuelita”, uno de los pocos barrios nacidos de la miseria que ganaron su identidad al punto que nadie le diría “asentamiento”. Uriburu, Grandoli, bulevar Seguí, bajo Ayolas y Circunvalación, una suma de pasillos cruzados y laberínticos en los que se combinan casas antiguas, de material, chapa y también abarca territorios más nuevos como “Ciudad Perdida” y parte del “Bajo Ayolas”. El viernes 19 de enero a las 12.35 en una casa de material y dentro de una pasillo de pasaje Spiro, el hijo de 11 años de Ana María Martínez la encontró muerta al lado de su pareja, Juan Ramón Flores. La mujer de 42 años estaba tirada al lado de la cama muy golpeada, con signos de ahorcamiento y un balazo en la cabeza. A su lado estaba Juan Ramón, de 49, golpeado hasta decir basta y con otro tiro en el cráneo. “La mataron por que era mujer y para que Flores hablara y les dijera dónde estaba la plata”. La plata, según cuentan, era un botín que Flores habría guardado en la casa. La vida de Flores no fue sencilla, tampoco la de Ana.
Barrio con historias
Ana, una mujer nacida y criada en el barrio, una más entre todas, tuvo cinco hijos: tres de un mismo hombre y dos de otra relación. Con Juan se conocieron en la adolescencia.
Toda persona ajena al barrio ya despierta inquietud entre los chicos que se juntan en las esquinas. Los días en la villa también los comparten obreros, changarines, empleadas de limpieza y chicos y chicas que a gatas pueden ir a la secundaria.
Aunque en pasaje Spiro el silencio equivale a perdurar en salud y tranquilidad, al preguntar por Ana a varios vecinos se pudo rearmar los pasos de una vida por esas calles donde sus habitantes se conocen y se saludan cada mañana. “De chicos se gustaban, ella siempre lo tenía en al cabeza. Salían, se peleaban. El cayó preso dos o tres veces, siempre por robos y ella largaba a cualquier pareja que tuviera cada vez que él estaba afuera”, contó un amiga.
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Se respira historia en Manuelita. El día del golpe de estado del 16 de setiembre de 1955 en que derrocaron a Juan Domingo Perón ocurrió un hecho que aún queda en la vieja memoria. En el tanque de agua de Grandoli al 4000, empleadas y obreros del frigorífico Swift, portuarios y ferroviarios izaron una leyenda: “Todos los países reconocen a Lonardi (en alusión al presidente de facto). Villa Manuelita no lo reconoce”. El 24 de ese mes los militares coparon la villa y las mujeres del barrio los espantaron marchando contra los tanques con banderas, escobas y las tetas descubiertas.
Esos tiempos pasaron, la villa es ahora un lugar de violencia en la que los vecinos temen, pero igualmente no dejan de tomar mates en la puerta de sus casas o en los costados de los pasillos rodeados por árboles añosos y sombras que pasadas la media tarde ocultan a vendedores de drogas, el barrio sabe quiénes son y quiénes los protegen.
Entre esas idas y venidas del amor Juan formó pareja con otra vecina del barrio y fue padre de mellizas, pero la joven falleció de cáncer. En el medio el muchacho pasó una temporada en la cárcel de Coronda y en otras penitenciarías. Ana fue a verlo alguna vez. En esos tiempos ella iba a los comedores del barrio a solicitar comida para ella y sus hijos de 11, 13 y 15 años. Los más grandes tienen 20 y 18 años y “se las rebuscan”, como contó un vecino del pasillo. Por otro lado , el padre de Ana también está preso por distintos hechos.
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“Ana era una buena mujer, nunca estuvo presa ni nada. Era una mujer muy limpia. Los chicos siempre estaban arregladitos. Ella si tenía compartía con los vecinos, a veces en el barrio sabemos que alguien no tiene para comer, no es como en otros barrios. Ella tenía una buena relación con un hijo que no vivía con ella y de los más chicos cobraba algún plan. Los criaba”, develó otro vecino, y recordó que la madre de Ana se ahorcó cuando ella tenía unos 20 años.
Esa noche
El crimen de Ana no será parte de las listas de homicidios en contexto narco. La causa, según vecinos, fue otra. “Ella siempre estuvo metida con Juan. Él salió de la cárcel hace un tiempo, pero no se rescató. Parece que tenía una plata en su casa, algunos dicen que 2 millones. Esa madrugada se escucharon unos tiros, parece que eran cinco hombres que rompieron un tejido del patio y entraron a robarles", contó otro vecino.
"La gente —añadió— tuvo que escuchar, los golpearon mucho, a él más que a ella. Y a ella parece que le pegaron para que él les dijera dónde estaba la plata. En el barrio roban mucho pero no sabemos si eran choros comunes o algún conocido de Juan. Ella ligó porque era la mujer de Juan, si hubiese sido un hombre por ahí lo mataban para que no hablara y listo, sin pegarle tanto. La bronca era con él”, contó otro vecino.
Días después hubo un asesinato en la zona del Mangrullo, a pocas cuadras de la villa, y entre los pasillos dicen que esa muerte tuvo que ver con el doble homicidio de Ana y Juan.
Si, como dicen algunos, en los últimos segundos de vida una persona recuerda su paso por este planeta, Ana habrá visto ante sus ojos y entre gritos y sangre las imágenes de sus días y la síntesis posible: golpes, lucha, resistencia, amor y un final inesperado. El caso está en investigación, la familia de Ana y sus hijos aguardan las respuestas.