Policiales

Docena de tiros y toma de rehenes en una clínica de bulevar Oroño

Fue una mañana de perros la de ayer para Ricardo Albertengo, un preso de 41 años con dos décadas de condena por un homicidio. A las 10 ingresó a una clínica de cirugía estética de bulevar Oroño al 700, fingiendo ser un paciente, para iniciar un robo. Encañonó a la empleada de recepción y cuando ya tenía el botín en su bolsillo, unos 5 mil dólares, arribó la policía. Eso hizo que la situación de robo calificado derivara a la toma de rehenes.

Miércoles 21 de Octubre de 2009

Fue una mañana de perros la de ayer para Ricardo Albertengo, un preso de 41 años con dos décadas de condena por un homicidio. A las 10 ingresó a una clínica de cirugía estética de bulevar Oroño al 700, fingiendo ser un paciente, para iniciar un robo. Encañonó a la empleada de recepción y cuando ya tenía el botín en su bolsillo, unos 5 mil dólares, arribó la policía. Eso hizo que la situación de robo calificado derivara a la toma de rehenes. El punto culminante del drama se produjo al estallar una feroz balacera entre los vigilantes y el hampón en el hall de la clínica. Hubo entre 12 y 15 disparos. Algunas balas se fragmentaron y se contaron 17 esquirlas.

  Dentro de la clínica de cirugía plástica A&E, de los médicos Fernando Soraires y Alejandro Arredondo, durante casi una hora y media Ricardo Albertengo llegó a retener a ocho personas a punta de pistola calibre 9 milímetros. Ante la sospecha de que el delincuente tuviera un cómplice, decenas de uniformados peinaron la manzana. No hallaron a nadie. Sobre Oroño, en las afueras de la clínica, unas 200 personas hicieron guardia, muchos de ellos sacando fotos con sus celulares, hasta que el maleante fue cargado en una furgón del Servicio Penitenciario provincial.

 Como el cine.

 "Tarde de perros" es la película que ningún delincuente quiere protagonizar. En ese filme de 1975, con Al Pacino en el rol principal, una banda de delincuentes de poca monta decide robar un banco. Pero su impericia convirtió el golpe en una odisea para los maleantes y un manjar para la televisión en vivo. Pese a su celebridad pasada por protagonizar un hecho casi calcado al de ayer —aunque esa vez con el saldo de un muerto (ver página 30)— pocos sabían de la existencia de Albertengo hasta ayer a las 10 de la mañana, cuando su apellido comenzó a resonar en Oroño 721.

  Preso desde febrero de 1994 por un homicidio calificado por privación ilegítima de la libertad, abuso de arma y resistencia a la autoridad —circunstancias similares a las de ayer excepto por el crimen—, había sido condenado en mayo de 1996 a prisión perpetua por el juez de Sentencia 2, Antonio Ramos. Tenía 28 años y media docena de causas en su prontuario. Purgó buena parte de su pena en la cárcel de Riccheri y Zeballos tras una conmutación que la redujo a 19 años y dos meses. A partir de 2004 accedió al beneficio de las salidas legales. Y en 2007 comenzó a tener salidas laborales, de 8 a 20 horas, para trabajar en un gimnasio. A Albertengo le tocó ayer en la vida real ser el Al Pacino del filme.

  Docentes y empleados de la ex metalúrgica Mahle se concentraron ayer en la plaza San Martín, a dos cuadras de la clínica. Eso motivó por la mañana un importante operativo policial a poco más de 200 metros de donde Albertengo entró a robar pasadas las 10.

  A&E se emplaza en una señorial casona reformada del bulevar. Cuenta con dos quirófanos, ambos en planta alta, varias consultorios y oficinas.

  A la hora que ocurrió el robo, en la clínica estaba culminando una liposucción a una paciente de 64 años. "El delincuente se hizo pasar por un paciente. Pidió turno para una cirugía facial", explicó ayer el médico Fernando Soraires. "Entró y pidió por la bioquímica. Cuando la mujer llegó, sacó el arma y le pidió la plata a la recepcionista", confió un allegado a los empleados. Fuentes consultadas indicaron que se hizo con unos 5 mil dólares.

  Eso fue lo último que le salió bien. Uno de los médicos que terminaba con la cirugía en la planta alta escuchó lo que sucedía y llamó al 911. A varias patrullas de Comando Radioeléctrico, Patrulla Urbana y Motorizada que estaban en la plaza San Martín les tomó dos minutos llegar al sanatorio.

  "El personal ingresó y ahí se produjo un intercambio de disparos con el delincuente", indicó un vocero consultado. "No lamentamos ni muertos ni heridos por milagro", evaluó. Los balazos de produjeron en el hall de ingreso a la clínica, de unos 4 por 4 metros, al lado de la escalera que conduce a la planta alta. Ahí se podían contabilizar más de media docena de impactos de 9 milímetros que continuaban por un pasillo. "Cuando bajé me encontré con este hombre. Pensé que era un policía y le dije: «Se metió un choro». Y me gatilló dos veces el arma pero la bala no salió. Antes ya le había disparado a mi padre", relató el médico Soraires.

  Al finalizar de ese pasillo, tras pasar al lado del ascensor, Albertengo se refugió en una sala de espera, contigua a un patio interno con ocho rehenes, entre empleados y acompañantes de pacientes. Quedó cercado. Ahí David Sánchez, un médico residente de 36 años, se ofreció a Albertengo como prenda para un cambio de rehenes: "Dejá a la chica que está embarazada y agarrame a mí", le propuso (Ver debajo). Ahí comenzó una negociación que primero encabezó el comisario Sergio Vergara, de la seccional 2ª, y a la que luego se sumaron otros oficiales y la fiscal Lucía Araoz. Albertengo pidió garantías y que lo retiraran en un móvil del Servicio Penitenciario provincial. Lo llevaron de vuelta a la cárcel de Riccheri y Zeballos.

  Mientras tanto, fuera de la clínica, el tránsito fue cortado por Oroño entre Córdoba y Santa Fe en la vereda de los impares y decenas de efectivos registraron edificios y casas en la manzana buscando un cómplice. Hipótesis que con el correr de las horas se diluyó. Poco antes del arranque de los noticieros del mediodía, Albertengo salió de la clínica con su cabeza cubierta y sus manos esposadas. Los rehenes volvieron a recobrar su calma fracturada. El detenido quedó a disposición del magistrado de ejecución penal que rige sobre su condena y del juez de Instrucción Juan José Pazos.

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