Hay veces que en el fútbol los misterios se tornan pequeños. La tarde que Central se aprestaba a vivir en el Gigante contenía una carga emocional importante, donde el resultado iba a jugar un papel preponderante. Si era triunfo, la alegría inexorablemente se abriría camino, pero en cualquier otro escenario algunas cosas podían complicarse. Y Central se paró frente a ese cuadro de situación e hizo lo que el manual indicaba, lo que debía llevar a la práctica para que los nubarrones que sobrevolaron estas últimas semanas no desembocaran en una tempestad. Central ganó, lo hizo con suficiencia y sin dejar dudas. Con algunas dubitaciones en el medio, que lejos estuvieron de tomar trascendencia. Y con todo ello el alejamiento de cualquier tipo de tormenta que, se intuía, podía llevarse puesto al Kily González. Mérito para el equipo y para un entrenador en todo momento, incluso desde el primer minuto, pidió calma en un partido bravo, que resolvió de manera favorable con una actuación fenomenal de Emiliano Vecchio.
Podrá hacerse mención de la liviandad futbolística de este Atlético Tucumán y que en base a ello Central tejió un triunfo relativamente sencillo, pero para el momento que vivía el canalla no había absolutamente nada de lo que pudiera confiarse. Porque Central llegó a este partido con sus propios problemas, que no eran pocos, pero también con una altísima cuota de exigencia.
Esa sentencia que podía marcar el resultado no es cuento. Porque, como suele decirse, “cuando el río suena, agua trae”. La inestabilidad que cargaba sobre sus hombros el ciclo del Kily González estaba establecida, por más que nadie quisiera ponerle las palabras justas. Hay que recordar el apoyo incondicional que el 9, referente y máximo ídolo, Marco Ruben, le brindó al entrenador durante la semana. Es que ese manto protector no fue porque sí, sino que se dio porque lo que se olía en el ambiente era desencanto, algo de bronca y un dejo de pérdida de confianza. Por eso el valor inmenso del triunfo.
Ahora, con el resultado puesto, todo entra en el marco de las especulaciones, del qué podría haber pasado si la cosa no funcionaba. Pero no por ello hay que desentenderse de ese ambiente nocivo de la previa.
Un par de horas antes del partido se escucharon voces en off que dieron cuenta de que del lado de la dirigencia no había ánimos de tomar ninguna decisión drástica y que para que se diera un fin de ciclo todo iba a depender de lo que dijera el propio Kily González.
¿Qué paso en los 90 minutos dentro del campo de juego? Un respaldo absoluto de parte del equipo y una clara intención de que las cosas pueden salir bien o mal, pero que el compromiso de parte de los futbolistas está. En ese punto se puede apoyar el Kily para sentir que hay viabilidad en el proceso.
En condiciones normales, en un marco de calma absoluta, el Kily hubiese explotado en el gol de Ojeda, pero no, se mantuvo quieto, contenido, masticando su alegría sin exteriorizarla y dejando que la procesión vaya por dentro. Apenas si respondió al abrazo que su colaborador De Alberto fue a darle al borde del campo. El técnico entendía que había algo importante en juego y seguramente por ello lo fue viviendo de esa manera.
Cómo habrá sido la alineación de los planetas en este partido que Vecchio fue la gran figura. ¿Y por qué se hace mención a ello? Porque esa tormenta que el equipo comenzó a vivir se inició justo en aquel partido ante Racing, que fue victoria, en el episodio de la sustitución que el jugador intentó frenar y no pudo.
Es que después de eso llegó la ausencia del 10 y dos de los peores partidos de Central en el torneo. Dos derrotas que armaron una tormenta que podía desatarse en cualquier momento si el equipo no mostraba una rápida reacción. Pero la respuesta llegó.
Imposible no meter en el análisis que Central dio un paso importante en esto de mantener la ilusión de Copa Sudamericana, pero esa es otra parte de la historia. Porque el guión que se escribía ahora podía ser de impacto directo y tener consecuencias inmediatas. De allí que lo que se logró no sólo no fue poco, sino más bien demasiado. Central veía que el frente de tormenta estaba ahí, frente a sus narices, pero la piloteó bien y lo esquivó.