Opinión

Rosario y los ingleses

En 1868, un pastor misionero de apellido Coombe llegó a Rosario desde Inglaterra con el objetivo de establecer un asiento de la Iglesia Anglicana para la colectividad británica de la ciudad, que crecía gracias a la consolidación de la compañía inglesa propietaria del Ferrocarril Central.

Viernes 23 de Noviembre de 2018

En 1868, un pastor misionero de apellido Coombe llegó a Rosario desde Inglaterra con el objetivo de establecer un asiento de la Iglesia Anglicana para la colectividad británica de la ciudad, que crecía gracias a la consolidación de la compañía inglesa propietaria del Ferrocarril Central. Junto con su humilde parroquia, el pastor organizó una modesta escuela que comenzó con apenas un curso dominical. Hoy, esa institución subsiste como el Colegio San Bartolomé de Rosario y este año festeja su 150 aniversario de existencia.


Los rosarinos lo conocen como el Colegio Inglés, porque esa fue su denominación oficial durante gran parte del siglo pasado. En su larga trayectoria, el colegio escribió varias líneas en la historia de la ciudad. El club Newell's Old Boys, como para mencionar un caso emblemático, lleva ese nombre en honor a Isaac Newell, el tercer director del colegio. También es sabido que el otro cuadro de la ciudad nació en el seno de aquellas familias británicas que se instalaron en Rosario, en la segunda mitad del siglo XIX, para emplearse en el ferrocarril. Ciertos trabajadores ferroviarios organizaron un club para jugar al fútbol y, además, crearon un colegio para sus hijos, Talleres School, que luego se fusionó con el San Bartolomé. El club se llamó, en un primer momento, Central Argentine Railway Athletic Club, hasta que años más tarde tomó el nombre de Club Atlético Rosario Central, a pesar de que hoy algunos hinchas renieguen de su origen inglés.

En el sinuoso camino que transitó el San Bartolomé para convertirse en la institución que es hoy, no faltaron tiempos oscuros en los que su supervivencia fue puesta en jaque. Como cuando estalló el conflicto por Malvinas. En 1982, cuando comenzó la ofensiva militar, el Colegio Inglés quedó en el ojo de la tormenta y las autoridades tuvieron que dejar en claro en qué bando de la contienda estaban. El riesgo era altísimo: si se lo catalogaba como una organización alineada a la nación enemiga, corría peligro de ser clausurado y que sus bienes fueran confiscados. Para apaciguar los ánimos y demostrar su lealtad, el colegio tuvo que efectuar varias donaciones millonarias al "Fondo Patriótico Malvinas" y organizar colectas para los soldados que eran enviados al frente de batalla.

El desenlace de la historia es conocido. La guerra echó por tierra años de negociaciones diplomáticas con las que el país avanzaba para recuperar su soberanía sobre las islas. La derrota bélica aceleró la salida del gobierno de facto y precipitó el fin a uno de los períodos más siniestros de la historia argentina. Del otro lado del océano, Thatcher se anotó un triunfo fundamental para revivir su imagen pública, lo que le posibilitó ser reelegida como primera ministra.

Pienso en eso mientras Nicolás, un sanjuanino que vino a Rosario a licenciarse en Relaciones Internacionales y de paso ejercitarse en el arduo oficio del desarraigo, me cuenta la polémica en la que desde hace unas semanas se ve involucrado. El caso es que participó en un concurso para viajar a Malvinas a realizar un intercambio cultural con los pobladores de las islas, una convocatoria del gobierno británico que normalmente abría para ciudadanos de otros países latinoamericanos pero este año, en un inédito gesto de acercamiento, permitió la participación de argentinos, y Nicolás fue seleccionado como único representante nacional. El escándalo no tardó en hacerse oír. Voces de todo el país lo acusaron poco menos que de traidor a la patria. Centros de estudiantes como el de la UBA, legisladores nacionales y organizaciones sociales manifestaron su repudio a la actividad, como si la excursión de una semana fuera una resignación a la pretensión argentina por la soberanía de las islas.

Más allá del despojo territorial, es indudable que otras secuelas del conflicto por Malvinas aún persisten, al punto de que muchos argentinos todavía se entregan irreflexivamente a un odio que brota de su magullado orgullo nacional. No faltan quienes profesan una fatigada enemistad hacia los ingleses, por invasores, o a los chilenos, por traidores, como si todos ellos no hubieran padecido en su medida la irracionalidad de sus gobernantes, como si los ciudadanos de hoy adhiriesen a las decisiones de Pinochet, como si por acá nos sintiéramos genuinamente representados por la brutalidad de Galtieri y compañía, como si esos antecedentes describieran una imposible identidad colectiva, más que una vergonzosa cicatriz compartida.

No hay razones para abandonarnos a la tiranía del nacionalismo cuando el mundo de hoy nos da sobrados ejemplos de la nocividad de esas ideas; de allí surgen el racismo, el chovinismo, la xenofobia, el etnocentrismo cultural e intelectual. Esto no significa aborrecer un sano sentimiento patriótico, ni ultrajar la memoria de los excombatientes, pero sí rechazar la ideología arcaica que responde a lo que Popper identificaba como "la llamada de la tribu", ese instinto primitivo que nos lleva a despreciar a lo foráneo en una pretendida defensa de nuestra comunidad, creyéndola superior y amenazada por las demás.

Alguien que vive a miles de kilómetros, Atlántico de por medio, puede sernos más afín que el vecino con quien compartimos medianera. Haber nacido de un lado o del otro de la cordillera de Los Andes o del Río de la Plata no es un desvalor o una virtud, sino una mera circunstancia del azar, que de ninguna manera nos predestina a vivir enemistados. No caben dudas de que si los héroes del pasado fueron los que lucharon para definir los límites territoriales de las naciones, los del mañana serán aquellos que contribuyan a repensarlos y abrirlos, a derribar muros, los que consigan difuminar las fronteras hasta que no representen mucho más que una línea de puntos impresa en un mapa político, tamaño oficio, comprado en el kiosco frente al colegio, a las 7.40, cinco minutos antes de que suene el timbre para entrar a clases.

La digresión venía a cuenta del 150 aniversario de la fundación de Colegio San Bartolomé. Toda su comunidad educativa lo celebra, y el deseo compartido es que sean muchos años más.

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