Una noche, mientras cumplía funciones como gobernador de la provincia, Hermes Binner llegó a un auditorio donde transcurría, en Rosario, un acto más de los que los funcionarios deben obligadamente asistir. Estaba algo desalineado, hacía mucho calor y el acondicionador de aire no daba abasto. Le habían reservado un asiento en la primera fila, adonde recaló apresurado porque la actividad ya había comenzado. Eran más de las 21.30 de un día de semana y había viajado directamente desde la ciudad de Santa Fe. Prácticamente, Binner se “arrojó” sobre la butaca y se derrumbó no sin antes suspirar profundo. Se lo notaba agotado y con un rostro adusto. Solamente por curiosidad, le pregunté a qué hora se había levantado ese día: “A las 6 de la mañana”, me respondió con un gesto de resignación. No hubo necesidad de que me explicara nada más.
Unos años antes, en una gira comercial de la provincia por Moscú y San Petersburgo, observé cómo el entonces gobernador Jorge Obeid manejaba sus tiempos personales y el de toda la comitiva de empresarios y periodistas que lo acompañaron. Su carga laboral y la de los funcionarios que lo asistían eran inmensas y ni siquiera el primer día pudo ser más liviano pese al “jet lag” que significaban las siete horas de diferencia con esa región de Rusia. En la primera noche reunió a todos en la dacha que la embajada argentina tiene en las afueras de Moscú (regalo de Stalin a Perón en 1953) con la excusa de un brindis de bienvenida, pero en realidad fue más una sesión preparatoria de la ardua tarea que vendría en los próximos diez días. Además del trabajo, Obeid era inflexible con sus gastos personales, que pagaba con fondos propios y distintos a los protocolares. Un tiempo antes de ese viaje había cumplido su promesa de campaña de derogar la ley de lemas, un sistema electoral distorsivo que le había permitido al peronismo mantenerse en el poder pese a que su candidato no había sido el más votado. El propio Binner lo había elogiado por esa actitud, que obviamente causó rechazo en el peronismo porque permitió al socialismo ganar por primera vez las elecciones a la Gobernación.
Estas dos experiencias, aunque mínimas e insuficientes, permiten tener algo de claridad sobre qué motivaciones impulsan a un político a sortear adversidades, maltratar su físico y salud y exponerse ante la sociedad, que a veces puede resultar impiadosa. En los casos de Binner y Obeid la función pública tenía un solo objetivo: servir a los ciudadanos y tratar de mejorar su calidad de vida. Seguramente con aciertos y también errores ambos pusieron en práctica esos objetivos por encima de sus ambiciones personales o de sectores políticos en un marco de austeridad que caracterizó sus gestiones.
Hoy, a pocos días del inicio oficial de la campaña electoral para las elecciones del 12 de septiembre, resurgen los interrogantes de por qué a tantos argentinos de todas las provincias les interesa postularse como candidatos en los distintos niveles, sean legislativos o ejecutivos.
Las Primarias Abiertas, Simultáneas y Obligatorias (Paso) permiten la variedad de expresiones políticas dentro de una misma fuerza, por lo que el número de candidatos es elevado, aunque muy inferior a la derogada ley de lemas en Santa Fe.
Una pregunta muy recurrente a la hora de votar es cómo determinar las verdaderas intenciones de los candidatos y más aún en estos comicios donde se presentan algunos que hace años no viven en la provincia, pero se aprovechan de su lugar de nacimiento para poder tener un lugar en las listas, llegar al Congreso de la Nación y seguir su vida en Buenos Aires como hasta ahora.
La necesidad de los partidos políticos de contar con figuras de impacto mediático para sumar votos habla muy mal en primer lugar de la política tradicional y en segundo orden de los propios votantes que, hay que recordar, casi ungen al cómico Miguel Del Sel como gobernador de la provincia.
¿Qué motiva a una persona a luchar por una banca o un cargo ejecutivo? Si se piensa bien, la mayoría lo hace por vocación de servicio en favor de los ciudadanos. Si se piensa mal, sólo para alimentar el narcisismo y el ego. Y si se piensa peor, para beneficio económico propio, de sus familiares y amigos en no sólo una espiral de nepotismo sino habitualmente también en la transgresión de la ley.
Ser candidato, una vez ungido si se obtienen los votos necesarios, en un lugar legislativo o ejecutivo tiene una carga de responsabilidad mayúscula que a veces puede convertirse en un peso de por vida, sobre todo en la Argentina. Casi siempre el desgaste de la función pública en una sociedad tan dividida como la de este país implica que, al menos, la mitad de la población, con razón o sin ella, repudiará lo actuado por el funcionario o legislador saliente. Entonces, al esfuerzo de la propia gestión, la exposición ante la opinión pública y el trajín incesante a los que obliga el cargo se le debe sumar la posibilidad de que su nombre sea vapuleado y que, además, lo sufran sus hijos y parientes.
Hace varios años, Javier Marías, escritor y miembro de la Real Academia Española publicó un interesante artículo para el diario El País, de Madrid, sobre los políticos españoles: “Nuestros políticos –explicaba– gozan de muy mala fama desde hace mucho. Tan mala que lo que cabe preguntarse es por qué quieren serlo. No tienen las simpatías ni la admiración de nadie –quitando a los militantes ciegos de cada partido–; se los culpa de todos los males; reciben insultos constantes de sus rivales y últimamente también de la ciudadanía; se los acusa de ladrones y corruptos con excesiva frecuencia; se los percibe como a individuos vagos o incompetentes o malvados, cuando no como a puros idiotas; se les reprocha procurar su propio beneficio o el de sus partidos y casi nunca el de sus gobernados; cada vez más se los considera títeres del poder económico. Trae tan poca cuenta y tantos sinsabores ser hoy político que uno no entiende cómo es que hay tantos aspirantes a hacer de muñeco de las bofetadas”.
¿Cómo se explica que alguien en España, la Argentina u otra parte quiera arriesgarse a someterse a tamaña desdicha?
En otro párrafo del artículo, Marías destacaba, sin embargo, a los individuos con “verdadera vocación política, con espíritu de servicio, buena fe y ganas de ser útiles al conjunto de la población y de mejorarle las condiciones de vida, de libertad y de justicia”.
De eso se trata, y seguramente son mayoría, porque sólo con la política y buenos dirigentes se producen las transformaciones que necesita la sociedad.