Opinión

La igualdad en tiempos de pandemias

La pandemia es "democrática", puede atacar a todos, ricos y pobres, ocupados y desocupados, mujeres y hombres, jóvenes y viejos, poblaciones de países opulentos y sumergidos. Por eso es tan peligrosa: nadie está exento de caer en sus redes. Todos somos igualmente vulnerables.

Jueves 09 de Abril de 2020

La pandemia es "democrática", puede atacar a todos, ricos y pobres, ocupados y desocupados, mujeres y hombres, jóvenes y viejos, poblaciones de países opulentos y sumergidos. Por eso es tan peligrosa: nadie está exento de caer en sus redes. Todos somos igualmente vulnerables.

El aislamiento es otra cosa. Allí no somos tan iguales. No es lo mismo ser banquero que jubilado, empresario que empleado, propietario que inquilino; tener un dúplex o no tener donde dormir; molestarte porque aumenta la cuota del colegio privado que no tener para comer. Incluso la noble y necesaria consigna "quedate en casa" no tiene el mismo sentido para unos que para otros, no sólo porque muchos no tienen casa sino porque quedarse en casa significa no poder trabajar y, por ende, no poder alimentarse.

La Covid-19 y el aislamiento, han exacerbado las desigualdades existentes en la sociedad y patentizan un orden social injusto a nivel global.

Pese a ello, las leyes nos dicen que somos todos libres e iguales, pero ese discurso, lo saben los desventajados, disimula la efectiva desigualdad.

Y aquí aparecen las divergencias. Es decir, ¿cuál es la actitud frente a la desigualdad? Hay quienes niegan o minimizan las desigualdades y tratan de esconder el verdadero sentido de las relaciones que las producen. Otros, tratan de exponerlas, de criticarlas e instalar el lugar para el reclamo por la igualdad y la justicia.

Algunos "confunden" lo que pertenece al orden natural y al orden social. El color de la piel, la estatura, nos hace inicialmente diferentes. Y en todo caso son diferencias de orden natural. Pero la pobreza y la indigencia son desigualdades sociales. Iguales salarios o igual indigencia pertenecen al orden político y social, a la estructura económica.

Pretenden hacernos creer que las desigualdades son "congénitas", inexorables. La infame frase con intenciones justificatorias, "pobres ha habido siempre", responde a esa lógica: una irritante despreocupación por la desigualad como si la pobreza fuese un cuestión "natural", irremediable. Más aún, esta actitud pretende ocultar las verdaderas causas de la desigualdad.

Que haya muchos pobres o menos pobres no es un designio maligno de la naturaleza, es una cuestión del sistema económico y político (injusto), que es posible remediar, mitigar, eliminar.

Por eso el viejo maestro Norberto Bobbio, a mediados de los 90 del siglo pasado, desafía la partida de defunción dispuesta desde los poderes ideológicos dominantes, de la díada "izquierda-derecha". Decía: "Aquellos que se declaran de izquierda dan mayor importancia en su conducta moral y en su iniciativa política a lo que convierte a los hombres en iguales o a las formas de atenuar y reducir los factores de desigualdad; los que se declaran de derechas están convencidos de que las desigualdades son un dato ineliminable y que al fin y al cabo, ni siquiera deben desear su eliminación".

Si prefieren, excluir esta "odiosa" y "caduca" distinción así calificada por el mundo posmoderno, convendrán por lo menos con George Orwell, que algunas personas "son más iguales que otras".

Por si hacía falta, un virus ha venido a demostrarlo.

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