El martes próximo se sabrá quién será el presidente Nº 46 de los Estados Unidos, resultado que no será indiferente para el propio pueblo americano ni para la Argentina y el resto del mundo. Eso se percibió claramente en los dos debates que Joe Biden y Donald Trump mantuvieron durante la campaña electoral.
Más allá de los insultos y acusaciones cruzadas hubo un dato significativo en el primero: Trump, como muchos republicanos de su partido, eludió repudiar a grupos supremacistas blancos, como los “Proud Boys” (chicos orgullosos), creado en 2016, que glorifican el racismo, la xenofobia y otras barbaridades neofascistas. Ni siquiera después de haber sido criticado por toda la prensa mundial por esa falta de definición política, Trump retrocedió sobre sus pasos. Si es reelegido sentirá que tiene el poder político necesario para que los supermillonarios de su país acumulen más riquezas, profundizará la guerra comercial con China -que impacta en las relaciones de intercambio de todos los países del mundo-, y mantendrá a toda costa el liderazgo de superpotencia económica y militar de los Estados Unidos. En el segundo debate, Trump no supo responder cómo haría para que los 500 chicos en la frontera sur que quedaron varados al ser separados de sus padres puedan volver a unirse con sus familias.
Las mejores chances electorales de ganar las tiene Biden, según las encuestas, aunque son tan dudosas como las argentinas. El candidato demócrata exhibe cansancio y eso le juega en contra. Seguramente los 78 años que cumplirá el mes próximo le pasan factura en una campaña electoral desgastante. No es que Trump sea mucho menor, tiene 74 años, pero aparece ante las cámaras más entero físicamente y hasta bronceado. El primer debate que mantuvieron fue moderado por el periodista Christopher Wallace, de 73 años. Es decir, los tres superaban las siete décadas.
Biden, como los demócratas, tiene una mirada distinta a la rancia ultraderecha norteamericana en cuestiones de política interior e internacional que promete un soplo de aire puro para la pospandemia y la recuperación económica global. Además, lleva como compañera de fórmula -y dado su edad no es un dato menor- a un verdadero cuadro político, Kamala Harris, de 55 años, y primera candidata negra y de ascendencia asiática a la vicepresidencia del país. Harris es senadora por California y fue fiscal general de ese Estado. Biden la presentó como quien les puso freno a los grandes bancos y protegió a trabajadores y a mujeres y niños de abusos.
Si Biden gana las elecciones, eso no significa que cambiará radicalmente la política y economía de los Estados Unidos, manejadas más por las corporaciones y Wall Street que por los presidentes. Sin embargo, hay marcadas diferencias con los republicanos, como lo demostró la administración del ex presidente Barack Obama, que tuvo que enfrentar con subsidios y programas estatales la profunda crisis financiera del 2008, que impactó en la economía global. Sin embargo, no todo es color de rosa para los demócratas. Obama había ordenado durante su gobierno cerrar la cárcel de Guantánamo, en Cuba, casi un centro clandestino de detención, pero con pocos prisioneros aún permanece abierta. Obama dejó sus ocho años de presidencia con la cárcel abierta y Trump al asumir anuló la clausura de la prisión.
A la Argentina, el recambio presidencial en Estados Unidos la encuentra en un momento clave de renegociación de la deuda con el FMI. El organismo internacional le concedió en distintos tramos a la Argentina 57 mil millones de dólares, de los cuales alcanzó a recibir 44 mil millones.
El FMI parece haberse “humanizado” con su nueva directora gerente, la búlgara Kristalina Georgieva, que dejó atrás, al menos para el gran público, las políticas de su antecesora, la francesa Christine Lagarde. Pese a que teóricamente el FMI es una institución integrada por 190 países, la mano de Estados Unidos es decisiva para las votaciones en su directorio. Fue así que la Argentina recibió del FMI sumas inéditas que, sin embargo, no sirvieron para mucho porque esos dólares se utilizaron para pagar deuda, permitir la fuga de divisas y la bicicleta financiera, pese a que el propio FMI prohíbe utilizar su dinero para sostener el tipo de cambio y menos para que los argentinos los compren barato y se los lleven al exterior. A pesar de esa “lluvia” de dólares, sobre el final del gobierno anterior se tuvo que implementar el cepo cambiario, que aún permanece.
Ni demócratas ni republicanos beneficiarán a la Argentina con el aval en el FMI para un programa de renegociación a largo plazo sin pedirle nada a cambio. En política internacional los favores no existen, siempre hay intereses políticos o económicos. El FMI se promociona en su sitio online como un organismo que promueve la estabilidad financiera internacional, facilita el comercio, promueve el empleo y el crecimiento económico sostenible, y contribuye a reducir la pobreza en el mundo entero.
Estados Unidos es el país que mayor aporte monetario hace al FMI y el que controla sus decisiones, caso contrario no se explica el volumen de dinero prestado a la Argentina durante el gobierno de Trump. Dinero que no se ve que haya promovido el crecimiento económico del país y colaborado en reducir la pobreza. Ahora, el gobierno tiene que negociar y devolverlo a largo plazo, caso contrario los resultados serán opuestos a los postulados que persigue el FMI.
La Argentina está a merced de las decisiones que se tomen en Washington sobre su deuda, de la salida económica global de la recesión causada por la pandemia y de la pericia de los gobernantes en manejar este difícil escenario para que los costos de la crisis no la paguen los mismos de siempre, los sectores medios y bajos de la sociedad.