Opinión

Guaidó choca con los límites para enfrentar al régimen de Maduro

El "23F" dejó sabor amargo para el frente democrático, tanto dentro como fuera de Venezuela. El aparato represivo del chavismo se impuso.

Lunes 25 de Febrero de 2019

El "23F" dejó sabor amargo para el frente democrático, tanto dentro como fuera de Venezuela. El aparato represivo del chavismo se impuso. Es cierto: pagó un costo enorme de imagen. Sus parapoliciales quemaron delante de las cámaras del mundo entero camiones que llevaban alimentos a un país que sufre hambre. Pero, ¿no era descontado que iba a ocurrir esto? ¿La proclama de Guaidó para que los militares venezolanos ablandaran sus duros corazones y dejaran pasar decenas de camiones con alimentos fue una inocentada? No, desde ya. Guaidó y el equipo que lo acompaña conocen al detalle al generalato chavista, tan numeroso como bien retribuido por el régimen. Sabían que la imagen de los camiones atacados iba a ocurrir y el chavismo iba a pagar un precio de imagen. Pero apostaban al parecer a que algunos camiones pasarían y esto no ocurrió. Al final, la sensación fue que Guaidó había creado unas expectativas que no pudo cumplir ni de cerca.

Debe tenerse en cuenta que los generales chavistas están fidelizados por un incentivo mayor: manejan la estatizada economía venezolana, incluida la distribución de alimentos, precisamente. Y se afirma que son "narcogenerales", con un rol importante en el tráfico de la cocaína que llega desde los Andes. Demasiados incentivos como para cruzarse de vereda por una promesa de amnistía del por ahora virtual presidente interino. Las deserciones que se vieron el sábado son fundamentalmente de soldados conscriptos.

Nunca debe olvidarse que Venezuela no es una democracia: que Maduro, pese al desastre económico y social surgido bajo su presidencia, aún esté en el poder es la mejor demostración. Por muchísimo menos en una democracia real un presidente debe irse, como ha ocurrido en Argentina (De la Rúa), Perú (Kuczynski) y Brasil (Collor), entre otros casos.

Como sea, ante esta firmeza de la dictadura, Guaidó y los presidentes que lo apoyan deberán elegir: optar por la actual estrategia de acoso diplomático, con ocasionales movidas como el concierto del 22F y el intento de entrada de alimentos del 23, o bien cambiar de juego. Esto es lo que constantemente fogonea públicamente la administración de Donald Trump. Pero esto implicaría una acción militar, que además sería encabezada por EEUU, algo doblemente inadmisible para la opinión pública latinoamericana. Ni Europa ni América Latina la respaldarían, como ya han dicho con todas las letras los presidentes Duque y Bolsonaro, entre otros. Además, solo puede ser legítima si la aprueba el Consejo de Seguridad de la ONU, cosa que no va a ocurrir nunca, porque allí están los principales aliados del venezolano, Rusia y China. Maduro sabe de esta imposibilidad y juega con ella. A su vez, el riesgo de seguir con la actual estrategia es alto: la atención internacional decae muy rápido, de hecho ya lo está haciendo. Además, Maduro cuenta con el apoyo militante de medios no occidentales de creciente presencia global, como las agencias chinas y las rusas Sputnik y RT Today, que tienen el campo libre en Occidente mientras en China y Rusia los medios occidentales apenas pueden trabajar, bajo enormes restricciones.

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