Reflexiones

Crímenes de familia que son crímenes sociales

Cine y debate. A partir del filme de Sebastián Schindel, de reciente estreno en Cine.ar, la autora plantea avanzar hacia un nuevo parámetro cultural.

Miércoles 02 de Septiembre de 2020

La película “Crímenes de familia” ahonda en dos grandes temas: por un lado, la corrupción en la Justicia que beneficia a una familia acomodada y, por otro, pone en cuestión a las costumbres, creencias y a las formas de ser y hacer propias de ciertos sectores sociales.

El largometraje muestra el modelo patriarcal de una sociedad clasista y con una moral y una ética determinadas, que se amolda a la clase social a la que pertenece cada personaje. Una familia tipo, de clase media acomodada, con una figura paterna que abastece y aborda los problemas con dinero, aunque es consciente de que esa no es la forma de la solución de los mismos. En cuanto a la madre, representa a una figura sobreprotectora, quien lejos de aportar soluciones sostiene un malestar familiar a través de un enceguecimiento por el hijo ya adulto que no ha encontrado un trabajo que lo satisfaga, con emprendimientos fuera de la ley, y en relación con una joven, quien lo acusa de violencia de género; aunque la familia en cuestión cree que las acusaciones son artilugios de la chica. En la misma casa convive una joven, que realiza las tareas domésticas, con un hijo de 3 años, a quien consideran casi un nieto. Ella es acusada de un crimen.

En definitiva y, sin “spoilear” la película, se plantean dos juicios: en el primero, un joven de clase media, acompañado por una Justicia más “benevolente” que en el segundo, el de una pueblerina proveniente de un contexto vulnerable.

El filme vale la pena por donde se lo mire. Desde lo visual hasta el discurso más profundo. El diálogo en la cárcel entre la empleada doméstica con la psicóloga de turno, especialista en violencia de género, es el punto nodal a mi criterio. Poder poner en palabras, las pocas que podía expresar la mujer vulnerada, pero ayudada por la profesional, provocan el giro tan esperado e instan a que el espectador reaccione.

Quienes pasamos cierta edad hemos crecido en sociedades sumamente enquistadas y con costumbres machistas naturalizadas, donde la figura de la mujer era (y es) reducida a tareas que un hombre no haría o al menos no diría que lo hace.

Me permito una autorreferencia para ejemplificar lo antedicho. Hace unos 23 años, alguien llamó por teléfono a mi casa y mi hijo varón de 3 años cuando atendió le dijo que su papá no podría responder porque estaba lavando los platos, a lo que la persona le respondió: “Esa no es tarea de hombres”. El niño, con un padre deconstruido, le dijo: “En esta casa los hombres sí lavan los platos”

No alcanza con que el hombre haga las tareas domésticas ni con que la mujer ocupe lugares de poder, tampoco con salir a la calle y gritar: “Dejen de matarnos”, pero al menos es el puntapié inicial para mostrar la punta del iceberg.

Volviendo a la película, el gran salto cualitativo se da cuando una mujer de unos 60 años, con una mirada patriarcal enraizada, puede tomar conciencia de lo que le toca vivir y, además, dar un giro y ser empática con otras mujeres, más allá de su dolor personal. La sororidad, la hermandad y la red de apoyo que se refleja al final de la película dan cierta tranquilidad al momento que parecía que todo se enredaba todavía más.

Creo que es primordial abordar esta problemática para que los adultos de hoy podamos cambiar y para que niños, niñas y jóvenes crezcan en ambientes donde la igualdad sea el piso y no el objetivo a lograr. Sin embargo, aún queda mucho trabajo por hacer. Si bien la provincia reglamentó la ley Micaela, de capacitación obligatoria en género y violencia de género para todas las personas que se desempeñan en la función pública, en los tres poderes, y Rosario cuenta con una secretaría de género que lleva adelante una serie de políticas del tema en materia de salud, atención integral y capacitación y trabajo, en pos de garantizar los derechos de las mujeres y desarmar estereotipos, aún necesitamos desarticular discursos y prácticas sociales.

Planificar un nuevo parámetro cultural, que permita un nuevo contrato social, es plantear el desplazamiento de la violencia y sustituirla con este otro modelo que tenga un impacto efectivo sobre la realidad; es promover líneas de investigación para profundizar sobre la naturaleza, causas y consecuencias de la violencia y en nuevas propuestas de intervención que permitan avanzar en su erradicación. Estas líneas de trabajo, responsabilidad del Estado sin dudas, también necesitan de la toma de conciencia de la sociedad civil a fin de romper con una visión cristalizada en una sociedad que replica estereotipos definidos de antemano. Obviamente los medos de comunicación pueden hacer un gran trabajo al respecto. Asegurar la igualdad de género entre niños y niñas significa educar en las mismas oportunidades, los mismos derechos y deberes, desafío para continuar en la senda de los derechos humanos, con plena inserción en la sociedad en igualdad de condiciones entre hombres y mujeres.

Somos todos/as responsables de cambiar no sólo discursos, sino también formas de ser y hacer al interior de nuestras familias para que los crímenes no nos sucedan a nosotros ni a los otros.

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