Tuvieron un hijo, fabricaron sus juguetes y hoy los venden en todo el país
Con producción artesanal y un fuerte trabajo de comunicación, la marca Bamboo apuesta por juegos que estimulan la creatividad y la participación familiar.
Los dueños de Bamboo aprendieron el oficio de trabajar la madera para hacer sus propios juguetes.
Cuando Guadalupe Argüelles y Ezequiel Cantarini empezaron a pensar en un emprendimiento propio, el objetivo no era escalar rápido ni construir una marca con proyección nacional. La motivación era bastante más concreta y cotidiana: pasar más tiempo en casa con su hijo Dante y reducir la dependencia de horas extras en sus trabajos formales. Ella es docente de primaria; él, técnico en seguridad e higiene, y tiene el oficio de la carpintería como legado familiar. Ambos son oriundos de Pérez y, por eso, decidieron crear allí Bamboo, una marca de juguetes de madera que son furor en redes, ya lograron traspasar la frontera provincial e incluso llamaron la atención de instituciones educativas.
“Siempre que queríamos un poco más de plata, la única alternativa era trabajar más horas afuera de casa”, resume Argüelles y añade: “Y eso, con un hijo chico, se vuelve muy difícil de sostener”. La idea tomó forma a comienzos de 2025, luego de varios veranos en los que la pareja se repetía la misma pregunta: cómo generar un ingreso adicional sin resignar tiempo familiar. El disparador fue casi doméstico. Para el cumpleaños de Dante, decidieron fabricar algunos juguetes de madera. Ezequiel se ocupó del diseño y la producción; Guadalupe, de pensar el concepto. “Hicimos un Mickey y una Minnie de madera. Ahí nos dimos cuenta de que podía ser una posibilidad”, recuerda.
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El primer intento comercial llegó durante el fin de semana largo de Semana Santa. En apenas dos días fabricaron cinco juguetes y Guadalupe abrió una cuenta de Instagram para mostrar el proceso. Ninguno de esos productos se vendió. Pero algo sí funcionó: el relato. “El producto no tuvo salida, pero lo que transmitíamos en redes sí. En una semana ya teníamos 300 seguidores”, explica.
El crecimiento fue igual de rápido. En pocos meses, la cantidad de seguidores e interacción en redes no paró de crecer. Con apenas unos pocos días de trabajo ya se habían concretado las primeras ventas y apareció el primer margen positivo: “Para nosotros fue un shock. Pensábamos que íbamos a estar años hasta poder ver una ganancia”. En ese momento, decidieron invertir en equipamiento láser lo que les permitió mejorar procesos y ampliar posibilidades productivas. Así, montaron la tienda online y lograron un flujo sólido de unas 15 unidades artesanales entregadas al mes, con un pico todavía más alto en la previa a las fiestas.
No obstante, Guadalupe aclara: “Tenemos la convicción de que los juguetes sean accesibles. No apuntamos a un producto caro ni exclusivo. Preferimos ganar menos por unidad y que más familias puedan acceder a tenerlos”.
Una imagen real del emprendedor
En las redes sociales la estrategia de la pareja fue la de compartir el detrás de escena: el armado, los errores, las discusiones, el cansancio. “Mostramos lo bueno y lo malo. No una familia idealizada. Eso genera cercanía”, explica Argüelles. “Quizás alguien no nos compra, pero comparte el video, y de ahí llega otro cliente”, dice.
Esa exposición también abrió otras puertas. Escuelas y jardines se contactaron para proponer talleres y actividades. Uno de los casos fue el de la escuela Luján de Pérez, donde desarrollaron un juguete en conjunto para el Día de los Abuelos. Sin embargo, la agenda laboral de ambos limita esa expansión. “Todavía no vivimos de esto. Seguimos teniendo nuestros trabajos, en horarios distintos, y no nos da el tiempo para todo”, admite.
Actualmente, el catálogo de Bamboo abarca bloques de construcción, cocinas y juegos temáticos. Su último éxito es un kit de pesca con animales autóctonos, pensado no solo para jugar sino también para reconocer especies locales. “Queríamos que los juguetes tengan sentido de pertenencia. No peces genéricos de plástico, sino especies que se puedan encontrar en el río Paraná, en nuestra zona”, explica la emprendedora. También cuentan con paneles sensoriales para explorar distintas texturas, pizarras con letras y números, y sets de herramientas.
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La cocina de juguete, uno de los juguetes que más venden.
Foto gentileza Bamboo
En este sentido, Guadalupe explica la finalidad del artículo: “Nuestro objetivo no es competir con las pantallas, porque la realidad es que el que tiene que estar informado de que nuestro juguete va a estimular la creatividad e imaginación del niño es el papá o la mamá o quien lo acompañe en el juego. Cada juguete va a tener una consigna o regla para el niño, por ejemplo, no tirar los bloques, pero la idea es que el niño lo pueda usar como quiera y que le permita la exploración y la liberación de la mente, que sí es algo que las pantallas limitan”.
Donde hace mayor hincapié es en el acompañamiento a los niños para alentarlos a usar los juguetes. “Nosotros mostramos en redes cómo incitamos a jugar, le presentamos a nuestro hijo los juegos y lo guiamos. No es un juguete con pilas que el niño puede agarrar y jugar solo. Los juguetes de madera estimulan la imaginación, pero necesitan sí o sí de una guía, al menos al principio”.
La búsqueda del equilibrio
Bamboo no nació como una apuesta empresarial ambiciosa, sino como respuesta a una necesidad concreta. El proyecto creció sin abandonar su lógica inicial, apoyado en una convicción acerca de la forma de educar y en el uso inteligente de las redes, pero sin perder de vista el equilibrio entre trabajo y vida familiar. Una variable que, para muchos pequeños emprendedores, empieza a pesar tanto como la rentabilidad.
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