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Ernesto Rathge: "Lo único que nos importa de verdad es el amor y el trabajo"

Son los temas recurrentes en su consultorio. Plantea una búsqueda “laboriosa” y “responsable” del bienestar. Y aún así, cree que es un lugar hacia dónde ir y al que nunca se termina de llegar del todo.

Domingo 05 de Abril de 2015

Apenas entrada la noche, por Oroño se mueve un enjambre de hombres y mujeres con ropa deportiva, que van y vienen con paso acelerado. Muy cerca de una de las esquinas, con un ventanal que da sobre el bulevar, está el consultorio de Ernesto Rathge. Cuando se traspasa la puerta se produce un marcado contraste: adentro hay silencio y tranquilidad; el ambiente es acogedor, con libros, cuadros y algunas fotos. 
 
Acaba de finalizar otra extensa jornada laboral, pero muestra la predisposición de alguien que recién arranca su día; una de las primeras cosas que aclara es que no tiene apuro. También advierte que se siente más cómodo contestando por escrito que frente al grabador. Después responde a todas las preguntas como si el grabador fuese un elemento decorativo.
 
Rathge piensa las respuestas, busca las palabras apropiadas. Durante más de una hora habla de la vida y la muerte, del amor y los desencuentros, de padres e hijos, y de las satisfacciones que encuentra como psicoterapeuta.
 
Está convencido de que la gente se encuentra más que antes gracias a las redes sociales y que es un tiempo en el que conviven intensos vínculos afectivos con decisiones que se toman con ligereza en procura de un pseudo bienestar.
 
Ese hombre, que hace 20 años fundó un sistema de atención de salud mental en Rosario que hoy está plenamente vigente y que se presenta en Twitter como “abuelo”, reivindica el valor de las reuniones familiares para formar jóvenes con historia y no solo con presente.
 
Varias veces a lo largo de la charla repite una palabra, “laboriosidad”. El énfasis es para subrayar que hay que generar las cosas que hacen bien porque no vienen solas y que la felicidad se construye desde la responsabilidad. “Hay que tomar el compromiso de que se produzca lo que uno siente que es bueno”, insiste.
 
Con mirada crítica recorre algunos de los grandes problemas actuales: la violencia, el uso de psicofármacos y el papel de los padres en la sociedad del consumo. “Los chicos tienen más poder de la cuenta y eso los desprotege”, advierte.
 
Comenzó a ejercer como psicoterapeuta hace 40 años en un país muy distinto al actual; sin embargo, ahora que todo aparece como fugaz y cambiante, y casi como en una copia exacta de aquel momento, las causas por las que más lo consultan son las mismas que en sus primeras sesiones: “amor y trabajo”.
 
—¿Cuál cree que es el signo distintivo de este tiempo?
 
—Es un tiempo que se caracteriza por una mayor intensidad de los vínculos por un lado, y del individualismo por otro. Es la “edad de la empatía”, como afirma Jeremy Rifkin en su magnífico libro “La civilización empática”. El dice que la empatía ha ido evolucionando, que es una época que apoyada en las redes sociales ha aumentado notablemente la intensidad de la relación entre las personas. Esto puede parecer paradójico porque la mirada de Rifkin es optimista, cuando en general se tiende a pensar que todo va para peor. Yo creo que el ser humano va adquiriendo y consolidado recursos valiosos. En un contexto donde a la gente le importa mucho lo que pasa con el otro, la tecnología está al servicio de la comunicación y del encuentro. La gente no se aísla, se encuentra más. Todo el mundo anda con los celulares mandando mensajes a otros y yo lo connoto positivamente, es un elemento relacional muy poderoso que se da en esta época. Esto sería como el gran telón de fondo. Por otro lado hay situaciones que socialmente crean dificultades muy importantes. La  violencia es una manera errónea de los vínculos entre los seres humanos, donde siempre paga el costo el más débil. Aparecen situaciones de inseguridad, de violencia, que nos hacen sentir inestables y entonces ese encuentro del que hablábamos se rompe. Esto es lo que mucha gente registra. Se registra la excepción y no la regla, se registra lo que no funciona y de hecho es una “excepcionalidad cada vez menos excepcional”. Por otra parte, y como una “hija menor”de la violencia está la irritabilidad relacional, que también es una forma inadecuada de relacionarse con el otro. Debemos ver también lo bueno que pasa en la sociedad, porque sino se produce un mensaje muy terrible. Pero sin duda la irritación, el maltrato, se enseñorean en lo cotidiano más de la cuenta.
 
—Las redes sociales son un lugar propicio para el exhibicionismo, ¿está bueno ese uso?
 
—No se trata de que esté bueno o no, es lo que ocurre. Se impone una especie de “conciencia dramaturgica”. Es como si las personas estuviesen en un escenario y muestran su intimidad mucho más de lo que se mostraba en otros tiempos. Cuando esto es excesivo, actuado, tiene connotaciones negativas porque va en contra de la propia intimidad, pero también es cierto que a todo el mundo le gusta ver las fotos de sus nietos o de sus hijos o de sus amigos en tiempo real. Es algo que hay que aprender a manejar. De todas maneras no me parece bien connotar negativamente lo que pasa con las redes sociales porque tienen cosas muy valiosas. Las redes sociales facilitan esa inevitable necesidad de encontrarnos que tenemos los seres humanos. Por supuesto, no reemplazan en modo alguno el contacto directo, personal.
 
—También son un ámbito donde la intolerancia y la agresión aparecen con mucha frecuencia.
 
—El anonimato favorece la irresponsabilidad. Se confunde libertad de expresión y espontaneidad con calumnia y grosería. Todo esto es muy nuevo y las normas suelen ir por detrás de las experiencias que deben regular. Ayudaría mucho que cada usuario de las redes se identifique y se haga cargo de lo que escribe o muestra. Vivir en sociedad es un largo y trabajoso proceso de perfeccionamiento que no terminará nunca.
 
—En Twitter usted se presenta como “abuelo”. ¿Tiene valor social hoy ser abuelo?
 
—Tiene un valor distinto al tradicional. La familia nuclear se ha reducido, antes era más amplia y los abuelos formaban parte de la convivencia cotidiana. Y como además ahora trabajamos más y más tiempo, el rol del abuelo es diferente: aporta desde una dinámica más activa y menos ligada al tiempo directo. Pero esa presencia es de extraordinaria importancia porque el “hablar de lo
que ocurrió” está bastante a cargo de los abuelos. Son los que “pueden contar mejor la historia”... También está a su cargo, como siempre ha sido, el “mimo arbitrario” hacia los nietos, por llamarlo de algún modo. Pero hay menos tiempo, eso es indudable.
 
—El estilo visita de médico llegó a los vínculos familiares.
 
—Me gusta llamarlo contacto de agenda, aunque a veces es visita de médico de verdad. Es importante revalorizar el encuentro familiar. Que la familia se encuentre en algún momento de la semana genera un
intercambio de enorme valor.
 
—Esos encuentros familiares masivos de los domingos se han ido desdibujando.
 
—Es que se debe tener el compromiso de producirlos. La vida tiene mucho que ver con lo laborioso, las cosas no vienen dadas porque sí. Hay que tomar el compromiso de que se produzca lo que uno siente que es bueno. Y cuando se produce es maravilloso, porque lo que se da y recibe en esos contextos es irremplazable John Bowlby, un psiquiatra inglés, desarrolló desde la teoría psicológica “del apego” el concepto de “base egura”. El trabajó durante la guerra y se dio cuenta que las patrullas de soldados que tenían un lugar seguro para volver sufrían menos bajas. Por eso cuando la familia está, y sus miembros saben que “pueden volver”, hay un efecto de seguridad y nutrición de enorme valor. Si los chicos están durmiendo hay que despertarlos porque en el fondo les va a gustar encontrarse con un tío, una abuela, un primo. Los jóvenes encuentran allí los registros que hacen a su historia y la expresión directa del cariño. De lo contrario son jóvenes sin historia, muy anclados en un presente sin afectos suficientes y, a lo sumo, con un futuro muy exigido.
 
—La teoría del apego y la reunión familiar no parecen propias de una época de vínculos fugaces y cambiantes.
 
—Los seres humanos nos constituimos en el amor y no en la indiferencia. Lo constitutivo es la emoción amorosa, que se da en el contexto familiar. Es cierto que a veces algunas construcciones culturales van en contra, pero ese contexto amoroso es el que necesitamos. Nuestra tarea es restituir lo humano, es decir el encuentro en la ternura relacional, todo el tiempo.
 
—¿De quién es esa tarea?
 
—De los mayores especialmente. Ellos deben liderarla. Cuando se dice que el futuro es de los niños, no es cierto. El futuro es de nosotros, de los adultos, porque somos responsables de criar a los niños que van a constituir el futuro. Y es laborioso. Un proverbio africano dice: “Se necesita una aldea entera para criar a un niño”.
 
—¿Estamos dispuestos a asumir lo laborioso o preferimos los atajos?
 
—A veces elegimos atajos, pero la necesidad del encuentro con el otro es enorme. Eso va a favor de lo que planteo.
 
—En varios de sus textos, usted insiste con una búsqueda de la felicidad.
 
—Más bien hablo de la búsqueda del mayor bienestar posible, para uno y para los demás aún en las condiciones más difíciles. La palabra felicidad tiene por ahí una connotación de superficialidad y lo que yo planteo es algo que surge de la laboriosa construcción vincular de todos los días con las personas que nos importan. La felicidad se construye desde la responsabilidad, es un lugar hacia donde ir, donde nunca se llega del todo.
 
—¿Cuáles son los temas recurrentes con los que se encuentra en su consultorio?
 
—Como decía Freud, la gente viene por problemas de amor o de trabajo. Son las únicas cosas que de verdad nos importan. Lo del amor tiene que ver también con el amor  propio, con lo relacional con los demás o con nosotros mismos. Ese registro que tenemos del otro, ese aferrarnos al otro que implica la cuestión amorosa, a veces genera sufrimiento. Se tiende a pensar que vivimos en una sociedad sin afectos y no es así: vivimos con intensos sentimientos.
 
—En medio de esos afectos intensos, ¿se conserva la idea de pelear para sobreponerse a las adversidades o se impone la búsqueda del propio bienestar?
 
—Como dije, la búsqueda del bienestar es a partir de la responsabilidad; es posible que ahora se tienda a actuar de modos no tan responsables. Una pareja, por ejemplo, implica siempre un compromiso. E implica, insisto con esta palabra, una laboriosidad. El enamoramiento es como la madera blanda que se necesita para encender el fuego para un asado, pero después se necesitan proyectos y compañerismo para que la pareja funcione. Y eso es siempre trabajoso. Se cometen muchos errores por la ligereza de buscar una pseudo felicidad o un pseudo bienestar que no está basado en la responsabilidad. Es cierto, hay una cierta ligereza relacional. Ahí vale la pena invitar a la gente a reflexionar: un divorcio es siempre un hecho de enorme costo para la vida de una familia. A veces no queda más remedio porque va la vida de las personas, pero no puede ser planteado con ligereza. Se produce mucho dolor, inútil y agregado. Muchas cosas se podrían salvar si uno se hace cargo de la responsabilidad en el encuentro afectivo con el otro.
 
—Cambiaron las formas de comprometerse con el amor, ¿y con la muerte? ¿se busca terminar rápido con las manifestaciones de dolor que conlleva una muerte?
 
—Tal vez se trata, y no está bueno, de saltear las emociones dolorosas. Quizás se busque anestesiar más de la cuenta los momentos difíciles. La vida tiene que ver con la búsqueda del bienestar pero también con la aceptación del compromiso y el dolor. Inevitablemente ese dolor está, aunque se trate de negarlo.
 
—¿Cómo definiría la relación actual entre padres e hijos?
 
—Cambió el concepto de autoridad. En algún tiempo la autoridad se confundió con autoritarismo y eso provocó una reacción. Se produjo entonces un proceso de pseudo igualación, donde muchas veces los padres terminan funcionando como pares de sus hijos, como amigos. Siempre digo, y trae polémica, que la familia no es asimilable a un sistema democrático. Me gusta decir, un poco en broma y un poco en serio, que la familia se asemeja a una “monarquía de servicio” porque los reyes, los padres, mandan al servicio de los príncipes, que son los hijos. Debe ser así porque sino el chico no incorpora los elementos que le van a permitir funcionar bien en la cultura en la que tiene que sumergirse. Las normas se aprenden en la familia y no en la escuela. La familia es la que debe marcar los modos afectivos y los límites. Eso sí es una dificultad de esta época. Los chicos a veces tienen más poder de la cuenta y eso los desprotege.
 
—¿Esa pseudo igualación de roles influye en la aceptación de los mandatos de los hijos en relación al consumo?
 
—La cultura del consumo en los chicos es un problema muy serio. Ahí se dan dos cuestiones: una está ligada a los mecanismos de culpa, que sería entender los límites como un daño, y la otra es la irresponsabilidad, porque es absolutamente más fácil decir sí que decir no. Te sacás, entre comillas, al chico de encima, y podés seguir con tu vida sin molestia. En ocasiones esa condescendencia con los chicos significa bajo compromiso de los padres. Puede parecer duro, pero creo que ocurre no pocas veces. Los que padecen esto son los maestros y no pueden con esa historia. Los padres tendrán que replantearse algunas cuestiones, inevitablemente.
 
—Usted ha dicho en varias oportunidades que la anomia es uno de los mayores riesgos que enfrenta la sociedad.
 
—Es una época anómica, ya que como consecuencia de períodos donde se vivió todo de manera autoritaria, la norma cayó en desgracia. La ley, como tal, no adquiere el poder y el respeto que necesita para constituirse como hecho organizador de la cultura. Esto produce una especie de adultos-niños que hacen lo que quieren, como un chico que se niega a los 5 años a ordenar su cuarto. Solo que cuando se traslada a la cultura adulta, las consecuencias son graves. Esto en situaciones extremas puede ser terrible, como en el caso de los linchamientos. Hay gente que niega la ley convirtiéndose en ley. Hay otras formas de anomia muy graves, como la corrupción política. Es una forma trágica de la anomia. El político transmite la idea de que se puede transgredir la ley y no pasa nada. Entonces se va construyendo un sistema relacional sin leyes.
 
—¿La corrupción política produce un efecto contagio hacia el resto de la sociedad?
 
—Claro. Se necesita mucha responsabilidad para no caer en la tentación de decir si los políticos roban y tienen el poder de hacerlo y no pasa nada, por qué yo no lo voy a hacer. Si alguien anda en una moto que no pagó con su dinero, ¿por qué otro no se va a llevar un televisor en un saqueo?
 
—¿Con conductas virtuosas de parte de los funcionarios públicos esta situación puede cambiar?
 
—Mejoraría mucho. También hay una responsabilidad de la sociedad, que tiene que ver a quien elige. No es diferente a lo que pasa en una familia, ¿cómo hace un padre que consume alcohol en exceso para decirle a su hijo que no lo haga?
 
—Otro de los factores muy presentes en la actualidad es el consumo de psicofármacos.
 
—El uso de psicofármacos para resolver situaciones cotidianas en un problema importante en el cual la medicina en general y la psiquiatría en particular tienen mucha responsabilidad. Los problemas emocionales han adquirido el status de problema médico, para los cuales hay que dar alguna pastilla. Como la gente se encuentra con una solución relativamente fácil, lo acepta. Es una suerte de juego cómplice. Muchas veces se indican en exceso este tipo de fármacos y se produce un sobreconsumo. Estos fármacos no solucionan los problemas de la gente; a lo sumo, bien indicados, podrían ayudar facilitando los procesos reflexivos de la psicoterapia, tratamiento clave para los problemas emocionales. Los psicofármacos nunca deberían ser indicados como único tratamiento porque terminan produciendo circuitos adictivos más o menos graves.
 
—Volvemos otra vez al tema de los atajos.
 
—Es que el uso de psicofármacos es un atajo terrible. Lo que va logrando son poblaciones de personas que en el mejor de los casos tienen atenuados sus síntomas. Se ha demostrado científicamente que la psicoterapia es como mínimo tan eficaz como los fármacos, y siempre tendrá una ventaja sobre ellos: las personas que se introducen en un proceso psicoterapéutico bien orientado aprenden algo. A pensar, a entender, siempre algo aprenden. Con un fármaco no se aprende nada.
 
—¿Qué piensa de las terapias alternativas como el coaching, el reiki, yoga?
 
—Las personas empiezan a darse cuenta que parte de sus problemas están ligados a sus emociones. Eso ha habilitado un conjunto de respuestas de distinto grado de validez. Por ejemplo, el coaching podría ser una técnica útil en el marco de algún proceso psicoterapéutico. También por fuera de la psicoterapia, hay personas que lo practican y si son prudentes y cuidadosos, y no se pretende manipular las emociones, pueden ser útiles en empresas o en ámbitos gubernamentales, por ejemplo. Las prácticas que tienen que ver con lo corporal y que provienen de ciertas disciplinas orientales, como el reiki, las técnicas de respiración y el yoga, pueden ser de mucha utilidad. A las personas ansiosas les puede venir muy bien ejercicios de respiración, por ejemplo.
 
—¿Tienen contraindicaciones?
 
—El peligro es la charlatanería que se arma alrededor. Hay uso y abuso de este tipo de técnicas, que se confunden con los procesos psicoterapéuticos. Entonces cualquiera puede llegar a decir cualquier cosa, y aparecen “gurúes” que son bastante peligrosos para sus seguidores. Como mínimo obtienen ventajas económicas. No se trata de descalificar pero sí de entender y proteger.
 
—¿Lo de ciudad-narco estigmatiza a los rosarinos?
 
—Soy rosarino hasta la médula, por lo tanto me duele que se diga eso. Creo que hay una mezcla de cosas; por un lado está la cuestión política donde esas calificaciones se usan arteramente. Por otro es posible que en el tema de la droga no se haya comprendido la intensidad y la magnitud que inevitablemente iba a tener. Quizás ese sea un error que el gobierno provincial debería plantearse, pero para nada creo que lo emparenta con algún tipo de connivencia con los narcos. Eso es un horror. Lo de ciudad narco y soldaditos me produce dolor, pero es cierto que hay vendedores y consumidores. También en los consumidores y en sus familias tiene que haber una responsabilidad, que no es penal obviamente. Esto es un problema sanitario grave. Las familias tienen que cuidar a sus hijos, es muy importante. La lucha contra la droga no es una lucha sólo del Estado, también lo es de las personas. Es grave, hay consumo en edades cada vez más bajas. Hay una responsabilidad que todos tenemos que asumir.
 
—¿Qué es lo gratificante de su trabajo?
 
—Me gusta mi trabajo de psicoterapeuta. Me da la oportunidad de ser mejor persona. Eso es muy valioso y yo lo siento así.
 
—Usted en su consultorio convive con dramas, dolor, pérdidas, ¿no lo afecta?
 
—Pero así es la vida. Me influye, pero entiendo que en general es para bien. Lo que uno hace todo el tiempo es ayudar a que se restituya el flujo de la vida. Es una tarea maravillosa. Y además está la terapia personal del terapeuta, que le recuerda que es una persona como cualquiera y lo protege.
 
—¿Vio el programa televisivo En Terapia?
 
—No, por una cuestión de sobredosis.
 

 

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