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El activista de la diversidad

Fue uno de los pioneros en defender a lesbianas, gays, travestis y bisexuales en Rosario. Tenía apenas 19 años cuando dijo públicamente que es homosexual. Cómo vivió esa experiencia. Qué recuerda de los años más difíciles para las minorías. Un hombre que sigue batallando por la libertad y los derechos.

Domingo 08 de Abril de 2018

Nació en Azul, provincia de Buenos Aires, pero desde chico vivió en Rosario. Tenía 19 años cuando salió a decir públicamente que era gay. Único hijo varón de una familia tradicional, en la época más dura del sida fue defensor de quienes vivían con VIH y de las travestis. Se recibió de abogado en Buenos Aires —donde reside actualmente y donde se hizo esta entrevista—. Es asesor jurídico de la Comunidad Homosexual Argentina (CHA), e integra otras asociaciones internacionales vinculadas con el tema. Casado con el médico dermatólogo y actor Matías Bertiche, hace poco adoptaron a dos hermanitos. Pedro Paradiso Sottile es un militante por los derechos civiles que hizo de la causa de las Lesbianas, Gays, Travestis y Bisexuales (LGTBI) el motor de su vida. El que un buen día sintió que no podía esperar más...Ya lo sabían sus dos hermanas, algunos amigos y un matrimonio muy cercano a sus padres con quienes había charlado y buscando orientación. Todos le decían lo mismo: que hablara.

Entonces, habló.

— Se los dije así, de una. Soy gay (recuerda Pedro Paradiso Sottile, 25 años después). Ellos no lo podían creer. Ni se lo imaginaban. Creo que era por negación, la misma negación de la sexualidad que había tenido yo de adolescente. A los pocos meses de contarlo, mi foto y mi nombre como activista gay público salieron en un diario de Rosario. En ese tiempo era común que los activistas usaran algún seudónimo, o el apellido de la madre. No fue mi caso. Yo empecé a usar los dos apellidos, por principios y por convicción.

— ¿Qué pasó después de decírselo a tus padres?

— En lo inmediato sorpresa, desconcierto. Después empezaron las charlas. El que tomó la iniciativa fue mi viejo. Los sábados nos encontrábamos a charlar. Siempre fue una persona respetuosa y de escuchar. Yo no tuve la amenaza, como le pasó a muchos, de que me echaran de casa. El sí me decía que no podía entender que yo fuera gay, tenía una cuestión moral sobre la homosexualidad, una visión terrible, porque en esos años éramos corruptores de menores, delincuentes, enfermos. A mí me costaba enfrentarme con esa realidad, decirle que yo no era eso. Además, estaba la angustia de sentirme solo y no saber adónde ir. Mi papá me preguntaba de todo, era la primera vez que hablaba de la cuestión?

EM_DASH¿Tu familia es religiosa?

—En ese momento ya no. Lo habían sido, con formación conservadora. Pero a la vez siempre nos inculcaron valores como la libertad, la autodeterminación, el hacer lo que sintiéramos.

EM_DASH ¿Tu papá también es abogado como vos?

— No. Mi papá siempre trabajó en empresas como ejecutivo o gerente y era (o es) muy conocido. Integraba Idea, el Rotary Club, las organizaciones más tradicionales de Rosario. Ahora está jubilado. Mi mamá, ama de casa, compartía con él esa mirada tradicional.

EM_DASH Cuando hablaste con ellos, ¿ya eras activista?

— Sí, militaba en OFES (Organización Familiares Enfrentando al Sida). Pero todavía no actuaba públicamente. En esa época era muy frecuente que los activistas nos metiéramos en la militanciaa través del VIH. Siempre me interesaron los temas sociales, desde adolescente, y a los 15 años me afilié a la UCR y e hice afiliar al resto de mi familia. No vengo de familia de abogados, ni de políticos, ni de personas cercanas a movimientos sociales. Es algo mío. Lo tenía, lo tengo en mi sangre.
— ¿Tu militancia gay se inició en el radicalismo?
   — No. A los 17 años, desde el Concejo Municipal, hubo un llamado para formar líderes juveniles latinoamericanos en prevención del VIH. Hice la capacitación. En esa época trabajaba como asesor en el Concejo Municipal de Rosario, en el despacho de un concejal radical. Y ahí hubo una situación terrible con una mamá y su hijo enfermo de sida que se estaba muriendo en el mismo hall central del Concejo. El hijo vomitaba con sangre y nadie se acercaba. Yo pude hacerlo. Fue la primera vez que me vinculé de cerca con el tema. Y ahí conocí a Glayds González, fundadora de la ong OFES.
   —¿Gladys tenía que ver con aquel muchacho enfermo?
   — No. Gladys era abuela de Joel, y formó la organización cuando su hija murió de sida. Joel, de 3 años era VIH positivo y me eligió como padrino porque sus padrinos de bautismo se habían distanciado de él. Joel murió a los 6 años. Fue un golpe muy duro para mí. Fue un niño tan grande que en sus pocos años de paso por este mundo nos dejó un recuerdo maravilloso de amor y de entrega.
— De alguna manera tu militancia empezó de la mano de un niño...
   — Sí, de él y de su abuela. Y además en OFES conocí a Guillermo Lovagnini (N. de la R. hoy actual director del Programa de la Diversidad Sexual de la Universidad Nacional de Rosario) que trabajaba con temas de VIH en la comunidad LGTBI. En 1994, el 8 de marzo de ese año, Guillermo y yo fundamos el colectivo Arco Iris. Fue el primer colectivo Lesbianas Gay Trans Bisexuales (LGTBI) de Rosario, una de las primeras organizaciones diversas del continente y de las más grandes del país. En esa época la diversidad no era siquiera un concepto. Los distintos grupos siempre habían sido muy sectarios y nosotros proponíamos abrir la participación. La respuesta fue muy grande, éramos 50 o 60 personas gay, lesbianas, trans, travestis y hasta familiares. Y profesionales que nos asesoraban: psicólogos, médicos, abogados.
— Ahí tu militancia fue visible...
   — Sí, y coincidió con mi aparición en una nota en Rosario 12, como “el activista gay de la familia Paradiso”. Fue muy difícil (se toma un instante, recuerda, traga saliva), pero muchos me acompañaron. ¡Yo tenía una fuerza! Esa primera nota, esa primera aparición pública, fue muy liberadora. La visibilidad ayudó mucho.
—¿En qué sentido?
   — El “qué dirán” era muy difícil. Yo era el único hijo varón, el que continuaba el apellido, algo muy fuerte todavía hoy para muchas familias. Recuerdo que me invitaron a hablar sobre prevención de VIH en el Rotary Club de Fisherton, del que mi papá era miembro. Fue muy emocionante. A mí siempre se me asociaba a una tarea buena, solidaria, tuve aceptación como militante gay público, una aceptación que no era fácil en esos momentos. Y algo importante es que los primeros aliados fueron los y las periodistas. Muchas veces hicimos denuncias importantes que alcanzaron repercusión.
— ¿Por qué decidiste estudiar Derecho?
   — Por mis ideales. Mi sueño, como abogado, no tuvo ni tiene que ver con el litigio comercial o una cuestión de status sino con la inclusión, los derechos humanos, la libertad, el poder ayudar a transformar el mundo. Estudié unos años en Rosario, después dejé y retomé, ya para recibirme, cuando vine a vivir a Buenos Aires.
— ¿Pudiste estudiar sin tener que trabajar?
   —Sí. Papá me dice, hoy riéndose, que él financió mi activismo durante los primeros años. Tuve la posibilidad de vivir en casa sin problemas.
— ¿Cómo era la militancia de entonces?
   — Muy activa. Trabajábamos en forma articulada con la Comunidad Homosexual Argentina (CHA) de Buenos Aires. Juntos organizamos el primer y último Encuentro Nacional del que participó Carlos Jáuregui, que murió en agosto de 1996. Con Carlos teníamos una gran amistad. Fue el primero que me trasmitió el orgullo. Lo conocí por televisión primero, antes de ser yo visible. Para mí fue muy fuerte, un gran referente. El y César Cigliutti, que eran como hermanos. Mucho de lo que hacíamos en Rosario con el colectivo Arco Iris era algo similar a lo que ellos hacían en Buenos Aires. Tuvimos logros muy importantes, como por ejemplo en 1997 la aprobación de la ordenanza que garantizaba no sufrir discriminación por orientación sexual, o la derogación los Edictos Policiales que afectaban especialmente a las travestis. Y conseguimos el acceso a los albergues transitorios, que hasta ese entonces no estaba reservado para parejas del mismo sexo.
— ¿Cómo era tu vida privada en esa época?
   — Vivía con mis viejos y militaba, y trabajaba en un shopping de vendedor, tenía trabajos eventuales. Tuve una pareja estable pero era bastante difícil porque yo era muy público. Nunca fui muy liberado sexualmente. Me costaba mantener una relación sexual solo por la relación sexual, yo tenía que involucrarme afectivamente
—¿Elegías la monogamia o el sexo por amor?
   —(risas). No, no era una elección sino más bien una imposición o un modelo. Pero me pasaba eso. Además, tomar un café conmigo no era fácil. En el boliche todo bien... “Me encantás —me decían— pero sos muy público y nadie sabe nada de mí”.    
— En esa época, hace más de 20 años, no era común, por ejemplo, defender a una travesti desde un lugar de respeto y solidaridad
   — Es cierto. Pero siempre trabajé por la inclusión. Yo aproveché este lugar de varón, clase media, que no era profesional pero lo parecía, que era gay y no lo parecía, para pelear por causas muy postergadas. Por ejemplo, denunciar públicamente lo que vivían las travestis. Iba a las 2 o 3 de la mañana a la Brigada de Moralidad a golpearle la puerta en jefatura para que las soltaran. Muchos, desde adentro mismo del movimiento, me decían “¿para qué te metés con eso?”. En ese entonces había una jueza, Puccio, que encerraba a las travestis, las hacía limpiar las comisarías y allí las coimeaban, las maltrataban, las violaban. Desde Colectivo Arco Iris, con ayuda de César y Carlos, hicimos un comunicado con este título: “Travestis, mucamas gratis de la jueza Puccio”. También fue muy importante otra denuncia que publicó en tapa La Capital: la Policía les pedía coimas y favores sexuales para dejarlas trabajar. El jefe de Policía, Benedicto Mattía, las llamó “mascaritas sidóticas”. Recuerdo que hasta Madres y Abuelas sacaron un comunicado apoyándonos. Era una situación complicada: si el gobernador, que por entonces era Jorge Obeid, salía a bancar a Mattía, mi suerte estaba echada. Pero no. Obeid le pidió la renuncia. Así que pude respirar y seguir trabajando.
— ¿Qué otras movidas del colectivo Arco Iris recordás, ahora mismo?
   — En 1996, El Primer Encuentro Nacional de Minorías Sexuales donde todos y todas nos conocimos y compartimos el gimnasio y el albergue de la Universidad Nacional de Rosario. El hecho de convivir durante el encuentro y que vinieran personas de todo el país y también de América Latina fue una experiencia increíble y poco común para la época. En 1999 hicimos las Primeras Olimpiadas Gay de América Latina, declaradas de interés municipal. Recuerdo que abrió los juegos el presidente del Concejo Municipal. Fue en el río, en los ex galpones de los ferrocarriles reformados. Hubo deportes, actividades culturales, charlas, eventos y estuvo abierto a todo el país. Me acuerdo que hicimos una maratón que terminaba en el monumento de la Bandera. Llegué muerto.
 — Moviste mucho en Rosario...
   — Sí. No fue fácil irme.
 —¿Por qué Buenos Aires?
    — Por amor. En el 99 mi pareja de entonces era de Buenos Aires. Fueron varios meses de conocernos, de ir y venir. Ya para fin de año empiezo toda la transición, decirlo a mi familia, decirlo en Arco Iris, era un referente, fue un cimbronazo para todos. Yo era la cara visible pero formábamos un grupo muy grande de todas las minorías y también de personas heterosexuales que ayudaban.
— ¿Quién quedó en tu lugar?
   — Bueno, impulsé que la presidenta fuera una travesti. Y lo logramos. Fue Tatiana, una de las primeras travestis públicas de Rosario. Estuvo al frente del colectivo un año y medio luego de mi partida. Pero hubo una resistencia muy grande, internas y peleas, creo que no se bancaron que estuviera al frente una travesti. La desplazaron al año y medio y se eligió como presidente a un gay.
—¿A quiénes considerás tus referentes?
   — A Gladys Gonzalez, de OFES. A Guillermo Lovagnini, con quien fundamos el colectivo Arco Iris. A Carlos Jáuregui (el primer presidente de la CHA), y a mi hermano del alma, César Cigliutti, A las compañeras travestis Nadia Echazu, que murió hace muchos años, a Lohana Bernkins y a Diana Sacayán. También tomé muchas ideas del feminismo y de mujeres lesbianas que conocí a través de la militancia.

Buenos Aires, el amor
y la lucha

—Empezaste trabajando en una ong que se ocupaba del sida. ¿Vos, vivís con el virus?
   — No. No soy HIV positivo, pero como los defendía, para todos lo era. Nunca me importó. En mis primeros años de militancia lloré a muchos amigos y compañeros muertos por esa causa.
— ¿Cuándo te incorporaste a la Comunidad Homosexual Argentina, la CHA?
   —Después de un año de llegar a Buenos Aires. No soportaba no hacer nada vinculado con la militancia. Me propusieron coordinar el área jurídica, mientras estudiaba Derecho, porque había retomado la carrera.
— En la CHA empezaste a trabajar en una organización más grande, pero tu intervención pública fue menor ¿Eso te afectó?
   — No, porque ser conocido nunca fue un objetivo personal. No tuve una cuestión de duelo público o de medios.
—¿En el activista hay algo (o mucho) de omnipotencia?
   — Sí. Ese idealismo, sobre todo cuando uno es más joven y más fuerte, es una cuestión visceral o pasional que te hace sentir que podés contra todo. El Súper Pedro. Es todo un tema a trabajar.
— ¿Te llamaban Súper Pedro?
   — (Se ríe, mucho) Sí, súper gay. Mis amigos me decían "en mi familia me cuesta que me acepten y vos venía a casa y mis papás te hacen comida, te tratan re bien". Ahí te das cuenta de la fuerza que tienen los medios y cómo si entrás y lo hacés desde un lugar positivo, de reconocimiento, es mucho lo que ganás. Pero eso también induce a la gente a creer que las agrupaciones manejan recursos enormes, dicen “guau, esta organización es millonaria, mirá la guita o el poder que tiene”.
— ¿Y no es así?
   — No en este caso, para nada. No lo era Arco Iris y tampoco lo es la CHA. Somos una asociación civil sin fines de lucro. Hemos tenido subsidios privados que hoy casi no existen. Es más autogestión y autofinanciación. Damos un marco, somos históricos. Dentro de los servicios existe una estrategia institucional y tratamos de mediar en conflictos. Una llamada telefónica de la CHA, por ejemplo, puede solucionar problemas.
 — Claro, es una institución que lleva años y tiene su prestigio
   — Sí, pero hay una parte angustiante en el trabajo que es, justamente, no poder. En la CHA recibimos consultas por muchos temas: derechos, maternidad y paternidad, violencia, discriminación laboral... Y estamos sobrepasados. En muchas situaciones podemos lograr el patrocinio jurídico, pero en otros, no. Cuando pasa eso es horrible. Durante mucho tiempo, recibir dinero fue considerado mala palabra. Ahora, recién, estamos empezando a ver cómo encontrar maneras de superar esa posición porque además es mucho lo que queremos hacer y no podemos quedarnos de brazos caídos.
 — ¿De qué vive un activista, económicamente hablando?
   —En mi caso siempre he tenido algún trabajo como abogado, pero como lo hago más con cuestiones de derechos humanos en el 99 por ciento de los casos es gratuito. Desde hace unos cuantos años trabajo contratado en el Ministerio de Justicia y Derechos Humanos en la Nación y derivado al Inadi, donde no tengo un cargo, soy asesor. Entre los activistas, la vulnerabilidad laboral es muy grande. La mayoría tiene trabajos como éstos que no dejan de ser precarios y con sueldos de poca importancia que te obligan a hacer otras cosas para poder vivir.
— La militancia parece ocupar un espacio enorme en tu vida. ¿Desplazó, por ejemplo, a tus relaciones de pareja?
   — Durante mucho tiempo, sí.
— Sin embargo, un día decidiste venir a vivir a Buenos Aires porque te habías enamorado...
   — No fue una relación sencilla. El era muy celoso y la relación se desgastó por completo. No era activista, ninguna de mis parejas lo fue. Siempre busqué un cable a tierra, llegar a casa y que el tema no fuera la militancia.
— ¿Y después?
   — Estuve “picoteando” un poco, por ahí y por allí. Me di la oportunidad, tuve varias historias, encuentros, amores fugaces.

Matías y la hora de la familia

   En 2007 Pedro conoció a Matías Bertiche (39), médico dermatólogo y actor, hoy su marido y papá de los dos niños que adoptaron.    
—Fue hace 11 años. Fue un amor de verano que terminó en casamiento.Nos conocimos en Mar del Plata y en nuestra primera charla, en la confitería Boston, frente al mar, cuando no éramos nada, hablamos de un sueño que teníamos en común: ser padres.
— ¿Y también casarse?
   — En ese momento era impensado. Pero en 2009 hicimos la Unión Civil, con una gran fiesta en Buenos Aires y en Rosario, porque Matías también es santafesino, de Sunchales, pero vivió mucho en Rosario. La fiesta duró una semana. Nadie pensaba en ese momento que algún día existiría la posibilidad de casarnos, y cuando eso se dio decidimos casarnos con la determinación de ser padres. Además fue una especie de homenaje a esa ley de Matrimonio Igualitario que buscamos tanto tiempo y que pensamos que nunca íbamos a alcanzar.
— Esa ley no fue la única, y la CHA siempre impulsó todos esos proyectos
   — Es cierto. En 2008 habíamos trabajado fuertemente en favor de Alfredo Pascale, el primer viudo gay que recibió la pensión por fallecimiento de su cónyuge. Fue por una resolución de Anses que, antes de que llegara a la Corte, el Estado Nacional aprobó, al incluir como convivientes a las parejas LGTBI. Fue un hecho histórico, como la ley de Unión Civil que se aprobó en 2002 y se puso en vigencia en 2003. También trabajamos con los Códigos de Falta y los Edictos Policiales, y siempre fuertemente en tema travestis porque la vulneración de derechos civiles entre ellos siempre ha sido y es aún muy fuerte.
— ¿Por qué se sigue llamando Comunidad Homosexual si en realidad no representa únicamente a "homosexuales”?
    — Fue la primera organización posdictadura, creada en 1984. Un hito. Una de las primeras asociaciones LGTBI junto con una de Río de Janeiro a nivel regional y también mundial. Por eso resolvimos conservar su nombre.
 — El gobierno anterior, ¿los convocó especialmente para conocer la situación o sus necesidades?
   — Sí. Y fue la primera vez que nuestras organizaciones fueron recibidas y escuchadas por un gobierno. El primer encuentro institucional ocurrió por iniciativa de Néstor Kirchner pero nos llamó Aníbal Fernández. Había habido una pintada en la Catedral durante una Marcha del Orgullo y la CHA declaró que no estábamos de acuerdo con las pintadas y no las promovíamos, pero que la marcha era abierta a la comunidad y que había personas que se expresaban así.
   — ¿Aníbal llamó inquisitivamente?
   —No, para nada. Nos dijo “quiero hablar con ustedes” y nos recibió. Primero nos felicitó y después nos dijo que él y Néstor habían hablado del tema y que les parecía muy buena la respuesta y posición institucional nuestra en relación a la cuestión. Ahí empezó un vínculo muy fuerte con el gobierno y apareció la “pata” internacional de mi activismo, a través de la Asociación Internacional de Lesbianas, Gays, Bisexuales, Trans e Intersex para América Latina y el Caribe. Es que la necesidad de estos cambios que escuchaba el gobierno aquí también repercutían hacia afuera. Y la Argentina ocupó un lugar protagónico.
 — ¿Y cómo, desde esta respuesta tan positiva, no te hiciste fan kirchnerista?
   —No, no me hice. Vengo de una familia antiperonista, muy gorilas. Y a Néstor no lo voté. La primera vez que voté al peronismo fue a Cristina.
— ¿Nunca te quisieron llevar para el movimiento?
   — No. Siempre fueron muy respetuosos. Muchos partidos nos han llamado a la CHA para ser candidatos y siempre nos negamos. Por Estatuto somos apartidarios, pero eso no significa que seamos apolíticos. Es una confusión que muchos tienen. Defendimos y seguiremos defendiendo a los gobiernos que, como el de Néstor o el de Cristina, hagan lo que ellos hicieron. Es innegable la cantidad de leyes inclusivas que se aprobaron. Tenemos una visión inspirada en el Estado de Bienestar. Por eso coincidimos en que no fue casual ni fue magia.
— ¿Sienten que esas leyes están amenazadas bajo el gobierno de Mauricio Macri?
   — Las leyes no, pero sí programas o políticas públicas, como de hecho ocurre. Igual hay que estar atentos, sobre todo con la Ley de identidad de Género. La ley del cupo trans o Ley Diana Sacayán está aprobada por el Parlamento en la Provincia de Buenos Aires pero la gobernadora Vidal no la reglamenta. Esto es muy grave. Tampoco da el OK el Gobierno de la Ciudad para distintos proyectos que presentamos sobre cupo laboral trans. Es algo muy importante para empezar a romper con la exclusión. Respetamos la postura de la autonomía en relación a personas que piensan que es un trabajo, pero siempre hemos estado cerca de Lohana Berkins y de Diana Sacayán, acompañando la postura abolicionista.
— ¿En los últimos tiempos aumentaron las agresiones a personas LGTBI?
   —Sí. Una de las tareas de la CHA, desde 2001, es el Informe de los Crímenes de Odio, basados en el prejuicio por la orientación sexual de la víctima. Y sí, estos crímenes han recrudecido. Es que cuando se aprueban leyes inclusivas y de reconocimiento aparecen grupos fundamentalistas que se organizan en contra. En nuestro país hay grupos contra derechos, provida, contra aborto, organizados, con mucho dinero para atacar el reconocimiento y la igualdad de derechos. Muchos de estos crímenes no son conocidos porque falta Justicia. Por eso es tan importante el juicio oral y público por el travesticidio de Diana Sacayán para empezar a darle visibilidad en el mundo jurídico a la transfobia judicial. Pero además existe algo todavía más peligroso: la complicidad estatal. Cuando ocurre un caso de esta naturaleza, agresión y en el peor caso la muerte y no escuchás la voz del repudio del gobernador o del presidente estamos ante un grave problema.
— ¿El gobierno de Mauricio Macri convocó a la CHA?
   — Sí, crearon la Secretaría de Derechos Humanos y Pluralismo Cultural de la Nación ni bien asumieron y, dependiente de ella, la Dirección de Políticas Integrales de Diversidad Sexual, con Diego Borisonik al frente. Fue una decisión positiva pero hay que darle más presupuesto y autonomía. La CHA articula con todos los gobiernos. Pero es muy difícil avanzar cuando existen posturas contradictorias o fuertemente anti derechos.
— Justamente, hace unos días, esa Secretaría compartió en redes un mensaje que decía: “La heterosexualidad es parte de la diversidad sexual. Cualquiera sea tu orientación, todxs somos parte de la diversidad sexual. #Visibilizar”. Fue muy criticado. ¿Qué te pareció?
   —La diversidad sexual o la disidencia sexual es un concepto político creado justamente para romper el de “normalidad heterosexual”. La lucha continúa hasta que se naturalice el concepto. Es un error político creer que la sexualidad mayoritaria dejó de ser hegemónica, que ya podemos hablar de la “diversidad” como nueva hegemonía del pensamiento. En ese contexto es un error grave desde lo institucional y estatal, más allá de que claramente uno puede entender y que la diversidad sexual incluye a todas las orientaciones sexuales y la heterosexual es una, la homosexual es otra. Pero visibilizar el tema de la diversidad a través de la cuestión heterosexual claramente es un error que retroalimenta el peligroso discurso del “igualismo”: querer mostrar que somos iguales. ¿Y somos todos iguales en el acceso a los derechos, la justicia, el trabajo, a todos los derechos económicos,, sociales y políticos? No. La comunidad LGTBI fue y sigue estando excluida, marginada y estigmatizada justamente por nuestra orientación sexual.
— ¿Cómo ves el futuro?
   —Difícil, porque creo que está volviendo a ganar el poder histórico, de unos pocos y eso se refleja siempre claramente en desmedro de las poblaciones más vulneralizadas y excluidas. Están en riesgo muchas cosas porque históricamente hemos vivido situaciones donde creíamos superadas aberraciones terribles. Uno decía esto no volverá a pasar y vuelve. Por eso tenemos que cuidar lo logrado.

De Súper Pedro a Papá Pedro  

  La llegada de los hijos a la vida del matrimonio ocurrió después de un episodio difícil en la vida de Pedro: un cáncer, del que pudo recuperarse después de una operación y tratamiento. Luego decidieron hacerle una cirugía metabólica: si bien es muy alto (1,88 m) había llegado a pesar 133 kg y los médicos, en pleno tren de recuperación de su problema oncológico le aconsejaron bajar de peso para mejorar su salud. “Me operé en 2017 y desde entonces llevo bajados 60 kg. La recuperación fue muy buena, pero cuando todavía estaba en período de adaptación, a los 2 meses de la cirugía nos llamaron del Juzgado para decirnos que teníamos una entrevista. Hacía 8 años que estábamos anotados en el Registro Unico de Adopción (Ruaga). Cuando te inscribís, tenés que decidir, entre otras cosas, cuántos chicos querés adoptar, hasta qué edades y el estado de salud. El 90% pide hasta un año o menos, y, en cuanto a la salud, podés decidir entre enfermedades reversibles o irreversibles. Nosotros habíamos dicho hasta 4 años y dos hermanos. Con patologías reversibles, porque ya había pasado algo muy doloroso con Joel, mi ahijadito.
—¿Te sentías preparado para la paternidad?
   —Era un deseo muy antiguo, en el que Matías y yo coincidimos desde que nos conocimos. Además, durante un año fuimos a los talleres del Ruaga y ahí pude trabajar mejor el duelo de Joel y también prepararme. Cuando te anotás en el Ruaga, la asistencia al taller es obligatoria. Y es muy importante. A veces la gente va con el deseo de ser padre y no pensando que la adopción es, ante todo, dar una familia a niños que no la tienen. Cuando eso se comprende, cambia el eje, pero hay que entenderlo primero.
   — ¿Nunca pensaron en alquilar un vientre?
   — No. No juzgo a nadie, pero yo no podría, Además, a la subrogación sólo pueden acceder los que tienen mucho dinero. Para nosotros, nunca la paternidad estuvo vinculada a una cuestión biológica, ni de continuidad sanguínea. Acá los 4 elegimos que sí queremos ser familia.
—¿El hecho de que ustedes sean dos varones plantea preguntas especiales?
   —Pensamos que será un tema para trabajar. Lo veremos en su momento. Por ahora no ha surgido.
—¿Qué dice la familia rosarina?
    —Siempre estuvieron muy felices, fueron muy respetuosos, nunca invasivos. De ambas partes ya eran abuelos. Mi mamá y papá por Hannah, la hija de mi hermana Sole. En el caso de mi pareja, la mamá falleció pero tiene papá y una hermana con 3 chicos. Les contamos por video llamada. Mi papá se dio cuenta enseguida: “Vamos a ser abuelos”, dijo. Y lloramos. También él. La relación con ellos es muy hermosa, el vínculo se afianza día a día.
— Al final, le cumpliste a tu papá lo del apellido...
   — Bueno, Hannah, mi sobrina, también tiene el apellido compuesto. Pero es cierto, mis hijos tienen Paradiso como primer apellido.

MiniBio

Defensor de DDHH, Abogado, secretario y coordinador del área jurídica de la Comunidad Homosexual Argentina (CHA); Director Ejecutivo de la Asociación Internacional de Lesbianas, Gays, Bisexuales, Trans e Intersex para América Latina y el Caribe (ILGALAC); Secretario Regional Gay para América Latina y Caribe en ILGA World.

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