La Región

Vivencias de 20 años de brazadas transformadas en notas

Periodistas de La Capital cubrieron a través de los años las hazanas de Los Tiburones de Arroyo Seco.

Jueves 15 de Marzo de 2018

Hacía unos meses había empezado a trabajar en LaCapital como cronista de lo que luego sería La Región con la misión de recorrer diariamente la ruta 21, entre Villa Gobernador Gálvez y Arroyo Seco. Una de esas mañanas, creo que en la biblioteca de esa ciudad, me crucé con un flaquito que hablaba de una inminente actividad que ameritaba mi atención: "Primera experiencia de nado en el río de chicos especiales", algo así decía un volante que me estaba entregando.

Recuerdo una suerte de breve partido de tenis mental entre mi incredulidad, que crecía ante cada respuesta suya, y la naturalidad cada vez más poderosa con la que él me explicaba el proyecto. Como si sus convicciones se agigantaran ante cada embate cortamambo de mi sentido común.

—¿En serio?

—Venimos entrenando desde hace tiempo, los chicos ya se tiraron al río.

—¿En el río?

—Sí, ya están preparados. No sabés cómo están entrenando, están re afilados.

Cada repuesta de él alumbraba una misma pregunta de mi parte. ¿Es cierto? Inquebrantable, Patricio insistía con que sí.

Volvía a Rosario con mucha dudas pero un par de certezas poderosas: el flaco que acababa de conocer estaba claramente loco. Y el domingo 15 de marzo de 1998 tenía que estar ahí. Al comentar tímidamente a mis jefes de entonces lo que había descubierto en Arroyo Seco pude ver las caras de incredulidad que horas antes habría puesto yo al toparme con esa nota. Pero no había dudas de que había que cubrir ese evento.

Esa mañana llegué al Rowing con cierta expectativa y bastante preocupación por el devenir de esa experiencia. ¿Podrían chicos y adolescentes con discapacidades de todo tipo, en algunos casos profundas, nadar en un río como el Paraná? La incertidumbre se disipó poderosamente cuando los chicos empezaron a salir del agua marrón para ser envueltos por brazos, toallas y lágrimas. Así comprobé que no eran chicos; eran nadadores y nadadoras. Todo lo que me había dicho Patricio era cierto. Y era en el río. Y realmente estaban entrenados, cosa que comprobé años después cuando me invitaron a nadar en una de las experiencias y a duras penas me pude mantener a flote.

Trabajar en un diario acostumbra al día a día y el valor que pueda tener una gran nota caduca, con suerte, una semana después. Por suerte para mí y para los compañeros que tuvimos la dicha de cubrir sus experiencias, los tiburones se fueron esmerando año tras año para llevar más allá sus límites y entregarnos en bandeja notas a las que sólo había que ponerle la firma, porque del resto se encargaban ellos.

Por eso, en ese día a día, es difícil creer que hayan pasado veinte años desde que me topé con esa historia de la cual me tocó contar un par de capítulos.

Los vericuetos de la redacción me llevaron a contar otras cosas, pero entonces seguí disfrutando de las hazañas de Los Tiburones, a través de las palabras de otros compañeros. Con el tiempo, sus logros dejaron de sorprenderme y eso es algo que les agradezco a ellos y a Patricio Huerga, que hayan derrotado mi incredulidad inicial.

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