El disparo ocurrió este lunes dentro de una escuela, pero el problema empezó mucho antes. El ataque de un adolescente de 15 años en la escuela N° 40 de San Cristóbal, que terminó con la vida de Ian Cabrera, de 13, y dejó a otros ocho estudiantes heridos, expone una pregunta incómoda que excede el caso: qué nivel de responsabilidad tiene la sociedad en la escalada de violencia entre chicos.
Para Arístides Álvarez, presidente de la ONG “Si nos reímos, nos reímos todos”, el foco no está en el hecho aislado sino en el entramado que lo hace posible. “Cuando pasan estas cosas extremas, la pregunta es en qué estamos fallando. Y la realidad es que no es uno: somos todos”, afirma en diálogo con La Capital.
Pero va más allá: “Si no te metés, si no hacés nada, terminás siendo cómplice o al menos habilitando la situación”.
Entre 2024 y 2025, la Policía Federal allanó a nueve menores de edad que prometían cometer masacres en redes sociales como Telegram y Discord, alertados por reportes del FBI.
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Además, en octubre del año pasado, una chica de 14 años abrió fuego contra sus compañeros en Mendoza. Sin tanta trascendencia mediática, son muchos los docentes que día a día lidian con el incremento de las violencias en las aulas y se ven desbordados por la situación.
El mensaje que baja de los adultos
El planteo de Álvarez apunta directamente al mundo adulto, en particular a las familias. No como un actor más, sino como un factor decisivo en la construcción de conductas.
“Un chico puede entender en la escuela que la violencia no es el camino. Pero llega a su casa, cuenta que lo molestan, y le dicen que le pegue. Ahí todo se desmorona”, explica.
La escena se repite en otros ámbitos. “Va por la calle y ve a su papá en una discusión de tránsito que termina a las trompadas. Es tal el nivel de violencia que cualquier mensaje que intentemos dar queda debilitado”, agrega.
Desde esa perspectiva, el caso de San Cristóbal no irrumpe en el vacío: es el extremo de una cadena de validaciones cotidianas de la violencia.
Una cultura que naturaliza el conflicto
Álvarez describe un clima social que refuerza ese proceso. “Vivimos en una sociedad cada vez más individualista y más violenta. Hay mensajes de odio constantes, desde la política hasta las redes sociales. Eso penetra”, sostiene.
La consecuencia, advierte, es la pérdida de herramientas básicas de convivencia. “Nos diferenciamos porque podemos hablar. Si podemos hablar, tenemos que resolver las cosas a través del diálogo. Pero eso se está perdiendo”.
Bullying: masivo, invisibilizado y amplificado
En ese contexto, el bullying aparece como una de las expresiones más extendidas, y menos abordadas, del problema. Si bien hay versiones cruzadas entre testigos del hecho y personal de la escuela y la provincia sobre si hubo acoso escolar o el episodio fue consecuencia de problemas intrafamiliares, es inevitable mencionarlo.
“Seis de cada diez chicos han sufrido bullying. Y sin embargo, todavía hay escuelas que lo esconden porque es mala prensa”, señala.
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La falta de abordaje integral se combina con un fenómeno que agravó la situación: la expansión de las redes sociales. “Antes el hostigamiento terminaba al salir del aula. Hoy sigue todo el día, con memes, stickers, incluso con inteligencia artificial. El daño es permanente”, explica.
A nivel global, el impacto es dramático. “Unos 200 mil chicos por año se suicidan por bullying en el mundo. En Argentina, los casos crecieron un 30% en los últimos dos años”, advierte.
El compromiso de las familias
Si el diagnóstico apunta a una responsabilidad compartida, Álvarez identifica una falla crítica: la falta de compromiso de las familias.
“Cuando vamos a una escuela con 200 alumnos, trabajamos con todos los chicos y los docentes. Pero cuando convocamos a los adultos, van menos de diez. Esa ausencia también es parte del problema”, sostiene.
El especialista descarta respuestas simplistas. “No hay fórmulas mágicas. Pero hay algo claro: hay que involucrarse. Y si no podemos solos, pedir ayuda”, afirma.
Para Álvarez, el desafío es colectivo: “Cuando pasa algo así, todos somos responsables. Hay que dejar los egos y las mezquindades y ponerse a disposición para resolverlo”.
El disparo en San Cristóbal no sólo abrió una causa judicial. También expuso una trama social que, según advierten quienes trabajan el tema, hace tiempo viene acumulando señales de alerta. La diferencia, esta vez, es que ya no se puede mirar para otro lado.