La ciudad

"No hay sueño sin soñadores"

Rubén Orsini y sus marionetas se presentarán por primera vez en un museo: el Macro. Las entradas se agotaron apenas se pusieron a disposición. Cuando el arte atrapa.

Viernes 01 de Febrero de 2019

Siempre trabajó solo. Bueno, solo, no. Con ellos. Los objetos, sus marionetas. Lo que ocurre es que a veces componen un nosotros asombroso. Rubén Orsini es marionetista. Se formó en la calle, pasaba la gorra. Y desde allí, lugar que ama, llegó a escenarios no sólo del país sino también del exterior. Ahora, enfrenta un nuevo desafío. Actuará en un museo. Los próximos tres viernes de febrero y el 1º de marzo pondrá en escena Sueño que danza, una propuesta particular, en el Macro (Oroño y el río). Apenas se conoció la propuesta se agotaron las entradas. "No hay sueño sin soñadores", dice el artista y se entusiasma.

Orsini es rosarino. "Mi casa es esta ciudad", dice convencido. Nació en 1975, en barrio Echesortu. Una infancia tranquila, así la describe, con muchos amigos, jugando a la pelota, en una zona que tenía por entonces grandes baldíos. Escuela pública en la primaria y secundaria, hijo de una madre ama de casa y un padre comerciante, con dos hermanos mayores. Sí había música en su casa, pero nunca supo del teatro, de tanto en tanto una ida la cine pero como algo excepcional. Pensó en un oficio y, como se sabía capaz con las manualidades, decidió ser cerrajero. Llaves que abren y que cierran.

Desde adolescente trabajó como cerrajero hasta que en un viaje de verano descubrió a los artistas callejeros. Volvió y sintió que la cerrajería lo estaba encerrando. Buscó una escuela de teatro donde preguntó para aprender circo. Eso no existía, de ahí le dijeron que algo parecido podía ser la pantomima. Y hacia allá fue. Todavía se pregunta por qué. Asistió a algunas clases y a los pocos meses empezó a trabajar como mimo. Se animó a la calle. Y allí, en ese territorio, se fundó algo entrañable.

"Actuaba en la peatonal Córdoba y también en la zona del Parque de España", recuerda. De lunes a lunes. Hasta que un día caminando se descubrió tocando su rostro: "No sabía si estaba o no pintado".

Sintió la necesidad de trasladar a otro esa energía que había descubierto. Y construyó su primer marioneta. Un Chaplin. Un personaje mudo. Quizás ahí unió la pantomima con las marionetas. En sus shows no hay palabras. Siempre construye sus marionetas. Y comenzó una historia que lo llevó a trabajar muchos años en la calle, 15. Luego, llegaron los escenarios, las salas, las invitaciones a festivales, giras por el país y el exterior. "Tengo muy en claro que Rosario es mi casa", no se cansa de repetir mientras afirma que, aunque parezca otra cosa, "nunca" dejó la calle.

Los espectáculos de Orsini son momentos especiales. Nombrar lo que él hace de esa manera no alcanza. El habla de números, historias, pero también de sensaciones. Eso son: sensaciones. Mirar a Orsini es ver cómo se funde con sus muñecos o cómo se transforma en uno de ellos. De qué manera su energía llega a ellos e impacta en quién mira.

Sueño que danza, dice el artista, será la posibilidad de soñar para quién quiera sumarse. Una instancia planteada como una suerte de instalación performativa, ante un público reducido de 20 personas. Cada viernes habrá cuatro funciones de 15 minutos, durante 1 hora. Breves, intensas como los sueños. Las repetirá cada día y cada viernes. Su cara se ilumina con cierta picardía cuando lo remarca: "Me gusta eso de jugar con los sueños y la repetición" (ver pág. 9).

En diálogo con La Capital recuerda sus inicios y abre una de sus múltiples ventanas para compartir sus sensaciones.

—¿Por qué las marionetas llegan a un museo?

—Está buenísimo, es algo que yo venía buscando. Este espectáculo lo hice solamente un día el año pasado, en el Cultural de Abajo, pero no en la parte teatral sino en la galería. No fue pensado para sala, sino para la galería. Fue concebido para que funcione como una instalación, para que tenga características performáticas, Alguien del museo lo vio y me invitaron a hacerlo en el Macro. Es el quinto piso y va estar buenísimo, el lugar está justo.

—Tu primera marioneta, Chaplin, fue un personaje mudo y vos venías de hacer pantomima.

—Sí, yo quería delegar. Tenía esa necesidad de delegar todo lo que hacía corporalmente. Pasar energía. Trabajaba todos los días, de lunes a lunes, en calle Córdoba. El mejor día era el sábado a la mañana, el domingo iba al parque. Retomaba al otro día en la peatonal.

—¿Lo hiciste vos al Chaplin, aún lo tenés?

—Sí lo hice yo, todavía lo saco. Integra Antología, un espectáculo que suelo hacer, lo saco a la mitad, por cábala. Después vino el mono y luego un viejo, que vuela y flota, al que le sale una mujer de la cabeza. Esos tres los hice en la calle.

—La historia que protagoniza ese personaje, el viejo, es muy fuerte. Difícil para hacerlo en la calle, supongo.

—Sí, no era fácil, porque propongo un trabajo muy conceptual. Me acuerdo que mi mamá me miraba extrañada cuando lo hacía, porque es la cara de mi abuelo. Ella me decía: "¿Por qué le hacés hacer eso al abuelo?" (risas). Estaba genial.

—¿Cómo se llama ese personaje?

—Yo le digo El Sopa. Yo trato que no tengan nombres. Son energías, la gente es como que te empuja para que le pongas nombre. Para manipularlos está bueno registrar su vida, más que su nombre. Su tipo de vida. Es como el tono en un instrumento. O sea, en qué tono está cada uno. En esa época me apoyaba en Chaplin y en el mono, pasaba la gorra y después podía hacer lo que yo quería culturalmente, mandarme al objetivo que yo quería. Entonces, después de haber puesto la gorra podía hacer El Sopa, que era algo mucho más metafórico. Esa fue una puerta gigante a lo que vino después. En realidad, yo lo fui testeando con el Chaplin. Me di cuenta que la expectación de ese público me daba la posibilidad de ganarme, a través del oficio, otras ventanas más conceptuales. Eso fue determinante en el trabajo. En el parque yo podía meter otro tipo de postura en la gente, distinto a lo que ocurría en la peatonal. En la calle era detener a las personas en un paso que casi siempre es múltiple. Es muy difícil si te parás en la peatonal que encuentres diferentes tonos de caminata. La gente va como a un mismo ritmo. Hay como una mímesis. Entonces vos tenés que buscar, según la hora, cuando eso empieza a disminuir y ahí poder actuar. Eso repercute en el decir.

—¿Pudiste vivir de tu trabajo en la calle?

-Sí, totalmente, pude dejar la cerrajería gracias al trabajo en la calle. Creo que todo ocurrió en el momento justo. Había un contexto que lo permitía, después vinieron los controles, se impuso que había pedir permiso. Por suerte cuando llegó ese momento, lo importante ya había pasado. Después todo se devaluó. En el 2010 empecé con espectáculos en sala, me llamaban a festivales pero para seguir en calle y yo logré ir a sala en festivales. Porque me llamaban por lo que se había gestado en la calle. Fueron unos años de transición.

—Y dejaste la calle...

—Yo nunca dejé la calle.

—Vos hablás del tono de tus personajes y del tono de la gente en la calle. ¿La música ocupa un lugar clave en tus historias?

—Es primordial. No tengo shows sin música. Tengo momentos sin música. Cuando empecé hacer los espectáculos para festivales empecé a replantearme la cuestión, porque empieza a ganar espacio lo teatral. Pero seguí respetando lo que deseaba más que lo que creía conveniente. Es raro, yo pienso que soy como un cantautor visual. Creo que hay algo de trovador también. Lo que hago tiene una similitud muy grande con el cantante con un guitarra. Estoy despojado de todo en un escenario, solo con los objetos y están las canciones a las que les pongo imágenes, a veces no son ni historias. La música y las canciones siempre están.

—Vos trabajas solo, ¿por qué?

—Creo que viene desde lo del mimo, que fue un decir mío. Hice un montón de cosas que no sé bien por qué las hice, pero tenía que hacerlas. He estado años en la calle y ni siquiera contaba la gorra, era hacerlo. Creo que eso de no pensar fue algo protegido por mi inconsciencia, porque era muy joven. Tanto tiempo tratando de ir para adelante, porque la calle más que sacar brillo, pule. Se dio así.

—¿Nunca trabajaste con dirección de otro? ¿Sentiste esa necesidad?

—A veces no la sentís.

—¿Vas aprendiendo a medida que hacés?

—O te equivocás. Lo peor que podés hacer es seguir una idea durante mucho tiempo, porque la búsqueda es muy importante. Hay momentos mágicos, donde lo que hacés funciona pero también hay una forma, un decir, la edad. Las inquietudes son otras. Creo que el mayor alimento es el inconsciente. Y eso vos no lo podés parar. A mi no me gusta hacer un número para agradar.

—Pero es importante la mirada del otro.

—Pero no la tenés.

—En tu caso, cuando armás el espectáculo, no. Después, sí está.

—Pero más allá de eso, es como si yo acá estuviera diciéndote sólo lo que vos querés escuchar. Y el decir artístico es eso: decir. Nada más. A veces soy bien específico; otras, soy más abierto. Y de ahí surgen subhistorias, donde tu obra pasa a ser surrealista y eso vos lo hacés solo. Con la mirada de un director, también se pueden encontrar un montón de cosas pero yo nunca lo hice. Creo que nunca lo hice porque voy diciendo de a poco, respetándome mis tiempos, si estuviera con un director correrían otros tiempos. Me fui haciendo así, fui fiel a mí mismo, a lo que siento y pienso.

—¿Quién maneja a quién, digo, respecto a la relación con los muñecos?

—Creo que ellos. Pero bueno, lo cierto es que técnicamente no me manejan. Yo los veo como un instrumento y es como que a través de los años uno va pasando de nota en nota y de sentimiento en sentimiento. Ahora bien, y en otro sentido, lo que no tengo en claro es cuando te llaman para hacer algo o no te llaman. Ahí no sé quién maneja a quién. En realidad, yo genero una ilusión a través de ellos, los objetos, y ellos generan una ilusión en la gente y a la vez eso genera que se mueva todo. Y ahí es cuando no sabés quién maneja a quién.

—Se te va de las manos...

—Sí, muchísimo.

—¿Y quién queda más triste después de un espectáculo?

—Ufffff... yo tenía un espectáculo que se llamaba Ausencias, lo hice mucho tiempo, y trabajaba sobre los miedos y la ausencia, Pero no la ausencia por lo que se pierde; por ejemplo, la muerte, sino la ausencia presente. Lo hice y ahí corté los hilos, porque yo terminaba mal. Era muy fuerte. Ahí pasó lo anterior de lo que hablábamos pero pude cortarlo. Saqué lo que era la esencia y lo puse en Antología pero abro la ventana, la cierro, me muevo, no me quedo ahí.

— ¿Qué es lo que atrae de una marioneta?

—No sé, no puedo asegurarlo. En mi caso no creo que esto te permita meterte en no sé donde. Nos cuesta mucho todo. Siempre somos un arte menor, un arte de atrás. Es como "casi" teatro. Implementarlo para adultos, crear un público, que sea fiel. Yo no creo que tengamos un plus. Ni ahí. En el teatro se espera algo que ya se conoce. Nosotros tenemos que hacer eso y más. Imaginate en un teatro para 500, 700 personas, es todo muy condensado. Muy fuerte. A mi me sigue sorprendiendo la gente. Los psicólogos hablan de objeto transicional, que es cuando te alejan de la madre y te dan un muñeco. Pero con eso no hacemos mucho, la actuación también existe. Y existe muchísimo a nivel inconsciente. En lo mío le agrego el silencio, no hay palabra.


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