La primera vinería del país abrió en Rosario hace 60 años
Funciona desde el 18 de diciembre de 1965 en un local céntrico de 1908, según narran los hermanos Raúl y Rodolfo Di Vito, los hijos de Salvador, el fundador. "Fue la primera vinería de Rosario y del país, en Buenos Aires recién abrieron ocho años después"
Rubén y Rodolfo Di Vito: "Papá fundó la vinería en diciembre de 1965 y fue la primera del país"
El sábado 18 de diciembre de 1965 el pequeño empresario correense Salvador Di Vito abrió la primera vinería del país en una casa de 1908 del centro de nuestra ciudad. La vinoteca acaba de cumplir 60 años, ahora en manos de sus tres nietas, según revelan sus hijos Rubén y Rodolfo a La Capital, durante una charla de una hora en el sótano del local, donde desde entonces los Di Vito y sus descendientes organizan catas.
En estas degustaciones participaron entre otros Les Luthiers y el cocinero y catador de vinos Miguel Brascó, quienes firmaron el viejo libro de visitas. “Los muchachos de Les Luthiers venían a probar los vinos, elegían los mejores y después se los mandábamos, en especial a Daniel Rabinovich” confían los hermanos Di Vito. Y el enólogo Brascó estampó en el libro un dibujo y una llamativa dedicatoria: «Para los hermanos Di Vito. Demonios múltiples rosarinos añejos atesorados por los Di Vito en sus subterráneos secretos».
El contador Rubén Domingo Di Vito nació el 29 de noviembre de 1940 y su hermano Rodolfo Eustaquio Di Vito el 14 de octubre de 1943 en una casa de Ocampo casi Italia -frente al viejo tanque de Obras Sanitarias de la Nación-, en el barrio del Abasto, y son hijos de Emma y de Salvador, un pequeño empresario, “muy aventurero”, como lo define su hijo mayor, en el sentido que “hizo de todo: desde tener colectivos que hacían viajes a los pueblos hasta poner un corralón de materiales y sanitarios en Cañada de Gómez con un tío, comprar la Panadería Santa Fe, que estaba en San Martín al 3000, y finalmente fundar la vinería, en épocas en las que no había ninguna en Rosario y ni siquiera en Buenos Aires”.
Nacidos en el Abasto, “a 20 metros del tanque de Aguas Sanitarias” los Di Vito tenían un tío italiano verdulero: “Mi tío Felipe Salerno era verdulero con un carro de mano, que iba todos los días a buscar la verdura al Mercado del Abasto, hasta que el hijo le compró una chatita celeste, que hizo filetear toda, como acostumbraban a hacer los gringos en esa época” confían Raúl y Rodolfo.
Típico barrio rosarino de mediados del siglo pasado, “el Abasto tenía todas las calles empedradas, donde jugábamos todo el día a la pelota porque no pasaban autos y sólo pasaba el tranvía 23, que venía por Italia y doblaba en Ocampo. Jugábamos a la pelota en la calle Ocampo, donde había dos talleres mecánicos, y también en el parque”.
"Mi papá era muy aventurero"
“Mi papá siempre estuvo en el transporte de colectivos, con una línea de Rosario a Santa Fe y Paraná, a donde cruzaban con la balsa, primero, y después cuando recién salían las líneas de colectivo a los pueblos más cercanos. Mi abuelo Domingo era italiano y vivían en Correa, donde tenían un almacén de ramos generales, y donde nació mi viejo” recuerda el contador Rubén Di Vito, amigo y exsocio del Colorado Vázquez, uno de los integrantes de la Mesa de los Galanes, en El Cairo.
“En la década del 60 mi viejo compró la Panadería Santa Fe, que era un negocio grande por San Martín, que tenía una salida por Maipú, y los fines de semana nos llevaba a trabajar a las 4 de la mañana, lo mismo que en las vacaciones, era un sacrifico bárbaro” recuerdan los hermano Di Vito.
En el viejo local donde funciona la vinoteca “había antes una distribuidora de los vinos regionales sanjuaninos Güema, que se vendían en damajuana, de la Bodega Tambolar, por el nombre de un cerro de San Juan”. Rodolfo, que recién salía del servicio militar, vendía repuestos de camiones en su casa y un amigo que era socio de la distribuidora le ofreció venderle el negocio. “«Flaco me fundí, te vendo la distribuidora», me dijo mi amigo. Yo le conté la idea a mi papá, que era un tipo muy emprendedor y me dijo: «Vamos a vender vinos. Va a ser la única vez que me pongo de socio con mi familia». Y la sociedad se llamaba Salvador Di Vito e hijos. Empezamos a alquilar el local hace 60 años al abogado Armando Soria, un hombre buenísimo, que tenía el estudio en la planta alta. Mi papá hizo con él el primer contrato, después estuvimos varios años sin contrato, bastaba sólo con la palabra, pero nunca hubo un problema, y todavía seguimos”, historian los lejanos albores.
Los comienzos fueron duros porque sólo contaban con el capital inicial del padre y, además, tuvieron que desocupar el sótano que se extiende por una gran superficie. “El local estaba destruido, así que lo primero que hicimos fue empezar a arreglarlo un poco. Mi papá hizo hacer unos mostradores de madera, que todavía están en el negocio. Cuando llegamos el sótano estaba cerrado porque tenía tantos esqueletos de madera de vinos, que no se podía entrar, así que después de un tiempo empezamos a limpiarlo, en un trabajo terrible, que nos llevó varios meses”.
“Hemos pasado de todo”
En 60 años la vinoteca enfrentó y surfeó los avatares de la política y la economía argentinas. “Hemos pasado de todo: me acuerdo cuando a la moneda le sacaron cuatro ceros en los 70, con la ley 18.188, y también del Rosariazo, cuando prendieron fuego frente al negocio. Y en el Rodrigazo teníamos que vender los vinos al precio máximo porque no podíamos negarnos, te barrían todo, se venía la maroma. Había un negocio de artículos del hogar enfrente que cerró por vacaciones. Tardamos años en recuperar esa pérdida”.
El viejo negocio anterior de venta de vinos regionales sanjuaninos en damajuana y algunos productos de esa zona dio paso a la primera vinoteca. “Empezamos a traer vinos de toda clase, pero los primeros tiempos fueron muy duros porque a mi papá el negocio no le rendía lo que él esperaba. El tenía un capital que se le terminó y les pidió prestado a sus amigos y les pagaba los intereses. Mi viejo era un tipo que trabajaba todos los días, estaba acá todo el día y venía hasta los domingos. Y cuando se hizo la clientela y el negocio empezó a funcionar, a partir del 70 y el 71, en el 72 mi viejo se enfermó y en dos meses murió de un cáncer, a los 64 años”.
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Leonardo Vincenti / La Capital
Otro mundo por donde se lo mire, en los 60 no había vinotecas. “No había vinerías, el vino bueno se vendía en almacenes como el Pompeo o el Ibérico, que tenían fiambres, traían bacalao para Pascua y todo tipo de productos de muy buena calidad, entre ellos vinos”.
En los 60 y los 70 la gente consumía “vinos de mesa”, que en realidad eran vinos traídos en camiones tanque desde las bodegas de origen y fraccionados en cada ciudad, sin ningún tipo de control de calidad. Las madres y padres servían a sus hijos en edad escolar una pequeña medida de ese vino de mesa y completaban el resto del vaso con soda. Esa época terminó a mediados de los 80 “cuando durante el gobierno de Alfonsín se prohibieron el transporte de vinos a granel y el fraccionamiento fuera de la bodega. El vino tenía que ser envasado en origen, entonces empezaron a producir vinos de mejor calidad. El solo hecho de que fueran envasados en origen mejoraba la calidad, eran mejores porque acá los fraccionadores no se sabía qué le ponían. Había un vino que le decían hidromiel, lo hacían con miel, lo hacían fermentar y era cualquier cosa”.
Lejanas épocas en las que los vinos de mesa eran envasados en botellas de un litro, a diferencia de los vinos buenos, que venían en botellas de tres cuartos. Como las pinta la inolvidable anécdota de un viajante correntino de un laboratorio veterinario porteño, a quien su jefe le preguntó sobre su rendición de gastos: “Fulano: ¿a usted le parece comer con un vino tres cuartos?”. «¿Sabe qué pasa, jefe? Un litro me pareció mucho».
Vino envasado en origen
El cambio se tradujo en que las bodegas comenzaron a trabajar de otra manera. “Primero empezaron a envasar muchos vinos en damajuana. Me acuerdo que empezamos a traer el vino Villa Unión, de La Rioja. Trajimos un vagón del tren, que llegó a la Estación Francesa, donde ahora esta el Patio de la Madera. Y después empezamos a traer todo tipo de vinos: Talacasto, Suter, López, Bianchi, Colón”.
Otra característica de las costumbres en el consumo de bebidas alcohólicas en los 60 y 70 era la ausencia del champán en la mayoría de los hogares, donde los argentinos tomaban sidra, y sólo en las fiestas de Navidad y Fin de Año. “Mi viejo compraba sidra en la Navidad. Yo el champán no lo conocía. Chandón fue el que empezó a traer chamán. Acá estaban el champán Monitor, el Crillón, el Duc de San Remí y el Arizu, empezamos a traer todo eso en el 70, cuando vino Chandón a la Argentina. Hicieron una bodega en Agrelo, en Mendoza, y ellos cambiaron totalmente el concepto del champán en el país ¿Sabés cuánto aumentaba el consumo de champán por año en la Argentina? El 25%”.
Tiempos de comunicación y ritmo de vida más lentos, la llegada de Chandón a nuestro país no era aún tan conocida. “Había gente que había estado en Buenos Aires y nos decía que hay un champán que se llama Chandón. Y acá no lo conocían. Hasta que un día cayó un muchacho a vender fiambre y nos dijo que tenía un champán. ¿Qué champagne? “Chandón”. «Bueno, mandá 10 cajas». Venían cajas de 12 botellas. Al otro día vino el jefe de ventas de este muchacho a ver quiénes eran los locos que le habían comprado 10 cajas”.
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Leonardo Vincenti / La Capital
Los franceses de Chandón comenzaron a mostrar su champán con las degustaciones. “Fue una revolución porque era completamente distinto al Duc San Remí y al Monitor. Era otra cosa. Y los tipos fueron muy hábiles porque empezaron a hacer degustaciones”.
Consultado sobre la gente que elige el champán en lugar del vino, Rodolfo responde: “Eso pasa porque el champán se adapta desde que empezaste como un aperitivo hasta el final. Es lo ideal eso. Podés tomar eh toda la comida champán. Acá veo que a veces que la gente toma el champán al final, sólo con el postre”.
Interrogados sobre su preferencia sobre tinto a blanco, Rodolfo elige “más tinto que blanco, pero mi yerno, que es más joven toma mucho blanco y rosado”, mientras Raúl responde: “Me gusta más el blanco, pero soy muy selectivo, me gustaba el blanco que venía de Michel Torino”.
Sobre la costumbre de ponerle hielo al vino, o hasta soda, Rodolfo advierte que “eso no lo discuto, cada uno toma como le gusta. Yo, por ejemplo, a veces voy a alguna reunión de amigos y llevo un vino y veo que le ponen hielo o le ponen soda. Dicen que con tal que tome vino que lo tome como quiera, pero yo no soy de esa política porque al final lo desvirtuás. Ahora notamos que la gente lo enfría un poquito, el vino tinto sobre todo. Acá ponele que hacía 18 grados, venían 16 personas o 15 y subía la temperatura. Así que por eso, en Francia dicen que lo tenés que tomar a temperatura de sótano. Pero ellos tienen otro clima con menos temperatura.
"Un buen vino sube la categoría del restaurante"
Preguntados sobre la política de muchos restaurantes de cobrar una botella de vino por el precio de dos, los Di Vito sostienen que “en una época te lo cobraban el triple. Ahora están en otra, ahora están vendiendo, pero además hay otra cosa: si lo hubieran puesto a un precio razonable, digamos, cargarle un 30, un 40%, si son cuatro en vez de arreglarse con una botella toman dos o tres. Y además va a tener en todas las mesas gente que tome y si está tomando un vino bueno le da categoría al restaurante. Era lo que peleábamos siempre. Somos muy amigos de los hijos del dueño de Il Piccolo Navio, el restaurante más antiguo de Rosario. Era el Rich era el más antiguo hasta que cerró. Nosotros le vendíamos y le decíamos íntimo amigo”.
Otros tiempos por donde se los mire, Rodolfo compara la relación entre las partes del comercio del vino que había en su época con la actual: “Estuve en Chandón, en Francia, y también me invitaron a París. Había otro trato con los clientes, ahora ha cambiado todo. Ahora mis hijas se comunican con Chandón, ¿sabés cómo es ahora? Hacen el pedido por internet. Las atiende Juan Pérez por el correo electrónico. Por ahí el pedido no viene, pasa un mes y no viene. Se comunican nuevamente y le dicen: «No, Juan Pérez no está más» Y el pedido nuestro se anuló y no te avisan. Es otro mundo en el que yo no podría vivir. La semana pasada las chicas hicieron un pedido a Chandon, les entregaron la mitad y cuando preguntaron por el resto del pedido les dijeron que ya habían cerrado la facturación. «No facturamos más en diciembre». En mi época con los vendedores íbamos acá enfrente a tomar café y ellos te tiraban las ofertas. Ahora no, ahora es todo vía digital. No sabés quién es. Cada vez que Chandón cambiaba el gerente de venta venía el gerente saliente a presentar a los clientes al nuevo”.
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Leonardo Vincenti / La Capital
Si el vino aparece como un buen compañero de historias, saber el tiempo de guarda ideal surge como una de las preguntas que reciben. “Tenemos clientes que vienen y me dicen: «Tengo una botella de champán Pomerani en la heladera hace tres años. Y estoy esperando un acontecimiento para tomarla». ¡Pero tómesela a fin de año con sus hijos! «¿Y estará bueno todavía?» ¿Cómo no va a estar bueno? Los zumos son de un buen vino. Pero ahora no pasa más eso, ahora la juventud no piensa así. Ahora lo toma, no lo guarda”.
A la hora de elegir un vino tinto, Rodolfo confía que “hay vinos buenos como el Rincón Famoso, hay buenos vinos sin que sean los más caros de la bodega, no hay que llevarse por el precio”. “¿Te acordás del Río Secreto? Tiene un vino en botella de litro, un vino común, que es muy bueno” recuerda Raúl. “Es un vino de pizzería, muy bueno, y es el más barato”, completa Rodolfo.
El menor de los Di Vito argumenta con ejemplos que los mejores vinos no son siempre los más caros: “Una mujer dueña de una bodega en Mendoza tenía un muchacho ciego para degustar los vinos para la gente. Hizo una prueba de color: agarró un vino blanco, lo tiñó para que pareciera tinto y lo puso en una bolsa para que no se viera la etiqueta, y también embolsó el tinto. Y los sirvió a un grupo de gente invitada a la degustación. Todos le encontraban al blanco notas de cata que parecían las de un tinto. Les gustaba y encontraban todas las notas. Por ejemplo, decían que tenía gusto a cuero, a materiales con las características de un tinto. Pero el único que había acertado era el ciego, por eso tenía catadores no videntes. Los sentidos se potencian, al que le falta un sentido desarrolla más los otros. Y en Estados Unidos un somelier reconocido hizo una degustación, puso vinos tintos desde un precio económico hasta un precio alto, a ciegas. ¿Y sabés cuáles fueron elegidos los mejores? Los del precio relativamente medio bajo. O sea que la gente toma la etiqueta”.
A la hora de recordar los orígenes, cuando no había vinotecas ni siquiera en Buenos Aires, los Di Vito aseguran que “como acá había almacenes que te vendían vino, en Buenos Aires estaba La Flor del Paraná, que estaba en la calle Paraná, justamente, una panadería y fiambrería que tenía un poco de todo. Y después empezaron otros a vender vino entre el 75 y el 78 ahí cerca, por Callao. El Savoy vendía vino también, una confitería tradicional, a la que el Negro Olmedo le hacía aquella publicidad que decía: «¡Sa voy!» Ahí empezaron con la primera vinoteca, pero por lo menos ocho o 10 años después que la nuestra, seguro”.
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