Algo anda mal con la construcción en Rosario, muy mal. Ayer se produjo un nuevo
derrumbe en una obra, el tercero en apenas tres días, que causó dos muertos y cinco heridos, uno de
ellos de gravedad. Todo ocurrió a las 12.05 en la esquina de Santiago y Urquiza, donde se empezaba
a levantar un edificio de siete pisos a cargo del fideicomiso Espilocin SRL, para lo que unos once
operarios, todos paraguayos, estaban construyendo la primera losa de hormigón. Súbitamente esa
estructura cedió, arrastrando a unos cuatro obreros que estaban trabajando sobre ella y sepultando
a otros tres que habían quedado debajo. Justamente los tres que se llevaron la peor parte.
El escenario no pudo ser más dantesco, ni más confuso. A minutos de producido el
derrumbe, que los vecinos describieron como un "tremendo estruendo seguido de gritos", ya habían
llegado al lugar seis ambulancias, un camión de Bomberos Zapadores y gran cantidad de móviles y
motos de la policía, la Guardia Urbana Municipal (GUM), Defensa Civil y una grúa de Aguas
Santafesinas.
Para entonces, con sólo mirar lo que había quedado en pie de la estructura de
hormigón, estaba claro que habría albañiles apresados debajo de una montaña de maderas y hierros
del encofrado, mezcladas con cemento fresco. Durante los primeros minutos del operativo fueron
rescatados tres operarios (uno de ellos empleado de la hormigonera) que se encontraban sobre el
nivel superior del encofrado al momento del accidente. Media hora después sacaron en camilla a otro
muchacho que había quedado parcialmente sepultado. Tres de ellos fueron trasladados al Sanatorio
Laprida y uno al nuevo Hospital de Emergencias Clemente Alvarez.
Luego llegó una espera angustiosa, interminable, que culminó recién cinco horas
más tarde con el hallazgo de otro herido, esta vez grave, Edgar Menna (22), y de dos muertos, Isael
Ortigoza (20) y Héctor Jara (27). Durante esas largas horas, unos 15 rescatistas trabajaron sin
parar removiendo un amasijo de hierros, maderas y vigas del cemento que ya empezaba a fraguar. La
tarea pareció lenta y por momentos infructuosa, pero tanto desde Defensa Civil como el Servicio
Integrado de Emergencias Sanitarias (Síes) no se cansaron de explicar que la labor exigía esa
lentitud y máximo cuidado para evitar nuevos derrumbes que sepultaran aún más a los operarios
atrapados y también a los rescatistas y paramédicos. Al trabajo sumaron grúas, tronchadoras,
motosierras y otras herramientas para despejar el material.
Según explicó quien se presentó como un carpintero de la obra (pero que en
realidad resultó ser su capataz), Cayetano Báez, llevaban "hormigoneada media losa cuando un puntal
aparentemente cedió" y arrastró todo el resto consigo en un efecto cadena. Según Báez, la empresa a
cargo de la construcción se llama (o sería de) Martín Arce.
La habían inspeccionado. A metros del lugar, visiblemente conmocionado, se
encontraba también el arquitecto contratado por el fideicomiso, Diego Fernández Paoli, quien a lo
largo de todo el rescate fue la única persona que dio la cara por el lado de la patronal.
El profesional, que no estaba al momento del accidente, afirmó que los albañiles
contaban con todas las condiciones de seguridad y que la obra tenía habilitación y había recibido
inspecciones, entre ellas nada menos que una del Ministerio de Trabajo, el día anterior.
El subsecretario de esa cartera, Luis Ortega, también presente en el lugar
(donde 15 minutos antes del colapso habían clausurado parcialmente otra obra, en diagonal con la
colapsada), confirmó que la inspección se realizó anteayer a partir de una denuncia anónima que
alertaba sobre trabajo en negro.
Y justamente esa pareció ser una clave del desastre a la hora del operativo de
rescate: nadie informó oficialmente cuántos obreros estaban trabajando al momento del derrumbe, por
lo que los rescatistas no sabían, más que "por comentarios de los otros albañiles", cuántos
operarios podían haber quedado atrapados y tenían que buscar. Desde la GUM la tenían clara. "¿Quién
va a dar una lista si los tenían en negro?, se preguntaban.
Cascos. Otro dato fuerte de lo que pasó en esa esquina: se llenó de cascos.
Obreros y albañiles llegados de todas las obras de los alrededores opinaron, con rostros sombríos,
muchos con lágrimas en los ojos, sobre las posibles causas del derrumbe. La mayoría coincidió en
que se veían puntales demasiado finos y muy separados, que podrían haber cedido fácilmente por
sobrepeso de cemento.
Ahora vendrán las pericias —la causa está a cargo del Juzgado de
Instrucción Nº 5—, pero desde la Superintendencia de Riesgos del Trabajo avalaron algunas de
esas hipótesis. Las presunciones que desgranó desde ese organismo Laura Nonino apuntaron a que "la
losa pueda no haber estado bien sustentada por la cantidad y resistencia de los puntales", pero
también aludió a una cuestión de seguridad laboral: dijo que "nunca deberían haber quedado
operarios debajo de la losa mientras se hormigoneaba".
El resto de los entendidos, y los no tanto, conjeturaron razonablemente que,
como fuera, al derrumbe lo causó un error de cálculo, responsabilidad que le cabe a quien dirige la
obra.