La ciudad

Cuando ellas cuentan la historia

Un libro reúne la investigación de historiadoras sobre el rol que ocuparon las obreras del frigorífico Swift, entre 1930 y 1944. El valor del testimonio y la construcción de identidades.

Viernes 28 de Septiembre de 2018

Un barrio, Saladillo. Una fábrica, el frigorífico. Miles de trabajadores que se insertan entre esos dos puntos de una línea que marcará acercamientos y lejanías. Y entre ellos, las mujeres. Trabajadoras que se sumaban al plantel desde lugares que antes no habían ocupado nunca. Género, Memoria e Identidad: Historias de las trabajadoras de la carne del Swift Rosario (1930-1944) es una investigación llevada adelante por un grupo de historiadoras que luego se plasmó en un libro. Basada en investigaciones anteriores, en nuevos datos y en testimonios de testigos de esa época, la publicación bucea entre la memoria y olvido, en ese particular sitio donde se aloja el recuerdo como aporte a la construcción de identidades.

El libro, publicado por Del Castillo Editora, reúne las investigaciones y los textos de Beatriz Argiroffo, Roxana Cáceres, Débora Contadin, Flavia Mansilla y Alejandra Pistacchi, bajo la dirección María Pía Martín y Laura Pasquali. "El trabajo realizado centró su interés en el activismo de las obreras de la carne en la ciudad de Rosario durante el periodo 1930 y 1944, enfocado especialmente en el frigorífico Swift. En esos años se evidenciaron especialmente las condiciones del mundo del trabajo para las obreras, cómo fueron interpeladas desde las izquierdas y el carácter de su participación en los conflictos laborales", señalan Martín y Pasquali.

Pero el contenido del libro es aún más rico. Da cuenta de los acontecimientos que marca la historia pero también la vida cotidiana de ese universo que se instaló en esa zona de la ciudad y cómo se urdió una nueva trama urbana, social, gremial y política sobre una Rosario que se ensayaba como ciudad.

"Considerar la centralidad del frigorífico y la importancia del entorno barrial es, no obstante, el marco donde se inscribe nuestro objetivo principal: introducirnos en el complejo proceso de conformación de identidades obreras (militantes o no), en sus influencias e interacciones recíprocas y en los elementos de ruptura y continuidad al momento del paso al activismo gremial", advierten las directoras de la investigación.

El libro, que también está pensado para dotar de herramientas a las y los docentes para el estudio de la historia del país en las aulas, se desarrolla en cuatro capítulos, cuyos contenidos confluyen en un relato histórico que se puede apreciar en su totalidad al comprender la investigación en su conjunto.

"El Saladillo, barrio entre lo distinguido y popular", de Roxana Cáceres y Flavia Mansilla, describe los cambios que sufrió el territorio donde se asentó el frigorífico, cómo ese sector de la ciudad que había sido elegido por las elites rosarinas como zona de descanso cambió el perfil hacia un barrio obrero y popular. Sus calles pasaron de albergar villas y mansiones a ser ocupadas por trabajadores y trabajadoras.

Pero además en ese sitio también se asentaron instituciones y prácticas gremiales y políticas que hablaban de otro momento en el ciudad. La tensión entre el anarquismo y comunismo a lo que luego se sumó el laborismo o primer peronismo, con la creación de sindicatos y agrupaciones diversas construyó parte de la historia obrera de la ciudad. En esa línea de análisis se ubica el capítulo dos, cuya autoría corresponde a Débora Contadin, quien se detiene a estudiar la huelga en el frigorífico Swift en el año 1930. "A partir de ese desarrollo indaga en la participación de las mujeres en el conflicto, los cambios que esa experiencia imprimió a sus prácticas laborales y las huellas que la presencia femenina en esa lucha ha dejado en las memorias de las ex trabajadoras", explican Martín y Pasquali.

En el siguiente capítulo Alejandra Pistacchi aborda un suceso que no termina de presentarse con precisión: el desnudo de obreras que pretendían entrar a trabajar durante una huelga. "La omnipresencia del relato permite a la autora analizar cuestiones que tienen que ver tanto con la condición de clase, de género y el castigo a la traición, como con aspectos culturales sobre el cuerpo femenino que afloran en la rememoración del conflicto". Este capítulo es un verdadero ensayo sobre los límites y alcances del recuerdo, como material informativo, y sus implicancias, en este caso, sobre cuestiones de género y representaciones del cuerpo.

En el último capítulo, Beatriz Argiroffo examina la revista patronal Swiftlandia, una pieza comunicacional que buscaba unificar un discurso sobre las virtudes de pertenecer y ocultaba la realidad con la que los obreros y las obreras se enfrentaban a diario. La revista cimentaba la construcción de una empresa patriarcal que protegía a sus empleados y empleadas y cómo éstos participan, sin más, de una gran familia, anulando o negando cuestiones de clase y de género. De sus crónicas y fotografías podía deducirse lo que estaba bien y lo que no. Los uniformes, la aparición del pantalón, los matrimonios o nacimientos marcaban cómo debía ser el ritmo social para acompañar los días en la fábrica.

En diálogo con La Capital, Martín y Pasquali, junto a autoras del libro, dan cuenta de la investigación y detallan el proceso de construcción del libro.

—¿Cómo se conectan los ejes que atraviesan el libro, género, memoria e identidad?

—Laura Pasquali: Algunas de nosotras venimos trabajando esos temas en forma articulada para otros momentos de la historia argentina; se trata de una opción teórica y metodológica según la cual esas dimensiones que atraviesan la experiencia humana no pueden escindirse cuando hacemos investigación. En este caso, las vemos tensionadas en el mundo del trabajo que se imprime en la vida de las mujeres, especialmente en las obreras de un sector como el de la carne con tasas de explotación altísimas. De hecho, el relevamiento y análisis de fuentes nos permitió observar una identidad obrera del barrio Saladillo y evidenciar la importancia de las mujeres en el activismo sindical en un período que aún no había sido transitado. En ese caso fue central la articulación de historia, memoria, género y clase. Pero no sólo es una operación historiográfica. En todo caso, la operación historiográfica fue entender que rescatando las voces y las experiencias de las obreras, contribuimos a promover relaciones sociales antipatriarcales y emancipadoras en el presente.

—¿Cuál es el aporte de la mirada de género en la investigación histórica?

—Beatriz Argiroffo: Tomando el concepto de género de la historiadora Joan Scott, podemos decir que el género se refiere a un conjunto de relaciones y procesos y es una clave de interpretación social que nos permite pensar a la diferencia sexual como herramienta de análisis de las sociedades, motivo de conflictos, debates y disputas por el poder. En esta clave no alcanza con describir la experiencia de las mujeres sino que es menester articularlas con un orden social determinado. Si bien las mujeres comparten el hecho de haber sido omitidas de la historia, esto no significa que formen parte de un colectivo homogéneo. Incluir las mujeres y el género nos pone frente a la necesidad de contemplar la heterogeneidad de la experiencia femenina también en torno a la clase y la etnia. Hacer historia incluyendo la categoría de género implica, asimismo, repensar las fuentes, abrirle la puerta a la subjetividad, a lo simbólico, a la diferencia sexual como un campo a partir del cual se articula el poder.

—¿Por qué tomaron ese lapso, entre 1930 y 1944? ¿Y por qué el Swift?

—Débora Contadin y Roxana Cáceres: La elección de la periodización deviene de la constitución a fines de 1929 del Sindicato de Obreros de la Industria de la Carne (Soic), estrategia mediante la cual el comunismo buscó ganar adhesión entre los trabajadores y trabajadoras del Swift, disputando con los anarquistas. En los relatos orales recogidos nos llamó la atención que no aparecieron en los avatares de las memorias la presencia de un sindicato activo de izquierda previo al arribo del peronismo al poder. Por otro lado, las huelgas que abordamos en el desarrollo de los capítulos, rastreando el accionar de las mujeres trabajadoras del frigorífico, tanto en el ámbito laboral como sindical, forman parte del mismo período. De hecho, en enero de 1930, semanas luego de su constitución, el Soic llevará adelante una importante huelga en la que pudimos corroborar, a través de fuentes periodísticas, la participación activa de las obreras en la organización y sostenimiento de las acciones sindicales.

—Flavia Mansilla y Alejandra Pistacchi: El frigorífico Swift se presenta como espacio fabril de organización taylorista que sirve al estudio de un período de desarrollo del modelo económico de exportación de productos agrícolas y como evidencia de la gravitación de las organizaciones obreras. Particularmente, el frigorífico implicó la reconversión territorial de la zona sur de Rosario, antes abocada al ocio de la elite, y norte de Villa Gobernador Gálvez que configuró la identidad de la comunidad en torno a su existencia obrera. La planta del Swift se erigía como muestra cabal de esas cotidianeidades múltiples que nos permitirían anclar identidades personales en otras colectivas: género, etnia y clase social.

—¿Qué implicaba ser obrera por entonces?

—María Pía Martín: En la cultura de la época (décadas del 30 y 40), fortalecida en cierta forma por la radio, la música popular (el tango, por ejemplo) y el cine, era muy fuerte la imagen de la "pobre obrerita". El trabajo femenino estaba más asociado a la necesidad: era un mal necesario para garantizar el sustento de la mujer sola o completar el ingreso familiar. De esa situación la mujer podía liberarse si las condiciones económicas de su familia, o dentro del matrimonio, así lo permitían. En general, encuadrado en una matriz cultural, el trabajo femenino no era pensado en términos de derechos ni de decisión personal, más allá de cómo experimentaban estas mujeres subjetivamente su experiencia laboral, donde sí encontramos alguna disidencia. También el trabajo en el taller o la fábrica, más en este caso del frigorífico, se asociaba a un espacio que era dominio de lo masculino y la mujer quedaba sometida a prejuicios externos y muchas veces a abusos al interior del lugar de trabajo. Además, con condiciones laborales tan duras como las de los trabajadores varones, pero cobrando mucho menos, en ocasiones hasta la mitad de lo que se pagaba a sus pares masculinos. Lógicamente, el trabajo administrativo dentro del frigorífico era visto como de cierto privilegio, pero no obstante estuvo tensionado con la idea de priorizar la vuelta al hogar de ser posible, sobre todo desde el entorno de la propia familia. Por otro lado, corresponde recordar que las mujeres argentinas en general estaban disminuidas en sus derechos civiles y carecían de derechos políticos, a pesar de algunas iniciativas locales que existieron al respecto.

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