La principal amenaza para la seguridad energética mundial no es la falta de energía, sino la dependencia de un número reducido de países productores de petróleo. Cerca de una quinta parte del crudo que consume el mundo atraviesa diariamente un único corredor marítimo: el Estrecho de Ormuz. Cada crisis en la región recuerda hasta qué punto la economía global continúa expuesta a un puñado de actores y rutas estratégicas.
Los acontecimientos ocurridos a comienzos de 2026 fueron una demostración de ello. Apenas 24 horas después de los ataques israelíes sobre instalaciones nucleares iraníes, el precio del crudo Brent llegó a dispararse cerca de un 13%, reflejando la sensibilidad de los mercados frente a cualquier alteración en una de las regiones más relevantes para el abastecimiento energético mundial. Más allá de la evolución posterior de los precios, el episodio volvió a poner sobre la mesa una realidad que suele pasar desapercibida en períodos de estabilidad: la seguridad energética continúa siendo una cuestión central para el desarrollo económico y la estabilidad política de los Estados.
Durante décadas, el acceso a fuentes confiables de energía fue considerado un asunto estratégico. No se trata únicamente de garantizar combustible para vehículos o electricidad para hogares e industrias. La energía sostiene el comercio, la producción, el transporte, la logística y, en última instancia, el funcionamiento mismo de las economías modernas. En un sistema internacional caracterizado por la interdependencia, cualquier interrupción significativa en la oferta energética de una región puede generar efectos económicos y políticos a escala global.
Por ello, la energía no es solamente una mercancía. También es una fuente de poder. La capacidad de producir, exportar o controlar recursos energéticos estratégicos ha otorgado históricamente influencia internacional a numerosos Estados. Del mismo modo, la dependencia de suministros externos ha representado una vulnerabilidad para aquellos países con escasa capacidad de abastecimiento propio. En este sentido, Medio Oriente constituye quizás el ejemplo más claro de cómo la geografía de los recursos energéticos puede moldear la política internacional.
Sin embargo, el contexto energético actual presenta una diferencia importante respecto al siglo pasado. La transición energética global está comenzando a diversificar las fuentes de energía disponibles y a incorporar nuevos recursos estratégicos. En este escenario, los biocombustibles líquidos han dejado de ser una alternativa marginal para convertirse en una herramienta concreta de descarbonización, desarrollo productivo y seguridad energética.
Con frecuencia, el debate público asocia a los biocombustibles exclusivamente con la agenda climática. Sin embargo, su relevancia va mucho más allá de la reducción de emisiones. Cada litro de bioetanol o biodiésel que sustituye combustibles fósiles representa también una menor dependencia de importaciones energéticas, una mayor diversificación de la matriz energética y una mayor capacidad de los países para fortalecer su autonomía frente a las fluctuaciones de los mercados internacionales.
Los datos muestran que esta transformación ya está en marcha. Durante su presentación en el Congreso Maizar 2026, Agustín Torroba, Especialista en Biocombustibles y Energías Renovables del Instituto Interamericano de Cooperación para la Agricultura (IICA) y Secretario Técnico de la Coalición Panamericana de Biocombustibles Líquidos, destacó que más de 60 países utilizan mezclas de bioetanol y que 7 de cada 10 litros de nafta consumidos en el mundo contienen algún porcentaje de este combustible renovable. Asimismo, señaló que el etanol ya reemplaza aproximadamente el 8% de las gasolinas consumidas globalmente, mientras que el biodiésel se utiliza en 49 países y sustituye alrededor del 5% del gasoil.
Lejos de tratarse de una tecnología experimental, los biocombustibles terrestres han experimentado una masificación sostenida durante las últimas dos décadas. Estados Unidos consolidó el uso de E15 durante todo el año; India avanzó desde mezclas E20 hacia E25; Brasil continúa profundizando su liderazgo con mezclas E30 y proyecciones de alcanzar E32 en los próximos años. En biodiésel, Indonesia implementó B50 y Brasil proyecta alcanzar B20 en el corto plazo.
Estas experiencias demuestran que la transición energética no necesariamente implica sustituir de manera inmediata todos los combustibles líquidos por nuevas tecnologías. Por el contrario, los biocombustibles permiten avanzar en la reducción de emisiones utilizando infraestructura, vehículos y cadenas logísticas ya existentes, ofreciendo una solución escalable y disponible en el presente.
Las perspectivas futuras refuerzan esta tendencia. Además de su consolidación en el transporte terrestre, los biocombustibles comienzan a desempeñar un papel cada vez más importante en sectores de difícil descarbonización como la aviación y el transporte marítimo. Según destacó Torroba, la demanda de combustibles sostenibles para aviación (SAF) podría multiplicarse hacia 2050, generando nuevas oportunidades para las regiones capaces de producir materias primas agrícolas de manera sostenible.
En este contexto, las Américas ocupan una posición privilegiada. La región concentra algunos de los principales productores agrícolas y bioenergéticos del mundo, dispone de abundantes recursos naturales, cuenta con capacidades tecnológicas desarrolladas y posee una extensa experiencia en la producción de biocombustibles. Estados Unidos y Brasil lideran actualmente la producción global, mientras que países como Argentina, Canadá, Colombia y Paraguay cuentan con ventajas competitivas significativas para expandir su participación en este mercado.
Precisamente por ello, la reciente creación del Movimiento por la Transición Energética de la Movilidad durante el Congreso Maizar 2026 constituye un hecho de enorme relevancia para Argentina. La iniciativa reúne al sector público, al sector privado, al sistema científico-tecnológico, a organismos internacionales y a la sociedad civil para construir una agenda común que acelere la transformación energética del transporte mediante un enfoque multi tecnológico que incluye biocombustibles, electrificación, hidrógeno, biogás y otras soluciones complementarias. En este espacio, la Fundación Nueva Generación Argentina (FNGA) participa como la única organización de la sociedad civil entre las instituciones firmantes.
Su importancia trasciende la creación de un nuevo espacio institucional. El Movimiento representa una señal de largo plazo respecto de la necesidad de construir consensos estables para impulsar una política energética moderna y previsible. En muchos sentidos, refleja el camino que Brasil comenzó a recorrer hace décadas y que le permitió convertirse en una referencia internacional en materia de bioenergía.
Mientras el mundo continúa enfrentando las vulnerabilidades asociadas a un sistema energético altamente dependiente del petróleo, las Américas cuentan con una oportunidad estratégica pocas veces vista. La combinación de recursos naturales, capacidades productivas, conocimiento tecnológico y experiencia acumulada coloca al continente en una posición privilegiada para contribuir a la seguridad energética global. En un escenario internacional marcado por la incertidumbre, los biocombustibles no aparecen únicamente como una herramienta para reducir emisiones, sino también como una respuesta concreta para construir sistemas energéticos más resilientes, diversificados y seguros.