
Como ya pasó entre abril y agosto de 2017 con la represión bestial desatada por las bandas de Maduro en Caracas y el interior de Venezuela. Los asesinados por los "colectivos" chavistas, los cientos de jóvenes detenidos en cárceles remotas del interior y sometidos a cortes militares, o enterrados en el aterrador Helicoide, el cementerio de muertos vivos del Servicio Secreto Bolivariano en pleno corazón de Caracas, no merecieron ni una palabra de condena.
Es obligatorio preguntarse por las causas profundas de esta estrategia tan costosa, moral y políticamente. El antiimperialismo craso de Maduro y Ortega se repite por estas tierras en la militancia de base como única respuesta, cuando la hay. A un grado un poco más elaborado, algún profesor universitario desarrolló críticas, pero siempre anteponiendo los presuntos logros de la "revolución bolivariana". La razón de fondo es clara: la razón anticapitalista se impone a toda otra consideración. Es la lógica de exterminio del enemigo de clase de octubre de 1917, desarrollada con enorme "éxito" por todos los epígonos de Lenin con un saldo de un centenar de millones de muertos. Y la guerra de clases, una vez conquistado el poder, exige un aparato represivo abrumador.
El chavismo ha representado una variante "soft", más potable en una época de videos subidos en tiempo real: en lugar de la aniquilación genocida stalinista o maoísta se eligió la asfixia, que obliga a las clases medias urbanas a emigrar. Esta es, o era, el único sector social que podría expulsar al chavismo del poder, tanto por su número como por su producción de un discurso opositor articulado y su influencia decisiva en la formación de la opinión pública. Es clarísimo a estas alturas que los sectores que callan en Argentina y en el resto de América latina coinciden con esta estrategia represiva, que ha incurrido e incurre sistemáticamente en crímenes de lesa humanidad según los criterios del Derecho Internacional Humanitario y la Corte Penal Internacional (Estatuto de Roma).


