El intercambio resulta una experiencia interesante, nutriente y muy fuerte porque implica en cada adolescente una mirada innovadora hacia su propia historia y su vida. Es un crecimiento interno y un reposicionamiento subjetivo por demás de enriquecedor, y en este aspecto resulta muy valioso porque conocen cómo viven, piensan, sienten, se divierten y aprenden los adolescentes de otras latitudes. Supone una experiencia de vida muy fuerte en lo académico, cultural, lingüístico, afectivo y social. En lo académico porque se contactan con nuevas formas de aprender y de enseñar, nuevas metodologías, otros contenidos, otras formas de acceder y producir conocimiento dentro de un contexto nuevo y variado, en la mayoría de los casos con un soporte lingüístico diferente a la lengua materna. Además de lo estrictamente pedagógico que supone esta experiencia es innegable la riqueza que aporta en otros aspectos como otras formas de aprender, vivir y jugar; otras costumbres y otros hábitos alimenticios; otras rutinas; otra lengua y moneda; otras celebraciones y fechas patrias, y otras formas de festejar. Es descubrir la diversidad como un valor humano y un valor pedagógico, educativo.
































