La confitería Victoria —donde se paga de 80 a 100 pesos un almuerzo “ejecutivo”—, en la esquina de Bolívar e Hipólito Yrigoyen, explota de gente, como en todos los almuerzos, de lunes a viernes. Pollo deshuesado a la crema con papas noisette es uno de los platos del día. Del otro lado de la vidriera van llegando los camioneros. Traen sus propias vituallas, menos sofisticadas que las del Victoria, aunque muy bien regadas con bebidas de varios colores. No hay policías, tampoco miedo ni clima de tensión. Los mozos del Victoria trabajan a cuatro manos. “Un día normal, con más trabajo”, alcanza a decir un histórico que ya vivió centenares de actos en la plaza. Aunque siempre desde dentro del local gastronómico.
Casi las dos de la tarde, la movilización se acerca a su clímax, y con excepción de los 50 metros contra el escenario, ningún espacio de la plaza ni de sus inmediaciones luce colapsado ni impide el tránsito peatonal entre los distintos sectores. Moyano ya puso en la calle todo lo que podía poner. Bastante menos, o mucho menos —según quien lo quiera calibrar— de lo que esperaba: redondeando para arriba, unos 35 mil manifestantes.
Todo está listo, pero el acto se retrasa “porque estamos esperando que termine de hablar la presidenta por cadena nacional”, avisan desde el palco, con picardía. No es verdad que CFK esté usando cadena nacional, sí que esté hablando en un acto, en San Luis, y que algún canal lo transmite.
Antes de empezar, Moyano se da cuenta de que no logró producir lo que fue a buscar, y que el dispositivo mediático y político opositor esperaba: generar una novedad política. Sumar a otros sectores, sorprender canalizando un presunto malestar generalizado de los argentinos.
No hay sorpresa, a la plaza fueron los camioneros y una modesta participación de otros gremios. Por eso, al inicio del discurso, Moyano dice: “Es un paro de camioneros”, cuando fue anunciado como de “la CGT”.
Eso sí, como excepción que confirma la regla, Moyano contó con una docena de caceroleros de barrio Norte. Se ubicaron bajo el balcón del Cabildo. Hicieron sonar sus instrumentos. Pero muy pronto se corrieron de la galería: a falta de baños químicos, los militantes camioneros improvisaron baños en la recova. Ya fue demasiado para los vecinos de Callao y Santa Fe.
La primera cuadra de la avenida de Mayo la ocupó Barrios de Pie y otros grupos de la izquierda antikirchnerista. El equipo de sonido, con sus parlantes, estiró su alcance hasta la esquina de Chacabuco, a tres cuadras de Plaza de Mayo. Pero Moyano propaló al vacío en esas dos últimas cuadras.
La diagonal Sur, hasta dos cuadras del ingreso a la plaza, estuvo ocupada por camioneros. Al igual que el centro y el ala sur del histórico paseo. El grueso de la movilización fue del sindicato del Moyano. Le dieron a su el jefe número, y la consistencia política del acto.
El resto de la plaza, hacia el norte, cerca de las escalinatas de la catedral, fue para las huestes de Gerónimo Momo Venegas, los peones rurales. Y también para un grupo del Partido Obrero y otras expresiones de orientación trotskista que llegaron por diagonal Norte y se quedaron ahí, en la puerta de plaza. Como pidiendo permiso.
La clásica premisa política de ciertos partidos de la izquierda abstracta argentina, la de “disputarle la plaza a la burocracia sindical”, esta vez no se llevó a cabo.
El acto termina, no hay conflictos, todo tranquilo, cada uno a su casa. Tampoco hay nada nuevo en la Argentina. Un Moyano enojado forzó el acto que podía forzar. Y nada más. No hay un antes y un después. La Argentina sigue. l




























