
Por Claudio Berón
Foto de archivo / La Capital
La vivienda de Perú al 200 bis sufrió dos balaceras seguidas.
Noemí vivía hasta ayer en barrio Ludueña, donde había llegado en 2009. Es empleada doméstica y todas las mañanas toma el colectivo y va a trabajar cuatro horas en una casa de familia donde gana 14 mil pesos al mes. Además sobrevive con otros trabajos ocasionales. El fin de semana la mujer viajó a Buenos Aires a ver a un pariente enfermo y el sábado por la noche la llamó su sobrino para contarle que le habían baleado la casa. Lo mismo ocurrió el domingo, pero con más tiros.
“Yo no estaba, pero mis hijos y mis sobrinos sí. Mi hijo tiene 14 años y uno de mis sobrinos 22. Por suerte cuando escucharon los tiros se tiraron abajo de la mesa, si no estarían muertos”, contó Noemí a La Capital. Las balaceras se complementaron con una nota que le hicieron llegar el lunes con la siguiente amenaza: si no pagaba dos millones de pesos la mataban. Noemí leyó la nota una y otra vez la tarde del martes, mientras preparaba las valijas y buscaba un lugar para dejar sus muebles y otra casa para pasar la noche.
La mujer vivía hasta ayer en una humilde casa que alquila en Perú al 200 bis por 8.000 pesos mensuales. En 2019 renovó contrato y pagó por ello 42 mil pesos, dinero que “ya está perdido”, se resignó. “La policía me dijo que a los sicarios les gusta mi casa y que lo que pasa es que es una modalidad del barrio: te usurpan o te piden plata para que te vayas. Si tuviera 2 millones me habría comprado una casa, no estaría acá”.
Noemí vive con cuatro varones, dos hijos y dos sobrinos. Tienen 14 años; 16, 24 y 22 años. “Eran como las doce del sábado —relató la mujer— y los chicos escucharon una moto y los tiros. Se tiraron al piso y esperaron. Las balas entraron a la casa, perforaron la puerta y dieron contra las paredes. Fue un muchacho en una moto que se paró delante de la casa y disparó cerca de diez tiros. Y además balearon el auto de una de mis sobrinos”, dijo Noemí. La mujer se comunicó con su familia, quiso volver de su viaje, pero no lo consiguió.
Los jóvenes, sus hijos y sobrinos, supusieron que los problemas terminaban con esos tiros, pero no. El domingo mientras estaban en la casa tres de ellos hubo otro ataque: “Estábamos en el dormitorio y escuchamos otra moto y volvieron a tirar, unos cinco balazos más”, contó un hijo de Noemí.
La última balacera los decidió a abandonar la casa. El lunes volvieron a buscar ropa y entonces encontraron una piedra en una ventana. “Tenía una gomita elástica y un papel que decía «dejen la casa o son boleta, o pagás 2.000.000». Así es imposible”, dijo Noemí.
La mujer fue a la seccional 12ª a hacer la denuncia y allí le dijeron que debía ir a Fiscalía para que le asignen una custodia policial. “Fui y denuncié, pero no puedo esperar que pongan un patrullero en la puerta, eso lleva unos días y mientras espero me matan un hijo”, abundó.
Por otro lado, los policías fueron más sinceros con ella: “Me dijeron que me fuera, que como yo alquilo y la casa no es mía no tenía sentido que me quede. Pero esta es mi casa, mis hijos tienen sus amigos y la escuela. ¿Adónde voy a ir?”, se preguntó.
“Algunos vecinos me dicen que esto de que te pidan la casa es una modalidad en el barrio. Nosotros estamos juntando la ropa y nos vamos. No sabemos adónde” dijo la mujer, para agregar que, para mas males “encima a mi sobrino el lunes le pidieron la renuncia en el trabajo, porque el patrón le dijo que si le balearon la casa y el auto ya no era una persona confiable. Y todos nosotros somos gente de trabajo”.



Por Matías Petisce

