Hace unos meses falleció la hermana Celina. Con ese nombre, durante décadas y varias generaciones, la hemos conocido en el Colegio Nuestra Señora del Huerto. Luego fue amiga de mi familia y muy compañera de mi madre, hecho que tomo como una bendición, sin duda. Sí, hablo en realidad de la Hermana Teresita del Niño Jesús que tanto ha aportado dentro y fuera de la institución, hasta casi último momento. Con la alegría y vocación de siempre, y con un inquebrantable espíritu de servicio. Como era muy activa e inquieta, la conocía mucha gente, y las bromas que por eso recibía las compartía con simpatía y humor. Hace varios años, me invitó a un curso que se dictaba en el colegio donde terminé mis estudios. El mismo se hacía alternativamente cada año, en distintos institutos religiosos. Me asombró que gente que la conocía de otras convocatorias, le dijera con sorpresa, luego de saludarla: "¿Qué hace hermanita acá?". Obviamente desconocían que esa era su casa realmente, y que ahí prestaba su tarea afín, diariamente. Resultó gracioso para algunos. Era tanto su afán de estar, compartir y de dar testimonio desde su lugar, que nunca dejó de brindarse. Para usar una expresión popular, era más conocida que la ruda. Recuerdo aún ver la cantidad de oyentes de diversos oficios, profesiones y actividades de toda índole en la jornada que aludo, saludándola afectuosamente uno por uno. Con frecuencia recuerdo a un profesor que nos decía que lo que más cuesta dar al otro, después del dinero, es tiempo. Esto sin duda, en la religiosa que mencioné nunca tuvo cabida. No sé como hacía. Pero parecía fabricante de tiempo. Es indiscutible que ahí estaba la mano de Dios, para concretar lo que se proponía, y poder estar de la forma que sólo ella sabía. Con sus características inconfundibles aliviaba penas, injusticias y dolores del alma, conduciendo a quienes acudían a ella, con lo que su experiencia, firme vocación y vivencias diversas, le habían aportado a lo largo de su vida extensa como fructífera. Cuando enfermó mi madre, como hizo también con tantos otros, no sólo le impartía la comunión y leía junto un pasaje del Evangelio, para luego reflexionar sobre el mismo. Daba antes de retirarse, palabras de fe, de esperanza y apuntaba a la voluntad, como recurso valiosísimo ante las adversidades. Recuerdo charlas tenidas con la hermana sobre monstruosas injusticias institucionales, más la inconcebible intemperie e inconmesurable dolor y desamparo que ello genera. Por cuánto ha hecho con mamá y con quienes tuvieron ocasión de tener estos momentos de especial connotación junto a la hermana Celina, será imposible olvidar los mismos. Más bien quedarán guardados en muchos corazones, con el hondo reconocimiento hacia la perseverancia plasmada y el amor dispensado. Fue muy importante para mi madre contar con ella, y doy gracias que mis hijos tuvieron la suerte de conocerla y valorarla.




























