Existe hoy en día en Argentina una obsesión por la inseguridad y un temor hacia los pobres como nunca antes habíamos presenciado. Paradójico es que los que blandimos el miedo a cuatro vientos en las marchas contra la violencia somos los mismos que hemos parido una sociedad desigual y excluyente, violenta per-sé. Somos responsables de dejar a la buena de Dios a millones de personas, amontonándolas en los reservorios de pobreza que visten los cinturones de nuestras ciudades. A ellos les levantamos alambrados para encerrarnos en countries donde construimos nuestras seudovidas de ensueño, ignorando las necesidades de "esos", nuestros compatriotas que pasan hambre, frío y necesidades en sus refugios precarios. El día que marchemos insistentemente para exigir trabajo, educación y oportunidades para nuestros "miserables", habremos comprendido cómo atacar el flagelo de la violencia, del cual somos todos completamente responsables, víctimas y victimarios.




































