La evolución de las especies lleva consigo un razonamiento que es muchas veces difícil de metabolizar. Por estos días se debate en el Senado de la Nación el matrimonio entre personas del mismo sexo. Como es de esperar, algunos moralistas victorianos han alzado la voz espantados por las nefastas consecuencias de dicha unión. El autor de esta carta sostiene que el matrimonio no es un sacramento, no es una imposición o no debería serlo. El matrimonio es una institución cultural que se ha ido modificando con el paso del tiempo, es una construcción social que fluctúa y cambia de modos y maneras dependiendo muchas veces del contexto decoroso y ético de quienes lo piensen. La homosexualidad no se contagia, tampoco se trasmite, es una orientación sexual más en medio de una infinita multiplicidad del deseo donde no hay lugar para la normalidad, ni siquiera heterosexual. El medio parental sano de un niño adoptado por padres homosexuales tendrá las mismas posibilidades emocionales tanto de orden positivo como negativo. Lo importante aquí es lograr un equilibrio en la estructura del niño, una dignidad sostenida con amor original y correspondido. Su desarrollo ulterior puede ser tan sano como el de los niños que tienen una estructura familiar "normal", con la misma solidez y las mismas faltas. De aquí en más que se alcen las voces en repudio, el prejuicio sexual es tan arcaico como la historia de quienes lo sostienen.


































