Quienes expresan que nuestra Argentina actual no es previsible, no se ajustan a la verdad. Los hechos avalan esta afirmación. Comenzamos los primeros dos meses del año disfrutando despreocupados los innegables problemas del país; en marzo se ejecutan en diversos distritos, las infaltables huelgas docentes; a mediados de año, también en algunos lugares los alumnos toman colegios; el Indec, mediante complejos cálculos matemáticos, controla la armoniosa inflación mensual del orden del 0,8%. Indefectiblemente, en invierno falta gas y en verano electricidad; obras públicas planificadas para todo el año, como los puentes de los feriados, se ejecutan sin postergaciones; a fin de cada año los conflictos policiales y los saqueos navideños no pueden faltar en la mesa social de los argentinos. Las cuotas mensuales de secuestros y asesinatos se concretan sistemáticamente. Tanta previsibilidad se ha transformado en una aterradora adicción, al extremo de desear tener la “imprevisibilidad” de los países que llaman del primer mundo, “sumidos en el atraso”.































