Quisiera hacer eco de un homenaje al profesor que los chicos apodan "el Tucu". Al margen de los rituales adultos, algunos casi lúdicos, como la entrega de premios a elegidos por distintas cualidades, existen otros pequeños, espontáneos, sin enunciados resonantes, que también son importantes. Nadie discute que estamos involucionando en nuestros vínculos afectivos y éticos y los que más lo sufren son quienes están creciendo. Esto explica sus cambios de comportamientos, sus huidas a consumos lesivos, sus festejos de riesgo, sus lenguajes precarios y nuestra discapacidad para convencerlos. Debiéramos divulgar más los hallazgos de estudios transdisciplinarios, que hasta visibilizan en imágenes las consecuencias de la injusticia en ciertas etapas de la vida. Días atrás me llamó la atención que chicos de primer año, sus hermanos, padres y ex alumnos, repliquen fotos en los que sonríen rodeando al Tucu, profesor de geografía del Superior de Comercio. Deciden nombrarlo "el mejor de todos". Creo que es un ejemplo digno de ser destacado. Es probable que alguno cuestione su modo de actuar o lo califiquen de distintas maneras, pero hoy se sabe que es el recurso más eficaz para lograr que los alumnos presten atención y quieran su materia. Algunos la estudiarán el año que lo tengan como docente y otros cuando sean adultos y lo recuerden (las emociones y sentimientos no desaparecen). Quizás el Tucu sepa que la geografía del mundo, como la del cuerpo, no es estática, cambia e intercambia influencias, ni las rocas permanecen en su estado original y hasta una simple gota retenida superfluamente la convierte en territorio donde algo crece. Gracias Tucu por mostrar que el mejor nutriente para crecer y ayudar a "bien ser" es que los chicos te quieran y conviertan en brújula, al menos en tu hora de geografía.































