Hace alrededor de 20 años tuve oportunidad de viajar al nordeste de Brasil, específicamente a la ciudad de Fortaleza, un conglomerado humano numeroso donde pude observar diferencias socio-económicas muy marcadas. Al menos en esa época, compartían espacios físicos llamativamente adyacentes, el hotel cuatro estrellas y lo que nosotros llamaríamos en la jerga villera “el pasillo”. En esa oportunidad me sorprendió la mendicidad ambulatoria de niños y adolescentes que constantemente asediaban a los turistas en todo lugar y a toda hora del día y de la noche. No había visto fenómeno de tal magnitud en nuestro país. Como recorredor contumaz de bares y peatonales, hoy, después de tantos años, y en el conocimiento de que los países emergentes de la región han mejorado sensiblemente la condición social de sus clases menos favorecidas, veo en nuestras calles el lamentable cuadro de mendicidad cotidiana que me causó estupor en otras épocas y en otras latitudes. Si bien no me sorprende, lamento que las promesas enarboladas en estos treinta años de democracia, no hayan logrado (ya no pretendo, solucionar la pobreza), al menos detener el avance de la carencialidad. Es más, se ha sumergido en la marginalidad a vastos sectores sociales. La famosa retórica de que “con la democracia se educa, se cura, se …”, esto y lo otro no fue más que una falacia esgrimida electoralmente y que no funcionó ni con el gobierno que la prometió, ni con los que lo sucedieron. Pero intolerablemente, el actual gobierno, que esgrime por todos lados su espada del 54 por ciento de popularidad obtenida en las elecciones, que se autodenomina reivindicador de los derechos humanos, que repite hasta el hartazgo por cadena nacional su compromiso con los desposeídos, permite entre otras obscenidades políticas que su viceministro de Economía abjure públicamente de la seguridad jurídica, y nos sumerje (entre otras cosas) en un disparatado “modelo” que ha logrado incrementar los problemas de nuestra sociedad al punto de que ya no se sabe si tal circunstancia se debe a la ineficacia del “famoso modelo” implementado, o a la ineficiencia de los encargados de llevarlo a cabo. Las vueltas de la vida han convertido al país que lideró el Cono Sur del continente, en el paraíso de la desinversión, de la inseguridad, de la corrupción y de los mantenidos a costa de aquellos que trabajan. Miles de millones de dólares percibidos por el Estado en estos últimos diez años de una recaudación récord en la historia impositiva de nuestro país, nos han pasado por un costado sin haberse convertido en obras infraestructurales (las rutas son intransitables y la energía se nos escapa entre las manos en cuanto hace calor o frío); en mejores ámbitos educativos (hace años que el aprendizaje padece un progresivo desdibujamiento cualitativo y déficit cuantitativo). En lugar de fomentar la cultura del trabajo y la integración social, se invierten sumas siderales en el clientelismo más salvaje y degradante que ha conocido nuestra historia. El modelo se ha adueñado de la mente de los habitantes de nuestro país, al punto de sintetizar en una dependencia servil, la infra-subsistencia de diez millones de argentinos.
































