Un masivo e inusual reclamo de empleados del Servicio Penitenciario de Santa Fe
(SPP) instaló en el gobierno la sensación de que hay entablado un desafío para restaurar las épocas
de "mano dura". Los guardiacárceles suscribieron un petitorio en el que expresan vivir bajo una
situación de inseguridad y violencia que atribuyen a los internos. Situación que, según denuncian,
soportan "desde que estas autoridades asumieron la Dirección del Servicio".
Lo que despertó este planteo fue un incidente del viernes pasado en la cárcel de
Piñero. Allí dos jóvenes empleados fueron atacados en el acceso a un pabellón por tres reclusos con
precarias armas cortantes. Los guardias sufrieron cortes leves pero lograron zafarse. Lo ocurrido
conmovió a los empleados de la cárcel que en efecto contagio alcanzó a otras. El resultado fue el
petititorio firmado por 140 guardias presentado tras una masiva asamblea en Santa Fe.
En ese texto se expusieron solicitudes variadas: los empleados requerían
soluciones en la calidad del trabajo, regularización de licencias, asignación de bonificaciones por
tareas que implican mayor tiempo de servicio y un freno "a la violencia tanto física como
psicológica contra el personal que trabaja en cárceles de la provincia".
El secretario de Asuntos Penitenciarios, Leandro Corti, respondió con un escrito
en el que se fija un cronograma de encuentros a través de la elección de delegados entre los
penitenciarios para hacer racional la discusión. Pero en su entorno valoran que bajo la legitimidad
de ciertos reclamos asoma la arremetida de actores tradicionales del SPP, que añoran el retorno de
la "política del garrote" en las cárceles provinciales.
El SPP, a cargo de Mariano Bufarini, dio réplica formal al petitorio. El lunes
un grupo de guardias se reunió con funcionarios provinciales y acordaron una nueva cita para mañana
en la que estará el ministro de Seguridad Daniel Cuenca.
En torno del planteo de la guardia la conducción del SPP manifiestó que se
intentará dar respuesta a los reclamos laborales. Sobre el episodio de Piñero que motivó la
reacción, destacó que existió denuncia penal para identificar a los agresores de los empleados y
que nunca se dio instrucción alguna para que no se sancionen las faltas cometidas por los
internos.
Corti dijo ayer a este diario que se ofreció a los empleados un canal
institucional de diálogo con elección de delegados de las distintas unidades carcelarias para
discutir las reivindicaciones. "Los planteos serán escuchados pero teniendo en cuenta de que hay
ejes de la política penitenciaria que son de exclusiva competencia del Poder Ejecutivo",
subrayó.
La frase pareció destinada a la parte del petitorio que apunta a las autoridades
y a las situaciones "que venimos soportando", lo que al venir de una institución de seguridad
verticalizada que debe subordinación a sus mandos orilló el desafío político.
Tanto Leandro Corti como el director del SPP, Mariano Bufarini, son abogados
jóvenes y docentes universitarios. Ambos prosiguen, aunque con matices diferentes, un tipo de
gestión iniciada en 2004 que había implicado un abrupto golpe de timón en las políticas
penitenciarias santafesinas: la que encabezó Fernando Rosúa.
El pasado. En aquellos días en las cárceles imperaba una orientación fuertemente
cerrada a la visibilidad pública que estallaba en constantes motines y represión interna con altos
saldos en heridos y muertos. La cárcel de Coronda llegó a alojar 1.500 internos lo que convirtió a
esa prisión, la mayor de la provincia, en una hoguera con degradantes condiciones de vida
intramuros: se habían eliminado los trabajos en talleres, los presos pasaban la mayor parte del
tiempo encerrados y se colocaban dos y hasta tres internos por celda.
En ese contexto, y cuando empezaba a desmantelarse este rígido esquema,
sobrevino la masacre del 11 de abril de 2005, con 14 presos asesinados.
Desde entonces se intentaron proyectos que buscaban desactivar esa alta
conflictividad, restableciendo beneficios en las ejecuciones de las penas y derechos de los
internos, en un difícil entorno.
En ese lapso antiguos oficiales identificados con la tradición más represiva
fueron desplazados o perdiendo poder. En medio quedaban muchos empleados que realizan una tarea
riesgosa con derechos laborales precarios o negados.
En relación a esto último Leandro Corti planteó ayer su compromiso para
encontrar soluciones. El límite de las autoridades será reponer a los actores que predican el
retorno de políticas de "mano dura".