El pasado 11 de febrero falleció Juan Antonio Bupo. La razón de su vida, su pasión y mejor compañía fue su esposa. Sus amores: sus hijas. Su mayor debilidad y su bálsamo fundamental: sus nietos. Su orgullo era ser médico. Su enseñanza: los derechos y deberes humanos y la educación. Su legado: su ejemplo. El se cuidó, amó la vida siempre, curó muchos enfermos, fue fiel a sus deseos y sonrió constantemente. Queremos agradecer a todos los que lo quisieron. También a aquellos que profesaron con tanta vocación la medicina, ya casi artesanal, para con él. A los doctores Eduardo Baravalle, José Vincenti, a Oscar Tavella, su médico del alma, y a todos los integrantes de terapia intensiva del sanatorio Los Arroyos, que con tanta calidez y humanidad lo atendieron. Al padre Cacho, de la escuela Familia de Dios, que lo visitó horas antes de su partida. Seguramente Juan ha dejado sus huellas y la caricia de sus bellas manos en su familia, en sus amigos, en sus discípulos y en sus pacientes.


































