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Reacciones extremas

Motivan estas líneas, el hecho ocurrido el pasado sábado 22/03/14, en donde fue apaleado un ladrón por vecinos del barrio Azcuénaga. Es una creencia errónea de la actualidad pensar que quien delinque afecta sólo a la víctima.

Martes 01 de Abril de 2014

Motivan estas líneas, el hecho ocurrido el pasado sábado 22/03/14, en donde fue apaleado un ladrón por vecinos del barrio Azcuénaga. Es una creencia errónea de la actualidad pensar que quien delinque afecta sólo a la víctima. Afecta a la sociedad toda, pero más aún, al orden social. Una falta que sólo ofende a una persona es un hecho menor; un delito hace imposible la vida en sociedad. De esta forma, quien voluntariamente decide romper con el orden social, salirse (por motivos que no podemos profundizar ahora) del cauce impuesto por la convivencia armónica, se somete a los azares de la vida y del mundo que −justamente, y a diferencia de la sociedad− no tienen reglas. ¿Qué se quiere decir con esto? Que quien delinque pone en juego también su vida, ya que puede perderla en el desarrollo de su acto, por una acción de la policía que lo toma in fraganti, de la víctima que actúa en defensa propia, de él mismo (por ejemplo, cayendo mientras escala un muro) o de terceros, como es el caso. Allí, en esa nebulosa en que se encuentra al haber traspasado por motus propio la línea de la licitud, poco o nada pueden hacer los demás y el Estado para detener las fuerzas aleatorias de la naturaleza (entre las que se incluyen también ciertas conductas humanas cerriles). ¿Cuál es la respuesta esperable del Estado? ¿Acaso el Estado debe garantizar que un delincuente tenga éxito en su delito? Hay un modo de razonar que es el de la “supresión mental hipotética”. Esta teoría nos dice que habría que pensar qué hubiera pasado si “eliminásemos” mentalmente la causa que generó el efecto final. Llevado a lo que nos ocupa: ¿qué habría pasado si el delincuente muerto no hubiera intentado el asalto? ¿Si hubiera pasado por al lado de la chica de 21 años y su hija sin tratar de quebrantar su propiedad, la hubiese saludado amablemente tal vez, y hubiera seguido su camino? La respuesta es categórica: seguiría vivo. Reza un adagio latino: “Homo quisque faber ipse fortunæ suæ” (cada hombre es artífice de su propio destino). Hoy día, entre ciertas corrientes sociológicas y jurídicas que ven con indulgencia a la delincuencia, tienden a pensar en que sus autores son las verdaderas víctimas, que su origen social marginal los determina al delito, no les deja otra opción (?). La única verdad es que, le duela a quien le duela, y a pesar de que se inventen subterfugios legales de cualquier índole, los delincuentes son responsables de sus actos, y en este caso hasta de su muerte, y ser pobre no es una justificación. “El hombre es libre, responsable y sin excusas”, decía Jean Paul Sartre. Optar por delinquir es asemejable al suicidio: no hay otro responsable de lo sucedido que el propio suicida. Cierto es que no podemos permitir la justicia por mano propia, ni los linchamientos por particulares, porque de esta forma también la vida en sociedad es insostenible, pero no menos cierto es que los vecinos que cometieron tal hecho, no son hordas barriales que andan buscando motochorros para apalearlos. Fue una reacción. Desmedida probablemente, pero reacción. No sé si es algún tipo de aliciente o si opera como exculpante. Habría que ser perito para determinar si, así como un individuo puede actuar en emoción violenta, no pueda hacerlo una masa, por lo demás, agredida en primera instancia, azuzada ante la presencia de una iniquidad, habitual y reiterada, provocada por una infamia cometida frente a sus propias narices. Pedir cordura puede resultar banal, pidamos que se vuelva al respeto a la ley y al otro. Sin delitos se acabarán los linchamientos.

Silvio Pasotti / DNI 28.524.478

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