El espacio público es de todos. No reconoce dueños. Reniega de las fronteras. Es vivencia y expresión de lo colectivo. La construcción, en su interior, de cercamientos profana su esencia. Invalida su razón de ser. Desconozco las razones que motivaron al autor de la iniciativa, Carlos Comi, y a otros concejales de proponer la construcción de lo que yo denomino "prisiones a cielo abierto", en los parques y plazas de la ciudad. Tal vez el fundamento del proyecto esté relacionado con la incomodidad de algún rosarino que mate en mano observa contrariado que un perro se entretiene en las cercanías de su espacio de ocio. Si ese modelo social que invisibiliza lo que no se desea ver es el que guía a nuestros representantes más que apenarnos deberíamos preocuparnos. La separación entre el animal humano y los otros animales que el hombre ha domesticado y puesto a su servicio es artificial, arbitraria e inapropiada desde el punto de vista natural, social y educativo. Implica un retroceso en la evolución psicofísica y un desmerecimiento de los valores trascendentes. El respeto a la educación ambiental, a la diversidad biológica y a una cosmovisión unitaria y totalizadora que dispone el artículo 41 de la Constitución nacional queda relegado al olvido en esta normativa municipal. La historia de la humanidad es un relato de trágicos sucesos en cuanto se pretendió segregar un determinado grupo de individuos del resto de un colectivo. Ghetto, apartheid o simplemente cerramiento, estos términos connotan una política autoritaria y favorable no sólo a la exclusión sino incluso a la expulsión del no aceptado. El proyecto de crear sitios de libertad condicionada para perros gatos y sus familias responde al paradigma que fundamentó la visión del mundo del siglo XIX, atomista, elementalista, que dividía la realidad en compartimientos estancos. El siglo XXI con criterios sistémicos ,ecologistas y globalizadores está en las antípodas de ese pensamiento. Encuentro Proteccionista Dian Fossey manifiesta su desacuerdo con la normativa que modifica la ordenanza 7.445 y tal vez, como la inmensa mayoría de los ciudadanos rosarinos, elegiría como su representante en el Concejo municipal a aquellos legisladores que prefieran el perro al collar, como supieron decir Benedetti y Serrat, aquellos que ordenen, como el poeta Guillen, abran la muralla o a quienes siguiendo a Pink Floyd destruyan los muros para permitir la armónica convivencia entre las especies.

































