Mucho me interesan los derechos humanos de las personas por nacer, de tal forma que siempre he considerado que un hijo no querido o traído a la vida para que nazca deformado, desnutrido, abandonado o privado del afecto y atención que necesariamente necesita para su crecimiento y desarrollo y que la sociedad en ciertas circunstancias no puede brindar, lo determina a una muerte segura. Sólo debemos consultar las estadísticas de los niños y jóvenes que mueren en miles y miles por las carencias necesarias para desarrollarse en los primeros años de vida para posibilitar su supervivencia. Las posturas confesionales alrededor de la figura del aborto determinan el sometimiento y la opresión de la mujer en su condición de tal, le quita toda posibilidad de ejercer su libertad plena sobre la decisión de ser madre o no. La defensa de los derechos humanos lleva implícito el ejercicio de un derecho que surge de una necesidad. Nuestros niños y jóvenes con su padecer en esta sociedad por el hambre, el abandono, el gatillo fácil, su explotación laboral, la carencia de trabajo, la droga y otros vicios ameritan el derecho que posee la mujer de decidir acerca de la eventualidad del nacimiento. Esto hace al respeto irrestricto de la vida y las garantías para su supervivencia fuera y al margen de cualquier confesionalismo, tantas veces atrapados por el oscurantismo.






























