Las compañías de telefonía celular han avanzado en su carrera por el dominio del mercado. Esto es así porque traen y administran tecnología masiva de punta y además porque son absolutamente consecuentes, tenaces, disciplinados y leales en sus políticas de expansión y ganancias. Para lograr sus objetivos se valen de todo lo que el hábitat donde deben desenvolverse les brinda. Aun obstáculos en apariencia insalvables son modificados para usarlos a favor. Se podrá o no estar de acuerdo respecto de la forma en que "arrasan" con los mercados, pero no se puede ignorar que sus políticas planificadas al detalle son para ser cumplidas desde el gerente de la compañía hasta el cadete y, por supuesto, no es materia opinable. ¿Y dónde se apunta con este comentario pro-empresa telefónica? No caben dudas que si estos empresarios por alguna razón, no importa cuál sólo imaginémosla, deberían reemplazar sus actuales objetivos de "más venta, más ganancias" por el de "más bienestar para el ciudadano", usando todo el potencial humano del que han dado muestra ser capaces, nuestro país despegaría como un cohete Saturno hacia un destino de grandeza envidiable. Inevitablemente, esa potencialidad contrasta salvajemente con la mediocridad de nuestro Congreso y poderes públicos, los cuales lejos de elevarnos hacia el añorado destino, aplastan contra el suelo nuestras ilusiones con el peso aborrecible del desinterés y el vacío total de altruismo. Una sesión legislativa argentina, comparada con las reuniones de gerencia de cualquier compañía telefónica, proyectan la idea de un carruaje al lado de un Airbus 380. Quizás por eso nos cuesta tanto avanzar en el tortuoso camino en búsqueda de una dignidad que, muchas veces, ni recordamos para qué servía.


































