Mi propósito es referirme a una situación calamitosa por la que está atravesando nuestra querida patria. Desde que ella nace, las luchas intestinas, amén de la procura de grandes próceres arquetipos de la emancipación, propendieron a la formación de un país con actitudes progresistas -excepción a la regla, aquellos apátridas que aún hoy su filosofía tiene plena vigencia- lucharon denodadamente, sacrificando vidas humanas cuya sangre nutrió de algún modo nuestro suelo. Muchos héroes anónimos que entregaron su vida, cuántos padres, hijos, novias derramaron lágrimas ante la pérdida de la vida en aras de libertad, en muchos de los casos dando todo de sí, para generar una patria grande. Muchos en el bronce, muchos en el olvido. Está la historia plasmada en libros, en museos, en el bronce o el granito. Una dedicatoria al soldado desconocido, pero a sus queridos quién los recuerda. Hace unos años nuestro querido país tuvo un ejemplo más que diabólico de lo que significa una contienda bélica a la moderna. El sufrimiento por esa desafortunada decisión, dejó una impronta difícil de olvidar. Los seres queridos de los que perdieron la vida, sufren o sufrieron en forma directa, los de afuera, sentimos rabia, impotencia y tristeza. Esto de todas maneras forma parte de nuestra historia. Pero el camino conducente a la debacle, sigue un ejemplo pero moderno sin lucha armada, frente a un enemigo que no es ni nada más ni nada menos, un contrincante político. En suma, una piedra de tropiezo para aquellos que quieren sostener el poder o ascender a él. Un elemento que es en todo caso una máquina de impedir. Muchos años pasaron como lo hicieron muchos que estuvieron en el poder o en cargos legislativos que a la larga si bien se consiguió acercarse en algún momento a competir sin diferencias con lo que después se constituyó en el primer mundo. Moneda fuerte, lingotes de oro que impedían el paso por los pasillos del Banco Central, todo se esfumó, se volatilizó como el humo del cigarrillo. Hoy, en el concierto mundial estamos enancados en la debacle. Países emergentes o en vías de desarrollo, algunos nos sobrepasaron. En buena cantidad de estadísticas, estamos lejos pero muy lejos de aquellos que sufrieron el rigor de dos tremendas contiendas bélicas. Nos están mirando desde muy alto. Ya no tenemos héroes. Queremos endiosar a algún pseudo ídolo deportivo, espécimen innombrable al que sólo le falta que le hagan un monumento en algún espacio público importante. Pero, la frutilla del postre la constituye incuestionablemente todo aquel ciudadano que ha ascendido al poder desde tiempo inmemorial y los que hoy aspiran a jurar por Dios y por la patria, a sabiendas que nuestra idiosincrasia no nos permite constituirnos en un país progresista. Cientos y cientos de funcionarios, amén de legisladores nos han sumido en una calamidad que costará revertir. Algún trasnochado dice por ahí: la mejor arma es el voto. Cuando se impuso el término utopía, ¿se habrá pensado en Argentina?


































