El motivo de la presente es expresar mi más indignante reclamo acerca de las gravísimas falencias y pésima atención que brinda el Sanatorio Laprida para con sus pacientes. Me refiero a los que no ingresan al sector VIP. A continuación, una breve crónica en la que manifiesto los padecimientos de un paciente (mi esposo) durante su estadía en el mencionado sanatorio. El 18 de enero ingresó a la guardia, bajo cobertura de La Segunda ART con un prediagnóstico de “traumatismo lumbar”. Deciden su internación debido al dolor. El profesional de turno ordena placas radiográficas y una resonancia magnética de columna. Realizadas las placas lo trasladaron en camilla a la habitación 112 (1º piso). El paso de la camilla a la cama lo realizó un camillero que creyó que lo que transportaba era un saco de harina y no una persona (aún no sabíamos el resultado de las placas, por lo tanto se desconocía qué tan seria podía ser la lesión, más aún, podía haber estado comprometida la médula). Al quedar el paciente gritando de dolor sobre la cama y ante mi queja por la falta de cuidado, la respuesta fue: “No hay otra forma de hacerlo”. El sanatorio debería conocer que existe un elemento (tablas de inmovilización) que se utiliza en estos casos (quizás yo confunda los términos técnicos, básicamente porque no soy médica, pero las tablas existen). Cuando el paciente logró relajarse un poco y disminuyó el dolor (fue medicado con analgésicos y antiinflamatorios) observé, no sin asombro, que nos encontrábamos en una habitación donde funcionaba un ventilador (muy ruidoso) y la temperatura ambiente en ese lugar superaba ampliamente los 40º. Quise lavarme las manos en el baño y no había toallas. Cuando pedimos una nos respondieron: “Cuando haya le traemos una”. Quise servirle un vaso de agua a mi esposo, no había hielo. El familiar del paciente con quien compartíamos la habitación me indicó: “Tenés que ir a buscar a la cocina, en el 2º piso”. Ahí me entregaron el hielo en una jarra de plástico sin tapa. Así pasamos la noche. El domingo 19 amanecimos con el sol que daba desde tempranas horas de la mañana sobre una ventana con vidrios corredizos que ejercían un perfecto “efecto lupa” sobre la habitación, mientras una delgadísima cortina blanca pretendía menguar inútilmente la claridad y el calor sofocante. El paciente pasó todo el domingo con la espalda pegada a unas sábanas empapadas por la transpiración. El lunes 20 logré que lo higienizaran, que trajeran una toalla y le cambiaran las sábanas (dos días, higiene y salud van de la mano). La resonancia tuvo que esperar hasta el lunes porque los fines de semana “no hay quién las realice”. Desde temprano (del lunes) esperábamos ansiosos que lo vinieran a buscar a su habitación para realizar la práctica (que sabíamos ya estaba debidamente autorizada por la ART). Llegó el doctor Néstor Yunis y dijo: “Voy a ver la resonancia y si está todo bien te firmo el alta” . Esta práctica no se había realizado aún. Después de varias idas y vueltas, caminar pasillos, subir y bajar escaleras, descubrimos que se había perdido la orden, por lo que el doctor debió confeccionar una nueva. Finalmente, se realizó la práctica con un resultado de aplastamiento de vértebra lumbar, y el paciente fue dado de alta con las indicaciones del tratamiento a seguir. Una vergüenza, desidia total, falta de contención, irresponsabilidad, desorganización administrativa, desinterés por hacer más llevadera la estadía de los pacientes, y lo más grave, la falta de respeto hacia las personas y sus derechos. Me pregunto con mucho dolor, dónde está la vocación de servicio, descubro con impotencia que los hospitales públicos no tienen nada que envidiarle a ese sanatorio. Sanat orio: etimológicamente significa: lugar donde se sana. Espero que mi reclamo llegue a ser escuchado por aquellos que les compete mejorar y exigir el buen servicio hacia quienes lo merecen.



































