La carta de Marcelo Castro Corban del 29/05/10, proponiendo la reforma constitucional, me sugiere una reflexión. A raíz del Bicentenario de la patria, observé la realidad argentina y pude verificar en primer lugar una Argentina que se desangra en medio de la anarquía, donde todo vale, sin sujeción a ninguna autoridad (veamos las diarias crónicas policiales); y en segundo lugar, una Argentina violenta, donde la irracionalidad y la prepotencia campean por doquier, socavando el orden jurídico e institucional. Contrariamente a lo que sostiene Castro Corban, pienso que no se sale de este estado de anarquía y postración moral reformando la Constitución, sino cumpliendo los deberes jurídicos que ésta nos impone y cuyo fundamento se encuentra en el orden natural establecido por Dios y que impera sobre todos los hombres cualquiera fuese su nacionalidad, raza, credo, principios filosóficos o ideología política. Siendo naturalmente libres y por ende artífices de nuestro destino temporal y eterno, los argentinos no lograremos la paz y la concordia mientras sigamos culpando a los otros y omitiendo asumir nuestra cuota de responsabilidad en el quehacer patrio, como lo asumió a nivel mundial el Papa Benedicto XVI, ante los periodistas que lo acompañaron en su viaje a Portugal (La Capital del 12/05/10, página 20). Cuota que como argentinos debemos asumir en el ámbito patrio para vencer la anarquía y la prepotencia; restableciendo, con verdad, justicia y amor, el principio de autoridad en la familia, en la Iglesia y en la sociedad, incluyendo en esta última los entes pluripersonales de carácter civil, comercial, deportivo, cultural, gremial, etcétera.



































