Hace poco en la plaza Sarmiento viví un hecho no muy común, por suerte. Una vez más, la falta de respeto dio el sí, dejándome sorprendida. Subían algunos pasajeros al ómnibus que supuse me llevaría a destino. Tomé la pausa que el conductor hizo mientras subían los pasajeros para hacerle una pregunta puntual. Concretamente si me dejaba en el sitio dónde debía concurrir. Lejos de contestarme con un sí o un no, me respondió el hombre sin inmutarse: "No es mi tema". No sé si estaría de mal humor o es mal educado por naturaleza. Tampoco es algo que viene al caso. Mi vista me impidió tomar datos básicos de la unidad. Pero lo contradictorio en este señor es que sí era y es su tema. Sabe el recorrido que hace diariamente, y una pregunta hecha con educación merece obviamente ser contestada, y de la misma manera. Sólo sé de la línea que se trataba, pero con eso sé que no hacemos mucho. No le pregunté al aludido por la receta de un budín, tampoco por los componentes de un remedio ni nada que no haga a su conocimiento y labor habitual. Es asombrosa la manera en que a veces nos maltratamos. Esto intoxica a la sociedad y lo peor es el acostumbramiento a lo que no debe ser, y el ejemplo en jóvenes y niños que presencian y conviven con una realidad por momentos difícil de digerir, ya que lastima, hiere y no aporta más que una rutina que deberíamos cada tanto revisar en vez de ignorar. Este conductor, con trabajo y sueldo, aparte de ser un atrevido es desagradecido en su actitud y gesto inadecuado.


































