En casi todas las civilizaciones, habitaran en el trópico, las estepas, los llanos o la montaña, durante siglos se respetó a los ancianos y a las personas maduras por la experiencia acumulada en sus vidas. Eran referentes para la recolección de frutos y raíces, así como para aportar en las estrategias de cacería de animales de gran tamaño como los bisontes. Los estudios antropológicos y muchos hallazgos arqueológicos avalan lo antedicho. No estamos hablando de un culto de la gerontocracia, ya que además el aumento del promedio de vida y su prolongación por medio de la medicina es relativamente reciente. La instauración del neoliberalismo en Occidente a partir de los años´80 del siglo XX es portadora de una serie de valores y desvalores, siendo estos últimos los que instalaron el culto de "la eterna juventud". En efecto estas políticas socioeconómicas implicaron flexibilización y precarización laboral y reconversión productiva de fuerte talante regresivo para los trabajadores, manipulación y/o aniquilamiento de las organizaciones de defensa de los trabajadores. Para esta nueva realidad es preciso que la fuerza de trabajo sea dócil, sin experiencia de beligerancia por sus derechos como trabajador y sin conocimiento de la historia social de los pueblos. Aparece lo que Michel Maffesoli llama el vértigo de lo instantáneo, la seducción del "instante eterno de goce", el justo a tiempo, la cultura del "hedonismo compulsivo" y el salto hacia adelante, "nada sucedió antes de nosotros". Bien sabemos que no es así, somos tributarios de las generaciones anteriores con sus aciertos y errores, somos herederos de nuestros hermanos antropoides de la Edad de Piedra pero no deseamos volver a ella. Eduardo Galeano escribió hace algunos años, en simultáneo con el proceso de generalización neoliberal un libro esclarecedor titulado Uselo y tírelo, allí describe cómo en medio de la devastación ecológica global, se da el "descarte" de personas como si fueran fósforos usados. Claro, se desplazó de la vida social a las personas maduras, pues el sistema considera que ya cumplieron su ciclo, o bien deben dejar espacio a los jóvenes que comprenden las nuevas reglas de juego. Una lógica de la exclusión social que en lo esencial no parece haberse revertido. Nosotros consideramos que ninguna persona es descartable y por lo tanto todo intercambio intergeneracional es lo deseable, cimentando las relaciones sociales en la solidaridad y no en la competencia y la "supervivencia de los más aptos".


































