La tecnología (y la web en particular) nos ayuda a vivir más rápido y, en
algunos casos, mejor. Tenemos mil veces más información que la mejor enciclopedia, muchísima más
música de la que vamos a poder escuchar en toda la vida y herramientas que simplifican el trabajo
cotidiano. La lista de beneficios es interminable pero, al final, bien en el fondo, sobrevive un
sentimiento de nostalgia y, quizás, hasta culpa.
Tal vez sea solamente una cuestión generacional, probablemente para los nativos
digitales leer el diario en papel sea un estorbo, comprar música en la disquería sea una antigüedad
y pagar los impuestos por internet sea lo más seguro del mundo. Pero aquellos que hace quince años
no teníamos nada, absolutamente nada parecido a la web, hoy convivimos con una múltiple sensación
de deslumbramiento, desconfianza y, sobre todo, melancolía.
Ahora podemos bajar de internet en un par de minutos "El perseguidor" y leerlo
al ritmo de un mp3 de Charlie Parker haciendo el solo de "Yardbird suite". Pero no, no es así como
se lee a Cortázar. Se lee sosteniendo el lomo del libro con ambas manos, pasando las hojas de a una
y marcando la página con un señalador. Un señalador de cartón, no el bookmark del navegador.
Incluso las compras del supermercado se pueden hacer sin moverse de la compu. Se
ahorra mucho tiempo. Pero ese carrito virtual no reemplaza ni por asomo al otro, al carrito de
verdad, el que se empuja entre las góndolas y que se va llenando de cosas que ni soñábamos comprar.
Me encanta ir de compras al súper (aun con poca plata para gastar), no puedo resistir la tentación
de visitar un local que no conocía.
Tengo una colección de un suplemento de computación que se publica todas las
semanas, desde hace más de diez años, con la edición de un diario. Tengo casi todos, deben faltar
cuatro o cinco, no más. Los tengo indexados en Excel, de manera de poder consultarlos sin tener que
encomendarme a la tarea ciclópea de revisarlos uno por uno. Bueno, en rigor,
tenía: por cuestiones de espacio y tras largas meditaciones me ví obligado a deshacerme de
todos esos kilos de papel prácticamente obsoleto (diez años en computación son bastante más de una
eternidad). Es verdad, está todo en internet, es muy simple y práctico buscar cada tema, pero
hubiese preferido conservar ese papel añoso, ajado, amarillento. Insisto: nada como el papel, aun
con el daño ambiental que provoca la tala de árboles.
Mi círculo en Facebook se acrecienta día a día. Puedo mirar las fotos de
familiares y amigos de carne y hueso, saber en qué lugar del mundo está cada uno y en qué anda, y
también encontré amigos
perdidos y fui encontrado por compañeros de secundaria y hasta de la primaria. Pero nada
reemplaza a una buena reunión en vivo y en directo, de esas que incluyen bebida, comida, música de
fondo, anécdotas, humo de cigarrillo y risas.
Los sitios de mapas satelitales son, para mí, el mayor invento desde la rueda.
¡Qué inmenso placer
sobrevolar las calles por las que alguna vez caminé! Ver desde el cielo aquella plaza, la
costanera, la cabaña donde pasé esas vacaciones, el patio donde jugaba cuando internet todavía
estaba en los planes de unos pocos iluminados. Pero, ¿de qué sirve navegar virtualmente por Rio de
Janeiro sin tener la ilusión de volver a pisar el calçadão de Copacabana, de oler nuevamente ese
aroma dulzón de Ipanema, de descubrir entre las nubes al Cristo con sus brazos abiertos sobre
Guanabara, de sentir el viento en la cara trepado al bondinho de Santa Teresa?
Quien me grite por la calle va a ser completamente ignorado. Casi nunca salgo
sin el reproductor de mp3. Mi colección de
música portátil es casi infinita. Pero más de una vez esos temas bajados de internet me
hicieron caminar hasta la disquería a comprar el CD: hay canciones que sólo merecen escucharse en
un disco. No debe existir música más deliciosa que el sonido del celofán de un compact
nuevo.
Es absolutamente lógico y comprensible sentirse emocionado al recibir por correo
el primer libro comprado en Amazon. Pero casi tenía olvidado el sentimiento de perder el tiempo en
una librería hasta que encontré una "de las viejas" en Rioja y Dorrego, que no sólo tiene
verdaderas joyas sino que también ponen a todo volumen a Milt Jackson con Ray Charles tocando el
saxo.
La tecnología está para ayudar a hacer la vida más fácil, más rápida, más
grande. Pero el día que la tecnología reemplace la vida real, el cara a cara, la cerveza con
amigos, las caminatas por el parque, el olor de un libro nuevo, la emoción de viajar, los
recitales... entonces, ese día, vamos a estar en problemas.