Cuando la fiscal Lucía Aráoz entró a la clínica, el tiroteo en el hall principal
había terminado y los rehenes estaban en la calle y a salvo. Pero Ricardo Albertengo seguía solo en
una sala del fondo, renuente a entregarse y con un arma calibre 9 milímetros en la mano.
La funcionaria judicial cruzó dos palabras en la puerta con el jefe de la
seccional 2ª, Sergio Vergara. Le preguntó cómo estaban las cosas y le pidió el nombre del individuo
que esperaba en el fondo del pasillo. El oficial le respondió todo. Le aconsejó que si iba a entrar
tuviera mucho cuidado. "Tiene el arma montada", le dijo.
Aráoz caminó unos pasos hasta la sala y sin poder verlo le habló. "Albertengo,
soy la fiscal. Vine acá por su integridad. Le pido que deponga su actitud si quiere que yo
ingrese".
Así arrancó el tramo final del incidente que tuvo en vilo a la ciudad el
mediodía del martes, en Oroño 721. La fiscal desconocía quién era el hombre que acababa de desatar
ese enfrentamiento con toma de rehenes en el hall de la clínica. Mucho menos que había
protagonizado un caso similar 15 años atrás en un bar y matado allí a una persona. Albertengo
estaba allí, sosteniendo en la mano derecha un arma lista para disparar.
La mujer dio un par de pasos y advirtió a un hombre de unos 40 años, delgado,
bien vestido y que no le sacaba los ojos de encima. "La única forma de que entablemos un diálogo es
que usted deje el arma en el sillón más alejado. Yo me siento al lado suyo. Confíe en mí".
Albertengo vaciló un rato pero obedeció. Ambos se sentaron. La funcionaria le
hizo algunas preguntas personales que el hombre respondió con parquedad hasta estallar en llanto
repentinamente.
El consejo. "Saqué unos pañuelos descartables y se los di. Estaba llorando a
lágrima viva. Le hablé casi en sus códigos: "«Mire Albertengo, ya está, en ésta usted perdió. Lo
importante es no complicar más las cosas. Le quiero hacer saber que yo como fiscal soy quien tendrá
que acusarlo por este hecho. Pero estoy acá para dar mi compromiso de que tendrá todas las
garantías hacia su integridad»", rememoró Aráoz en su despacho.
Lucía Aráoz está en el Poder Judicial desde 1985 y hace tres años que es fiscal.
De 53 años, divorciada, con una hija de 15, nunca había vivido una experiencia parecida a la de
anteayer. "No tuve miedo ni por un momento. Ni antes, ni durante ni después. No sé si habrá sido
inconsciencia", comentó.
Mientras conversaba con Albertengo, afuera de la sala esperaban el jefe de la
Unidad Regional II, Osvaldo Toledo, el comisario Vergara, dos custodios personales de Tribunales y
otros policías. En un momento Toledo se ofreció a esposarse con él mientras durara el diálogo.
Albertengo dijo no.
La broma. La tensión que campeó durante la charla se aflojó, como suele ocurrir,
con un chiste. Aráoz contó que señalando un celular y un paquete de cigarrillos sobre una mesa le
preguntó a Albertengo si eran de él. El contestó que sólo el celular. "Qué suerte —le dije
yo— no fumé nunca pero con esto que está pasando creo que voy a empezar ahora".
Cuando llegó el Servicio Penitenciario para llevarlo a la cárcel, el que
comandaba el grupo saludó al detenido. "Le pregunté al oficial si se conocían y me dijo que sí. Que
en la cárcel este muchacho tenía conducta ejemplar", recordó la fiscal. "Lo requisaron delante mío,
porque nadie sabía si podía tener un arma más entre la ropa y le sacaron la billetera. Me
impresionó su pulcritud: tenía un jean y una camisa bien planchada, su aspecto era limpio, el pelo
bien cortado. Usaba una cadena de oro y plata en la mano y un anillo de oro".
La fiscal acompañó a Albertengo en el auto que lo llevó de vuelta a la cárcel de
Riccheri y Zeballos. Allí lo despidió.